París – Texas… Valencia

Benedicto el Magnánimo ha deslumbrado hoy a unos cuantos párrocos de Albano (Italia), al afirmar que la fe es más fuerte que todas esas corrientes históricas que van y vienen, como el relativismo moral, la razón ilustrada, el marxismo, el laicismo, las invasiones musulmanas, Hitler o el método científico.

Voltaire era un papanatas al pensar que la Iglesia tenía pocas posibilidades -les dio a entender- pues demostrado está que el siglo XIX fue el siglo de los santos, y que cualquiera que albergue la pretensión de derrocar a la Santa y Apostólica Madre está condenado al fracaso. O al infierno, ya que, según defendía ayer mismo su amigo Amorth, decano de los exorcistas italianos, el diablo existe, posee incluso a poblaciones enteras, pues cuando disminuye la fe el maligno llena las cabezas de los hombres de supersticiones y locuras.

Pero en realidad, cuando en las sociedades humanas disminuye esa fe tan apegada a certezas absolutas, a ángeles caídos, a partos virginales o a la infalibilidad de quien manda, lo que surge, como insinuó Descartes, es la duda. Y la duda metódica conduce a la investigación científica y al respeto por las diferencias. De la duda nació la crítica social, la reflexión filosófica y el avance científico.

Frente a esa duda, tan humana y tan miserable, el santo Padre afianza la imagen de una fe invencible, triunfal frente a sus enemigos, erecta y firme ante cualquier minucia histórica como las citadas. Tras su estela, los milicianos de Cristo defienden teorías cuasi-creacionistas y las introducen en las escuelas, retocan la nomenclatura urbana en honor de sus jefes o erigen monumentos grandiosos con sus iconos publicitarios. El sacerdocio, como casta, redacta documentos que incitan a la insumisión civil, arrastra a sus fieles a manifestarse por las calles y maldice públicamente a sus adversarios ideológicos.

La amenaza de un retorno al integrismo del Medievo no es despreciable. La táctica del repliegue es un signo de alerta, aunque no terminemos de creer que lo suyo constituya un peligro serio e inminente y sigamos pensando que nuestras fuerzas son superiores. No sería extraña, sin embargo, una revalorización momentánea de sus mitos, aunque se dé en situaciones locales determinadas o respondan a un evidente sentido de la derrota. Es el caso de la infiltración de la teoría del Intelligent Design en USA, un remedo del creacionismo evangélico del XIX –el siglo de los santos. Y también de la redenominación de la Plaza del Atrio de Notre Dame, que a partir de ahora se llamará Plaza de Juan Pablo II (un personajillo bastante siniestro, como algunos sabemos).

También, lamentablemente, porque nos toca más de cerca, es el caso de la cruz de cuarenta metros de altura que, erigida orgullosa ante el Museo de las Ciencias de Valencia, se levantó de forma provisional para aquel encuentro de familias católicas que se simultaneó con el accidente de los 42 de Jesús. Tiene las simpatías de nuestros dirigentes locales, azuzados por Rita Barberá, y hasta cuenta con una campaña de apoyo orquestada por los ultras de Hazte Oír. Según sostiene el PP, lo que se ha puesto sobre la mesa es la posibilidad de que permanezca un hito en recuerdo de la visita del Magnánimo. El concejal socialista Juan Soto opina que la iniciativa es anacrónica y que ataca los fundamentos del laicismo. El Arzobispo ha querido mediar y propone que sea trasladada al nuevo panteón de los mártires azules del anticlericalismo del 36… Parece que la cosa se anima. El símbolo de la cruz, el mismo que alzaban los viejos inquisidores no hace mucho, el emblema de la fe que nos salva del diablo, de la ciencia, de la modernidad, del progreso, del marxismo, de las corrientes iluministas y hasta de Hitler, podría consolidarse como faro y sólida roca ante las excentricidades arquitectónicas de Calatrava. ¿Hay o no hay aquí una alegoría?

Los de la FIdA, era de esperar, emitieron ayer un comunicado de rechazo y denuncia, exigiendo la inmediata retirada de un icono al que consideran un falo mágico ostentoso, y cuya permanencia ataca deliberadamente los principios básicos constitucionales. Tan tímida crítica puede ser efectiva, al menos en tanto que limitada aportación a la reforma de la opinión pública y como estilete dirigido al sagrado hígado de jerarcas políticos y religiosos.

Pero, en el fondo, los ateos admiramos la mordacidad y la ironía, aunque provenga de un deísta tan iluso como Voltaire. La fe –dijo- consiste en creer en las cosas porque son imposibles. Los cristianos de hoy pueden seguir creyendo en la astucia de Eva, en serpientes que hablan, en las trompetas de Jericó o en la elocuencia de la burra de Balaam. Sin embargo, les aconsejaría, si me lo permiten, que vayan perdiendo la confianza en hitos escultóricos demasiado duraderos. La razón no puede seguir la estela de su fe.

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