Libertad, poder, sectarismo e indulgencias

Manifestaciones de libertad tenemos muchas, pero expresiones íntimas de libertad quizás las podemos ubicar para efectos de estas letras en tres grandes conjuntos. El primero es la libertad de pensamiento: pensamos lo que queremos y nadie puede impedirlo. La expresión del pensamiento ya no es algo tan íntimo porque puede ser objeto de censuras posteriores. El segundo conjunto lo constituye nuestra libertad sexual: nuestra sexualidad es una manifestación íntima de libertad y de allí todo el engranaje social, político, jurídico e institucional para garantizarlo. Por muchos años y aún en varias latitudes y círculos sociales las relaciones sexuales son producto exclusivo de poder, violencia y sometimiento, existe una lucha de siglos para dignificar a la mujer, así como para respetar la distintas orientaciones sexuales censuradas desde el poder. El tercero es nuestra libertad de credo: Nadie más que nosotros debemos construir, nutrir y defender nuestra fe. Creer en Dios o dioses es asunto de cada quien; adoptar o no una religión constituye una decisión íntima por excelencia.

El Estado laico ha sido una creación del liberalismo para garantizar el respeto al credo ajeno. Los excesos de la iglesia Católica en la Edad Media dieron origen a la Reforma y a la Contrarreforma. Además enseñan, como en toda organización humana, que si desde el púlpito o el estrado se logra una determinada conducta, se ejerce un poder significativo, y si este poder proviene de Dios, no se discute.

Lutero, Calvino y otros protestaron contra la corrupción de la iglesia Católica y el escandaloso canje de indulgencias por dinero a principios del siglo XVI. Ello provocó luego la Contrarreforma, por medio de la cual la iglesia Católica, asegurando un mensaje único, reaccionó ante el protestantismo que inundaba Europa; sin embargo, la unidad del cristianismo se perdió para siempre. Además, tanto en Inglaterra como en los territorios alemanes y Escandinavia el poder político jugó un papel de primer orden para independizarse de los dictados romanos.

En los sistemas de noción liberal como el nuestro, los Estados no adoptan religión alguna y se deja a los teólogos la búsqueda de la verdad divina, para asegurar la cohabitación de los distintos credos. El siglo XXI representa una serie de retos que se traducen en romper muchas de las dinámicas sociales del siglo XX, siendo algunas manifestaciones el tradicional fenómeno religioso.

En este siglo las dinámicas de poder son distintas, pero siempre pululan de cerca los mismos intereses por intentar influir en decisiones políticas por la puerta de la fe, solo que ahora es mucho más complejo porque no se requiere mayor conocimiento teológico u organización efectiva para fundar una iglesia y tener congregaciones extensas donde la unidad de mensaje solo depende de quien mande. Las sectas existen y las debemos entender como estructuras fanáticas e intolerantes, pero lo grave es que uno de sus grandes objetivos es utilizar la fe para ejercer poder político puntual. En una iglesia pueden existir diversas sectas.

Existen sectas que funcionan con todo el acompañamiento del show, montándose espectáculos para entretener, encandilando a miles para vender indulgencias de forma rápida; sin embargo, algunas de estas estructuras no son más que esfuerzos por conseguir poder, dentro de la propia congregación eclesial o poder político, siendo difícil a veces evidenciarlas.

Desde el lado de creyentes se nos previene respecto de los falsos profetas, pero desde el lado del laicismo se nos alerta sobre estructuras que, utilizando la fe, solo buscan poder. Ojalá estemos atentos porque a los problemas del nuevo gobierno no podemos agregarles fanatismos y separaciones en nombre de Cristo, como el gobierno saliente lo intentó hacer.

Alejandro Balsells Conde

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