Tres burkas y un radical

La extremista Plataforma per Catalunya fuerza el primer debate sobre la prohibición de andar con la cara tapada Los inmigrantes la acusan de intentar crear problemas

La extremista Plataforma per Catalunya fuerza el primer debate sobre la prohibición de andar con la cara tapada Los inmigrantes la acusan de intentar crear problemas

Los carteles que desmenuzan del primero al último los 10 mandamientos de la convivencia entre vecinos han sido colocados en casi todos los rellanos de los edificios del barrio, al lado de los buzones en los que salta a la vista que Vic no es la misma sociedad monolítica de hace unas décadas. La palabra es diversidad. En una de las ciudades con mayor presencia de inmigrantes en España –el 22% de la población–, los bloques residenciales del Remei son el laboratorio del cambio. Aquí viven árabes, africanos, ecuatorianos y colombianos. Y catalanes, por supuesto. El desafío es la armonía. Es sábado por la tarde y en una calle tiene lugar una conversación entre vecinos.
–Claro que sí. Eran extranjeros.
–Te lo dije.
–No hay manera. ¿Cuántas veces lo he dicho? No hay manera.

Prohibir por prohibir
Josep Anglada es el presidente y único concejal de Plataforma per Catalunya (PxC) en el Ayuntamiento de Vic, y ayer logró convertir a esta ciudad de poco más de 30.000 habitantes en la primera de España que debate prohibir el uso del burka en el espacio público. Solo que en Vic nadie se pone el burka.
"Nadie", sostiene Jacint Codina, el alcalde que hizo colocar los carteles en los bloques del Remei porque está convencido de que lo que hace mella en la convivencia son los pequeños roces domésticos. Pero, ¿el burka? "Es una moción oportunista", dice el edil; vienen las elecciones y hay que hacerse notar, no importa si es a costa de prohibir algo que nadie hace. ¿No está Holanda a punto de aprobar una ley estatal idéntica a la que pide Anglada? Y en Holanda, que se sepa, no hay ni 40 mujeres que salgan a la calle con la cara tapada. Las musulmanas de Vic están desconcertadas. Si alguien les pregunta qué opinan de la propuesta, la mayor parte responden con el gesto mudo y perplejo que emplea la gente cuando la pregunta es idiota o disparatada o no tiene sentido, o cuando sencillamente no hay nada que responder.
Anglada asegura que hay tres o cuatro mujeres que usan regularmente el burka, que dentro de un año puede haber 100 y que no se puede permitir que la gente vista prendas que dificultan la labor de la policía. Dice que el burka solo sirve para aislar a las mujeres y que todos los musulmanes en general tienen tendencia a vivir aislados porque su objetivo es "reconquistar lo que era suyo"; dice las cosas que le han granjeado el desprecio de unos y le han hecho ganar los votos de otros. Hasta ahora, España ha mirado de lejos y de reojo los debates sobre el uso del burka y otras prendas de la tradición islámica que han tenido lugar en países como Holanda, Francia y el Reino Unido. Pero Vic no es España. Vic tiene una población inmigrante cuyas proporciones superan ampliamente las del territorio español, tiene un concejal extremista y tiene antecedentes: en octubre del 2005, el ayuntamiento aprobó una ordenanza que obliga a los destinatarios de las ayudas municipales a pasar un curso sobre costumbres y cultura; SOS Racisme habló de discriminación. En el 2002, un estudio de la Universitat de Vic estableció que el 67% de los jóvenes se abstienen de frecuentar los bares donde hay magrebís; el 20% estaban dispuestos a usar "métodos violentos" para echar a los inmigrantes.

Roces de escalera
¿Sería el debate sobre el burka un asunto nacional si el porcentaje de inmigrantes en España se correspondiera más o menos con el de Vic? "Es evidente que cuantos más inmigrantes hay, más roces se producen, pero personas como Anglada no quieren proponer soluciones sino crear problemas", asegura el presidente del Centro Islámico de Vic, Jamel el Meziani. Si Vic es la puerta de entrada del furioso debate que está en boga en otros países, también lo será, con seguridad, de las reacciones que suelen acompañarlo. "A veces se produce el efecto contrario. Algunas chicas que nunca habían llevado el velo empiezan ahora a usarlo", explica una maestra.
El desafío es la armonía. En el Remei se han instalado sobre todo los marroquís, los ghaneses y los ecuatorianos. El sábado, día de mercado, la plaza Mayor se llena de blancos, negros y mestizos. Uno que otro velo y ni un solo burka. Diríase el furor de la mezcla, la conquista de la concordia. "Yo soy optimista", dice el alcalde. Motivos le sobran y le faltan. En un extremo de la plaza hay una panadería. La dependienta tiene las cosas claras. "Vic es una ciudad conservadora. Si quieren ponerse el burka, que se lo pongan en su país".

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