Los cien latigazos de Tombuctú resuenan en toda África

Fue anteayer. Dos jóvenes de Tombuctú que habían tenido un hijo sin estar casados fueron castigados a cien latigazos. La noticia se extendió como la pólvora en un país que siempre ha defendido su laicismo. Y este viernes ha llegado a los principales periódicos africanos como una oleada de indignación. El grupo islamista Ansar Dine (Defensores del Corán) que se ha hecho con el control de las principales ciudades del norte de Malí y que pretende aplicar su interpretación restrictiva de la sharia o ley islámica es cada vez más contestado dentro y fuera del país. Y la opción de una intervención militar va cogiendo fuerza.

En el norte de Malí reina el desconcierto. Hay una suerte de reparto tácito del poder entre los islamistas de Ansar Dine y sus aliados de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), que ejercen una especie de papel de policías con sus milicias fuertemente armadas, y los rebeldes tuaregs del MLNA, que ocupan los cargos de representación en las ciudades y que han creado ya un Consejo Transitorio para la creación del nuevo Estado del Azawad. Sin embargo, no logran ponerse de acuerdo acerca de sus verdaderos objetivos. Mientras el MLNA insiste en su laicismo y en su única reivindicación independentista, los islamistas rechazan tales postulados y apuestan por la aplicación de la sharia y la extensión de la yijad contra el infiel, incluso más allá de las fronteras del Azawad.

Las nuevas normas que pretenden imponer los islamistas chocan con la cultura tradicional de los tuareg y con el laicismo secular de los malienses. Entre dichas normas, procedentes de una visión radical del Islam, se encuentra la obligación de que las mujeres lleven velo y el cuerpo tapado salvo las manos y los pies, la prohibición de fumar, beber alcohol, jugar al fútbol o ver la televisión y la aplicación de castigos físicos como la lapidación o los latigazos. Este ha sido el caso de la joven pareja de Tombuctú, que sufrieron su castigo en una plaza pública como si fuera un espectáculo, el último caso de una larga lista.

Aunque los negociaciones con los rebeldes y los islamistas prosiguen en Burkina Faso encabezadas por el mediador designado por la Cedeao, el presidente burkinés Blaise Compaoré, la conciencia de que es necesaria una intervención militar para atajar el creciente poder de los islamistas en el norte y para restituir la integridad territorial de Malí va cogiendo cada vez más fuerza. El primer ministro maliense, Cheikh Modibo Diarra, ha intensificado en los últimos días sus contactos con los gobiernos vecinos y con Francia para intentar ganarse su apoyo para esta intervención bajo el marco de una resolución de Naciones Unidas y con tropas integradas por países africanos como Mauritania, Argelia, Níger y Nigeria.

El Ejército de Malí se está reagrupando. Esto es un secreto a voces que circula por Bamako. Los campos militares de Sevaré (la nueva frontera entre el sur de Malí y el Azawad, territorio que los rebeldes tuaregs del MLNA han declarado independiente) están recibiendo a cada vez más soldados listos para “lavar la humillación” que sufrieron al ser expulsados del norte. El crimen de Aguelhoc, en el que casi un centenar de soldados fueron degollados por los islamistas cuando ya eran prisioneros a finales de enero, en los comienzos de la rebelión tuareg, está en la cabeza de todos. “Tomaremos nuestra venganza”, es la frase más repetida.

Pero el Ejército maliense, por sí solo, no podrá hacer frente al poder militar de rebeldes e islamistas. Esta, al menos, es la percepción que se tiene. Y para ello necesita a los países vecinos, que, como ha reiterado el presidente nigerino Mahamadou Issofou, son cada vez más conscientes del peligro que entraña dejar que se consolide un santuario para grupos terroristas en el Sahel. Y sobre todo la pujanza militar de Nigeria y el poderío aéreo argelino.

LO QUE PASA EN EL SUR

Sin embargo, Bamako debe resolver aún una cuestión clave. “El punto focal”, como asegura un maliense bien informado. “Definir realmente quién manda en el sur”, donde el capitán Sanogo, quien lideró el golpe de estado del pasado 22 de marzo, sigue dictando las órdenes desde su cuartel general de Kati, a las afueras de la ciudad, y el gobierno interino, pactado entre los golpistas y la Cedeao, sigue dando inequívocas muestras de debilidad con su presidente, Dioncounda Traoré, en su exilio de París tras sufrir una agresión de civiles progolpistas en el propio Palacio Presidencial.

La sensación que recorre Bamako es que empezarán a pasar cosas cuando Dioncounda Traoré regrese al país y cuando la ONU adopte finalmente una decisión. Hasta entonces, reinan la incertidumbre en el sur y los latigazos de los islamistas en el norte.

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