Rezando en el garaje

La afluencia de fieles genera recelos pese a normativas estrictas y diálogo vecinal Las 169 mezquitas catalanas son plantas bajas o módulos prefabricados en polígonos

«A nadie le gusta tener una mezquita al lado de casa, oyes tantas cosa sobre ellos…» Así se expresa una mujer que vive a pocos pasos del oratorio islámico de la calle Erasme de Janer, en el Raval de Barcelona. Su marido añade enseguida que diría lo mismo de una discoteca, que el problema es que la calle es estrecha y los viernes se acumulan muchos musulmanes en la acera esperando el turno para asistir a una de las tres oraciones que ofrece el local, situado en la planta baja de un edificio de viviendas.

La percepción de este matrimonio resume en pocas palabras el recelo que las mal llamadas mezquitas catalanas han generando en los últimos años en ciudades como Reus (Baix Camps), Torroella de Montgrí (Baix Empordà), Mataró (Maresme), Badalona (Barcelonès), Santa Coloma de Gramenet (Barcelonès) y más recientemente Lleida (Segrià), que ha clausurado el oratorio de la calle del Nord por exceso de aforo tras una larga y compleja pugna. El matrimonio del Raval con sus comentarios pone sobre la mesa dos cuestiones de fondo. Por un lado, la molestia más o menos intensa que pueden generar los fieles cuando su afluencia llega a colapsar las aceras. Y, por el otro, el rechazo puro y duro de los ciudadanos a que en la planta baja de su edificio abra una mezquita.

Mezquita EP100801MEZQUITAS QUE NO LO SON / Las molestias generadas o la inadecuación de los locales para el rezo tienen que ver con una obviedad: ningún musulmán puede rezar en una mezquita en Cataluña por la sencilla razón de que no existe ningún edificio que pueda considerarse como tal, a diferencia de las mezquitas existentes en Madrid, Valencia o Granada, entre otras ciudades españolas.

Los 169 oratorios catalanes son plantas bajas de edificios o, en algún caso, módulos prefabricados en zonas industriales. Unas áreas que en varias ocasiones han sido la alternativa ofrecida por los ayuntamientos a los colectivos musulmanes ante el rechazo vecinal a la apertura de estos centros. Las comunidades islámicas, la Generalitat y responsables municipales coinciden en que la gran asignatura pendiente es la de normalizar y visibilizar la religión musulmana mediante la creación de mezquitas reales, algo todavía no posible por falta de financiación de las entidades. «La libertad religiosa no es tener que rezar en unos bajos a escondidas, o en polígonos industriales apartados. Queremos rezar en condiciones y con espacio para todos», reclama Mohamed Ikbal, portavoz del centro islámico Camino de la Paz, en el Raval de Barcelona. Cornellà es el único municipio catalán que ha visto construir una mezquita en unos terrenos industriales cedidos por el ayuntamiento, que añade enseguida que también ha facilitado suelo a otras confesiones y a la UGT. La mezquita es una alternativa a la protesta vecinal contra la presencia de un centro islámico en el barrio de Sant Ildefons. Sin embargo, la construcción está a medias por falta de fondos. Y en internet siguen vivos foros xenófobos de rechazo.

PROTESTAS PESE A TODO / En la mayoría de casos, los alcaldes han dado licencias a los oratorios tras comprobar que se cumplían las condiciones y emprender largas negociaciones con los vecinos. Ni así han evitado el reproche de una parte de los ciudadanos. Carles Móra, alcalde de Arenys de Munt, aún contempla decenas de sábanas reclamando que la mezquita se vaya al polígono industrial. «He mantenido innumerables reuniones con los vecinos, con la comunidad musulmana, reuniones entre todos. Los fieles no causan ninguna molestia, cumplen la legalidad… estamos más bien ante la incomprensión de su cultura», dice.

La conclusión de Móra es la misma que la de un responsable del Ayuntamiento de Badalona: «La gente tiene miedo y prejuicios, no hay más». Y es que tras estudiar con lupa la licencia de apertura durante un año y medio y negociar constantemente con los vecinos de Artigas, el consistorio no pudo evitar expresiones vecinales de hostilidad a la mezquita, abierta en mayo. Un centro en el que al acceder a media tarde y, tras descalzarse, uno puede compartir una relajada charla con el imán Abdur Rashid, que imparte clases de urdu a un una docena de niñas paquistanís. En un tono muy relajado, Rashid pide: «Que los vecinos entren y nos vean». El presidente de la Federación de Vecinos de Badalona, Manuel López, confirma que tras muchas reuniones previas, no ha habido ningún problema ni molestias tras la apertura. «Pero los que son racistas lo son y no van a cambiar nunca», concluye.

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