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Protejamos a la niñez de estos ineptos

Reiterativo con el tema e incluso pesado hasta la nausea, lo sé, pero a mí ver a cientos de cargos públicos a quienes el pueblo (tanto da si español, vasco o nepalí) ha votado para que le representen, rindiendo pleitesía a la jerarquía católica (tanto da si española, vasca o nepalí) y a su máxima figura, el representante de Dios en la Tierra o vicario de Cristo, me provoca un malestar generalizado que hace polvo mi, de por sí, maltratada libido. Entre paréntesis, puesto a elegir representante, vaya acierto la del Máximo Hacedor. La fumata bianca cuando lo eligieron, por influencia divina, debía de proceder más de la psicodélica sativa que de la relajante indica. ¿No había otro más agraciado en todo el orbe católico? ¿Será verdad aquello de que la cara es el espejo del alma? Dicen que los impúberes a los que se acerca sufren de estrés postraumático y tardan largo tiempo en recuperarse.

Decía, que la visión de Mariano Rajoy semiarrodillado rechupeteando y llenando de babas el Anulum Piscatoris que luce en el anular el Jefe del Estado Vaticano creado por Mussolini allá por el 29, como la de Zapatero bajando dócilmente la cabeza ante un sujeto que encarna una de las mayores imposturas que ha construido el miedo, la ignorancia y la superstición humana, resulta una aberración impropia de lo razonable. En las democracias formales, cada parlamentario o parlamentaria representa no sólo a sus votantes, sino a toda la voluntad popular. Máxime cuando se trata del presidente de un gobierno y del llamado jefe de la oposición. Pero España es tan diferente, tan peculiar su historia, tan, tan católica… Primero, aquellos católicos reyes echaron a moros y judíos; después el nacionalcatólico Caudillo, con los cañones bendecidos por el Vaticano, sería quien exterminaría a rojos y a separatistas.

No es ya el dispendio de gasto público que ocasiona la «visita» del alemán. No ya las molestias del colapso de las ciudades donde aparece. Ni siquiera las vulneraciones de derechos a los que critican su presencia. Ni que a su alrededor aumente exponencialmente el número de imbéciles y el tener que soportar sus caras, sus grititos, sus saltitos, su sonrisa y su estética extremadamente artificial y de pesebre, prolongación de una moral irracional autónoma. Es lo que tienen las religiones y los fascismos: originalidad, ninguna. Siempre hacer como propia la voluntad del Líder.

Lo peor es que el de los zapaticos rojos no calla y, como Dios habla por su boca, se viene arriba y se queda a gusto condenando a diestro y más a siniestro e inmiscuyéndose en las políticas de los países a los que le invitan, dice lo que deben hacer y no hacer los ciudadanos y sus instituciones, sean o no católicos, participen o no de esa neurosis colectiva. Pretenden que sus absurdas y perjudiciales creencias todo lo invadan, y sobre todo las indefensas mentes infantiles. Hay quien dice que a donde tendría que ir es a Somalia, donde los niños están muriendo de hambre. ¿Qué quieren, que además de morirse de hambre lo hagan escuchando estupideces acerca de un Dios misericordioso?

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