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Moralidad social, Estado e Iglesia

Existen doctrinas o discursos, fundamentadas en creencias, las cuales se orientan hacia la búsqueda de ilusiones vinculadas a dogmas de fe, que no permiten a los sujetos adheridos a ellos una intervención, desde su interior, para clarificar y justificar el sentido de dichas representaciones, conforme a las preguntas de la razón humana.
 
De ahí la necesidad de tomar distancia, de hacer la lectura, desde otro modo de pensar, más en la crítica, con el objeto de incomodar a la sumisión y a la conformidad establecida. Este otro modo de pensar lo constituye, sin lugar a dudas, una ética con sentido crítico y disruptivo, para develar los fundamentos de la religión, vía el rito y la experiencia de lo religioso. Pero también incorporar, a dicho análisis, el orden del poder, ya que tanto el ritual o ceremonial y la experiencia religiosa no son hechos que floten en el espacio de la neutralidad.

Tanto la experiencia religiosa y el poder político son objetos creados por los propios hombres y mujeres. Pero esas creaciones a veces se le escapan a sus creadores; además, tienen la cualidad social de engañar, de ocultar y reprimir muchos sentidos que son contrarios a la condición humana. Algo peor, en la historia, esas creaciones se han unido con el fin de homogeneizar, de esclavizar, de explotar y de dominar la conciencia y el cuerpo de los individuos.
La historia de México ha mostrado que la institución de la religión católica, la cual la profesa una mayoría de mexicanos, se ha enfrentado, con la violencia de las armas, al Estado mexicano (la guerra cristera). Estos hechos revelan que la Iglesia Católica distingue muy bien lo que corresponde a la salvación de las almas (ilusión) y lo que compete a su política terrenal, necesaria para continuar imponiendo sus intereses concretos, en el aquí y el ahora. Nadie se engañe.
Tanto el Estado como la Iglesia o las iglesias, forman parte de una estructura de dominación y de explotación. Ninguna de esas instituciones escapa al modelo de acumulación capitalista y al principio de libre mercado. En estos juegos de poder, donde lo que predomina es la racionalidad instrumental, donde lo que importa son los medios, causas y efectos para continuar sometiendo la voluntad de los individuos, creyentes o no, al sistema de conformismo social.
Hoy vemos que el Estado está sitiado y secuestrado por los amos del dinero, por una clase política panista y priísta, que está violentando los principios constitucionales como el de laicidad, el cual constituye una condición necesaria para que los ciudadanos elijan, libremente, cuál experiencia religiosa desean practicar o no practicar ninguna. El Estado laico no impone religión alguna ni el gobernante debe imponer sus creencias religiosas a los gobernados, cuando aquél las tenga.
Pero hoy estamos viendo que los gobernantes panistas tienen un mayor acercamiento con la cúpula de la Iglesia Católica, a tal grado que ésta está haciendo su mayor esfuerzo para que se introduzca en la escuela pública la instrucción religiosa. Vemos cómo se extiende su influencia en los medios de comunicación, especialmente la televisión comercial. No es extraño que sacerdotes y obispos participen en las elecciones con opiniones, a favor o en contra de candidatos. Y al paso que vamos los estaremos viendo como candidatos a puestos de elección popular (Ruth Zavaleta, defensora de oficio).
¿Es posible que mueran algún día las creencias religiosas? Me temo que no. Pero, entonces, quién vigilará a quienes hoy continúan explotando la fe religiosa. Quién vigilará a quienes controlan para sí, para su propio bien, a las personas que consciente o inconscientemente se deciden por una u otra creencia religiosa. La izquierda tiene que rescatar ese Estado, refundarlo sobre otros principios históricos, éticos y políticos, para cumplir lo anterior.
En los últimos años la institución de la Iglesia Católica y otras han revelado que no sólo explotan, desde su poder, la fe, sino que también violan el cuerpo de la población más vulnerable, como son los niños y las niñas. Ante estos hechos delictivos y monstruosos, los jerarcas de las diversas iglesias han guardado silencio y han sido cómplices de esos delitos. Es más, ellos no se atreven a castigar a los pederastas, y son tan cínicos, que con las limosnas de los creyentes pagan a quienes los han demandado y solamente les prohíben a los delincuentes ejercer su ministerio (oficio) y el castigo mayor se lo dejan a Dios, después de muertos, como es el caso de Marcial Maciel (maniático sexual), quien violentó el cuerpo y la mente de muchos niños y no recibió ningún castigo en la tierra. Estos señores son buenos enterradores de las creencias religiosas, para bien de la humanidad.
Vemos, entonces, que las creencias morales que practican las iglesias, principalmente la católica, son dobles y están fundadas en técnicas, para explotar, manipular la fe y carecen de justificación conforme a los valores éticos y la razón crítica; estas últimas sí permiten desacuerdos con el orden establecido.
En teoría somos un Estado laico, pero en la práctica, ahora con la derecha en el poder vemos que la Iglesia Católica está adquiriendo mayores privilegios, mayor capacidad para continuar explotando las creencias religiosas y defender sus intereses privados terrenales. Al fin y al cabo que los deseos de salvación nadie los puede garantizar ni comprobar (ilusiones).
No se trata de desaparecer la experiencia religiosa, pero sí proponer un proyecto de sociedad donde aquélla no se convierta en una mercancía, que se compra y se vende, y de crear, instituciones religiosas democráticas, donde la autonomía del individuo y sus derechos sean respetados y donde el poder tenga límites jurídicos, éticos y morales. Donde el Estado laico y plural intervenga para castigar a quienes violenten el cuerpo y la conciencia de los demás. Y él mismo, no se inscriba en el poder de dominación y explotación. De ahí la necesidad de la autonomía individual y colectiva, respecto de las instituciones públicas, económicas, culturales y sociales, realmente existentes.
En nombre de la ilusión de salvación de las almas, la Iglesia Católica y las otras, realizan sus intereses materiales y forman parte también del poder de dominación, razón por la cual es necesario que analicemos estos hechos, desde una ética crítica, a fin de provocar una transformación, desde otro modo de pensar, al orden en que se instalan esas asociaciones religiosas.
El Estado laico defiende la libertad de conciencia, es decir, nadie puede ser obligado a creer en algo por la fuerza, de ahí la importancia de respetar las creencias de cada quien. Pero el Estado debe meter a la cárcel a quien abuse de menores de edad, sea cura o no. La libertad religiosa tiene sus límites, por ejemplo, no enseñar religión en las escuelas públicas, no intervenir en asuntos propios del Estado. La Iglesia Católica mexicana me parece que no quiere tener límites, sino que desea el dominio absoluto y directo sobre las creencias religiosas y sobre las instituciones de la República, como en tiempos de la Conquista. Casi nada. Como bien dice un personaje de Carlos Fuentes en su novela titulada Agua quemada: «La Iglesia nomás sirve para dos cosas, para bien nacer y para bien morir, ¿está claro? Pero entre la cuna y la tumba, que no se meta en lo que no le importa y que se dedique a cuidar escuincles y a rezar por las almas».
Para algunos pensadores la religión es una ilusión que puede provocar en el sujeto religioso una neurosis obsesiva (rito) y hasta una psicosis (delirio). Y mientras existan los miedos, temores, el alza en los precios del pan, la tortilla y la desigualdad social, las ilusiones, de distinto signo, continuarán. Otro mundo es posible.

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