Los hombres que odiaban a los homosexuales

No debe haber nada más inquietante para el ser humano que no comprender el mundo en el que vive. Mirar a su alrededor y observar con desagrado como todo o casi todo lo que ven sus ojos es objeto de su más profunda desaprobación. Todos están equivocados. Igual que ese conductor que se equivoca al entrar a la autopista, y con la naturalidad que solo otorga la ignorancia, o la locura, piensa que el resto de conductores conducen en sentido contrario, y solo él está en el carril correcto. Este tipo de individuos pueden pasar una vida de amargura, en la que jamás serán felices, u optar por tratar de cambiar esa sociedad que les rodea y no pueden respetar. Estos últimos son peligrosos de verdad.

El gobernador de California, el demócrata Jerry Brown, ha firmado una ley que prohíbe las prácticas destinadas a curar la homosexualidad, como suena, en menores de edad. Es el primero de los estados de la Unión que lo hace, y por eso se ha convertido en noticia. El texto legislativo llega para proteger a los más pequeños de una legión de curanderos y falsos profetas que pretenden reconducir a los niños por la buena senda – según su criterio, evidentemente -, y emplean métodos que han llevado al suicidio a no pocos adolescentes en aquel país. Auténticos iluminados que, incapaces de comprender, y poco dados a respetar las opciones sexuales de los demás, acaban marcando a los críos de por vida, o en el peor de los casos llevándolos de la mano hacia la muerte. Vimos a uno de estos sujetos en la película Brüno, protagonizada por Sacha Baron. A pesar del omnipresente e histriónico personaje al que daba vida Baron en esa comedia, cuando buscó a un especialista para que curase su homosexualidad lo único extraño en la pantalla era el convencido terapeuta – que pensaba, iluso, que estaba ante un caso real – y sus curiosos tratamientos para devolver a Brüno al buen camino.

Bromas aparte, estamos ante algo tan serio como la represión medieval a la que algunos quieren someter las vidas de los demás. Inquisidores de otra época que han dado el salto al futuro en parte gracias a que hemos pasado demasiado tiempo mirando para otro lado. Señalarlos como lo que son es tarea de todos. También a los que apuntan con el dedo desde sus atalayas, y provocan las dudas y la vergüenza en quien sólo debería sentirse tan normal y tan distinto como lo somos cualquiera en esta sociedad plural. Curiosamente, la aprobación de esta ley me ha dejado, más que un sentimiento de alivio, una sensación de tristeza. En pleno siglo XXI seguimos constatando que todavía queda mucho camino por recorrer.

Ion Antolín Llorente es periodista y blogger

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