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Prisioneros · por Alberto Arricruz

Ver a Jean-Luc Mélenchon en campaña electoral me ha recordado un episodio de la serie británica The Prisoner.

Los mayores lo recordarán (porque ya no la programan en teles, solo nos queda Columbo): el extraordinario Patrick McGoohan interpretaba a un espía británico raptado en Londres después de dimitir. Despierta en un pueblo idílico donde todos están vigilados en permanencia y del que no se puede escapar. La gente no tiene nombre sino números, el suyo es el número seis y el jefe del pueblo tiene el número dos (“—Hola, soy el nuevo número dos. —¿Quién es el numero uno? —Usted es el número seis. —¡No soy un número, soy un hombre libre! —¡Jajajajaja!” Esa introducción de cada episodio inspiró, me dice Alejandro Luque, una canción de Iron Maiden).

En el episodio “Free for all” hay elecciones y número seis se presenta para el puesto de número dos. Hace campaña diciendo todo lo que la gente quiere escuchar y (cuidado, spoiler: ) gana las elecciones. En cuanto toma posesión de la sala de mando, agarra el micrófono y proclama a todos que ahora están libres, llamando a alzarse contra el sistema e irse. Pero nadie le hace caso: resulta que ha sido elegido sobre unas premisas de las que ni él puede librarse.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, la sorpresa ha sido el descalabro brutal de Valérie Pécresse. La candidata de derechas, que parecía tener opciones hace seis meses, se ha quedado por debajo de 5%. Los partidos que dominaban la vida política desde 1945 han pasado a la irrelevancia: juntos, los candidatos comunista, socialista y de derechas no alcanzan un 9%. Adiós, siglo XX.

¿Cómo queda el bipartidismo?

Marine Le Pen se presenta como defensora del poder adquisitivo, candidata del pueblo, de la Francia de abajo frente a la de arriba

Derecha y partido socialista alternan en el poder y, desde 1984, hacen las mismas políticas de desmontaje del escudo social y de “competitividad” en la mundialización. En 2012, el bipartidismo aun congregaba un 65%, es decir 23,3 millones de votos. En 2017 aparece Macron, creando una forma francesa de gran coalición; lo que en España sería el PPSOE. La suma de Macron y los restos del bipartidismo quedó entonces en un 50%, perdiendo más de 5 millones de votos desde 2012.

En las condiciones específicas del sistema francés, donde el poder ejecutivo está concentrado en manos del presidente de la República, las fuerzas del bipartidismo pretenden perpetuarse al mando, atrincheradas detrás del presidente Macron. Y hacer cada vez más dura la vida de la mayoría.

Consecuencia: veinte años después de la alerta de 2002 (Chirac contra Jean-Marie Le Pen) y un lustro después de la segunda alerta de 2017 (Macron contra Marine Le Pen), el bipartidismo ha quedado en un 34%, perdiendo más de 6 millones de votos en cinco años, un descalabro espectacular enmascarado detrás del aparente buen resultado de Macron. Y se abre, esta vez, una posibilidad real de ganar para la extrema derecha…

Marine Le Pen se presenta como la defensora del poder adquisitivo, la candidata del pueblo, de la Francia de abajo frente a la de arriba, la que se opone a la desclasificación de las clases populares y a la desagregación de la identidad nacional. Ha conseguido liderar lo que algún analista político llama un “bloque popular”. Es una estafa: tanto su programa como la configuración de su partido político la sitúan nítidamente en la extrema derecha, y las categorías populares solo pueden esperar de ella pobreza, corrupción y brutalidad.

¿Cómo queda la izquierda? ¿Por qué no capitaliza el descontento popular?

De 1981 hasta 2012 (salvo un bache en 2007), siempre ha sumado entre un 45 y un 50%. Ahora, en su acepción más amplia (es decir, con los Verdes), suma un 32%. De ese 32%, el candidato de la izquierda “radical”, Jean-Luc Mélenchon, se lleva la parte dominante, un 22%. El giro mediático a su favor —que describí en las crónicas anteriores— le ha salido estupendamente: 2 de cada 3 votantes suyos se han decidido en las tres últimas semanas, más de la mitad en los últimos días.

Mélenchon ha abierto las puertas a los activistas “indigenistas”, “decoloniales” y demás “interseccionales” (y también a la secta queer)

Hoy, la izquierda en Francia es él. ¿Cómo lo ha conseguido? A partir de 2019 ha aprovechado su posición de único líder de izquierdas arraigado en el paisaje político, gracias a sus dos candidaturas presidenciales anteriores, para deshacerse en bloque de la herencia neocomunista y refundar totalmente las bases de la izquierda “radical” en Francia.

