Los embriones tienen un almita que va al cielo

Alguna vez os recordé cómo existe una relación directa entre el empobrecimiento cultural de los pueblos y el auge de las fuerzas oscuras de las religiones. Cuanto más dios, menos progreso y más miseria.

Los historiadores conocen como el milenio ominoso los siglos que van desde la implantación por ley del cristianismo como religión de estado por parte de Constantino hasta los albores del Renacimiento. Mil años en los que la humanidad se estancó o retrocedió en el progreso científico, sustituida la investigación y la fe en los libros de ciencia por la fe en el libro sagrado.

A algunos científicos, como sabéis, les costó la muerte en la hoguera o el arresto domiciliario por comprobar que la naturaleza se niega tercamente a seguir los designios de las fantasías inventadas por los sacerdotes. Cinco siglos más tarde, las religiones se niegan a abandonar su papel arbitral, papel que alcanza tintes de tragedia en las sociedades islámicas. Ahora, por ejemplo, en Sudán, una profesora británica puede enfrentarse a una pena de cuarenta latigazos por haberle puesto de nombre Mahoma a un osito de peluche.

De las consecuencias funestas de dejar a los hombres de fe las tareas del gobierno del mundo es testigo esa transición imperfecta que ha sido el paso de nuestra edad media del franquismo a la ilustración del siglo XXI, donde las fuerzas conservadoras, con su carga ideológica intacta, todavía ocupan y hasta monopolizan algunos de los estratos sociales más representativos, como la judicatura.

Ayer no pocos se escandalizaban de que una jubilada gallega, perteneciente a una organización ultra cristiana, hubiera denunciado en un juzgado a cuatro científicos andaluces por sus trabajos en el campo de las células madre, una de las líneas punteras para la futura erradicación de enfermedades de difícil curación hoy. La buena señora, voluntaria en “Radio María” -una juerga de emisora que si la oyes te vas directo al cielo, voz en las ondas de cristianos fundamentalistas-, cercana al Foro Español de la Familia, es al parecer una profesional de este tipo de denuncias. Su incontinencia religiosa le impulsa a perseguir compulsivamente a los infieles hasta la puerta de los juzgados.

Porque para ella y las organizaciones que la jalean, y posiblemente la financian, el problema no es si los científicos hacen mal su labor de investigación, o llegan tarde al trabajo, o se beben la subvención con tapitas de jamón. El problema es, una vez más, el almita, esa almita que su dios puso, al parecer, en el embrión y al que, no se sabe muy bien por qué (es más raro que dios), le tiene más cariño que al alma hecha y derecha de los enfermos que en su día pudieran beneficiarse de las investigaciones.

Aunque en realidad lo escandaloso no son los delirios místicos de la denunciante, sino que un juez, todavía en la edad media del franquismo, haya admitido a trámite semejante desvarío. En el último momento, una jueza sustituta paró la comparecencia de los cuatro científicos ante el juzgado, prevista para hoy, no sé si muerta de vergüenza por la actuación de su compañero, o por razones estrictamente de procedimiento.

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Meditación para hoy: La buena noticia es que el tiempo no pasa en balde. La mala es que eso tan sólo ocurre en balde. Y no hay billetes para viajar a balde.

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