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¿Para cuándo dejamos el Estado laico?

El laicismo trajo consigo la necesidad de poner fin a los insensatos privilegios económicos que sigue reclamando el Episcopado y de volver a la idea de una educación laica que respete todas las creencias religiosas.

El Papa Benedicto XVI, en su primer viaje pastoral a Francia a donde llegaba el 12/9/2008 como mensajero de la paz, y de la fraternidad, apostó por una sana ‘laicidad’ para una comprensión más abierta de la’Iglesia y del Estado en un diálogo sano y positivo entre laicismo y religión.

 Nos dejó un mensaje claro sobre la sana laicidad, lo que no es contrario a la fe: ‘No es una contradicción con la fe’. Optó por la sana laicidad para llegar a un diálogo serio y positivo. El Pontífice habló de una laicidad positiva que no relegue la religión al ámbito privado. Nadie debe ser obligado a creer y a nadie se le ha de imponer la creencia. La Iglesia debe respetar y ser respetada. El presidente de la República, Nicolás Sarkozy, en la respuesta al discurso del Pontífice habló de un laicismo positivo como una invitación al diálogo, la tolerancia y el respeto. Nos dijo también que la búsqueda de la espiritualidad no es un peligro para la democracia ni para el laicismo. Las palabras del Pontífice y las del presidente de la República francesa nos deberían hacer reflexionar a los españoles sobre el laicismo y para preguntarnos: ¿para cuándo dejamos en España el Estado laico? ¿Cuándo vamos a comenzar a ponerlo en práctica? La configuración de nuestro Estado plenamente laico es una exigencia del sistema político que nos dimos los españoles en la Constitución de 1978. Desde entonces es una asignatura pendiente que nos da miedo porque en el fondo no admitimos plenamente la libertad. Nuestra democracia necesita soltar el lastre de unas servidumbres heredadas del Nacional Catolicismo imperante durante la dictadura franquista y que todavía quiere seguir manteniendo la Iglesia española, aunque cada día sean menos los que la escuchan. No sería mucho pedirle a responsables de la elaboración del programa electoral del PSOE que no dejen de lado esta vez el avance democrático que España está necesitando, que no es más que la realización del Estado laical y aconfesional aunque la mayor parte de los españoles nos confesemos creyentes.

El laicismo trajo consigo la necesidad de poner fin a los insensatos privilegios económicos que sigue reclamando el Episcopado y de volver a la idea de una educación laica que respete todas las creencias religiosas. Se habla mucho del derecho de los padres a decidir la educación de sus hijos, pero por encima de estos derechos están los de los propios hijos, sobre todo el derecho a ser educados en los valores universales de la razón y de la tolerancia, sin fanatismos ni fundamentalismos de ningún tipo, sino movidos únicamente por la razón rectamente iluminada por la conciencia y por la fe en el caso de los creyentes. El laicismo liberará las relaciones cívicas y saneará la vida social atenazada por un modelo social en el que la religión sea un componente esencial que se resiste a pasar a un segundo plano opcional. Los españoles serán más felices cuando se liberen de las mil servidumbres que les atenazan como son: la subordinación de la mujer, la poca participación de los laicos en las tareas eclesiásticas y cuando estén ausentes las estructuras del poder eclesiástico que resultan incompatibles con la democracia igualitaria que propugna nuestra Constitución.

La Constitución española, en el artículo 16, dice que ‘ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán relaciones de cooperación con las demás religiones. El laicismo que necesita amarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una Iglesia contrapuesta a otra Iglesia. Para que haya laicismo tiene que haber libertad plena para poder ejercer cada una de sus creencias sin ensañamiento y sin luchas religiosas. Traigo aquí a colación el testimonio de un creyente que me decía: que le está agradecido al catolicismo porque escuchó de los labios de su madre, mujer que nunca imponía nada y se limitaba a trasmitir su fe a través del amor, sin atemorizar a nadie. El catolicismo para ella era la religión de la vida y de la belleza: ‘Ese catolicismo le dio a mi infancia exaltados momentos de altruismo. Me enseñó a respetar a la mujer, a amar a los animales, a permanecer vigilante ante el mal y a creer mientras fui niño en la resurrección’.

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