Ha abierto grandes las puertas a los activistas “indigenistas”, “decoloniales” y demás “interseccionales” (y, claro, también a la secta queer, prometiendo meter en la Constitución la libre autodeterminación del género) … También ha comprado todo el programa verde —dice que su proyecto es el “ecosocialismo”—, el cierre de las centrales nucleares y al mismo tiempo la baja de precios de la energía…

En 2021 ha secundado todas las protestas contra la vacuna obligatoria, llegando a expresar dudas sobre su inocuidad, haciendo silbar la vacunación en mítines, y apoyando en las islas francesas de las Antillas las revueltas “populares” contra las restricciones y la vacuna. El resultado en esas islas es parecido al de Isabel Díaz Ayuso en Madrid: libertad y voto mayoritario para Mélenchon, y espantoso desastre sanitario.

En el último tramo de la campaña electoral, con la guerra de Ucrania, Mélenchon se ha empeñado en tapar (con la ayuda decisiva de los medios) su simpatía hacia las intervenciones militares de Putin, hasta dedicar su mitin de París a “la resistencia ucraniana”, hasta… ¡declararse de acuerdo con la adhesión de Georgia y Moldavia a la UE! Menudo giro de Mélenchon respecto a la UE…

Su giro más importante lo dio en 2019: ir a por el “voto musulmán”. Lo inauguró participando en una manifestación “contra la islamofobia” montada por una organización después disuelta por el Estado por apoyar al terrorismo. Recuerdo el momento en el que el organizador hizo cantar como himno reivindicativo “Allah akbar”…

Aquel día de la manifestación “contra la islamofobia”, dejé de apoyar a Mélenchon. Pero eso sí: al negar la existencia de un islamismo político, denunciando toda medida contra el radicalismo como odio hacia los musulmanes, se ha ganado el apoyo de buena parte de una juventud y de ciudadanos de cultura musulmana, inmersos en un sentimiento nacionalista antioccidental y victimista. Hay en esas franjas un nivel inquietante de apoyo al integrismo y simpatía con el terrorismo que asalta Francia desde una década, parecido a lo que se ha visto en Italia en parte de la juventud durante los “años de plomo”.

Para ser validado como de izquierdas debes tener los ojos bien cerrados ante el islamismo político

(Algún día hablaremos de la complacencia de tanta gente de izquierda con la violencia “revolucionaria”, desde los terroristas italianos y el IRA a la matanza de Charlie Hebdo pasando por el 11-S y la foto de Pablo Iglesias con aquel travestí de moda reivindicando los terroristas Baader y Meinhof como si se pusieran una camiseta del Che…)

No en balde dice la fascista “indigenista” Houria Bouteldja que Mélenchon es un “botín de guerra”. Es estremecedor ver su evolución, desde su obituario de 2015 a Charb, el redactor jefe de Charlie Hebdo asesinado (que lo consideraba un amigo), hasta hoy. Ahora, su teniente Éric Cocquerel puede declarar (en Le Parisien, el 12 de abril): “Hemos llevado las reivindicaciones de las nuevas clases populares que no solo se sienten víctimas de discriminaciones sociales, sino también de raciales y religiosas”. Olé la nueva izquierda, que lucha contra la “discriminación religiosa”.

¿Qué pasa con el hartazgo de gran parte de los franceses ante la subida del islamismo en la esfera pública, en un país azotado por el terrorismo, con enormes consecuencias en la percepción popular? Para ser validado como de izquierdas debes tener los ojos bien cerrados ante el islamismo político y el separatismo que instala en la sociedad francesa. Si no, eres racista (“islamófobo”) y, claro, fascista. No se puede promover más perfectamente el enfrentamiento entre las “nuevas clases populares” y las “viejas”, empujadas hacia la extrema derecha.

Dando esos bandazos, Mélenchon ha cosechado un gran éxito electoral, agregando un voto comunitario musulmán, el voto ‘verde’, y el electorado de pequeña burguesía que todavía se siente de izquierdas y ha obedecido a la orden del “voto útil”.

Pero: ¿cuáles son realmente sus convicciones? De sus planteamientos recientes, ¿cuáles resultan del más descarado oportunismo y tacticismo para ganar votos? Es difícil saberlo, pero no podrá salirse de eso como suele hacerlo, de golpe y porrazo, diciendo que ahora hay que pensar otra cosa.

En esa “nueva izquierda” invadida por activistas y planteamientos ajenos a la tradición del racionalismo y a la Ilustración, Mélenchon nos deja hoy prisioneros para rato, como el número seis.

En la recta final de la campaña electoral vemos como Macron intenta nerviosamente ganarse el electorado de Mélenchon, en parte decidido a votar a Le Pen para echarlo. Macron parece, de vez en cuando, tener momentos de lucidez y entender lo que está pasando. Pero mientras incluso Estados Unidos y China se están planteando dejar las políticas que arrinconan a las mayorías de las clases populares, ¿puede Macron despojarse del credo ultraliberal y dejar de ser el presidente de los ricos? Me temo que no. Parece otro número seis.

Macron sigue siendo el favorito, pero esta vez, al contrario de hace cinco años, el resultado de las elecciones no está cantado, ni mucho menos.

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