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Libertad de expresión

La libertad de expresión y de pensamiento, junto con la libertad de movimiento y reunión son el fundamento sobre el que se construyen los derechos civiles en una sociedad democrática, la condición sine qua non de todos los demás derechos. Solo en situaciones excepcionales, como la pandemia actual, puede justificarse la supresión temporal de la libertad de movimiento y reunión. Sin embargo, la controversia por la condena de cárcel al rapero Pablo Hasél acusado de enaltecimiento del terrorismo, injurias a la corona y a las instituciones del estado, actualiza el viejo problema de los límites de la libertad de expresión en una sociedad libre y el modo como se regulan. En Europa no hay criterios homogéneos. La opinión pública debatió esta cuestión desde la perspectiva de una sociedad laica, cuando en Francia se produjo la masacre contra los periodistas de Charlie Hebdo.

En otro contexto, el debate en torno a la libertad de expresión apareció en la prensa anglo-americana tras el cierre de las cuentas de Twitter a Donald Trump a raíz de su discurso animando a la marcha al Capitolio. El prestigioso comentarista de la BBC, John Gray reflexionaba sobre la expulsión de Trump de su red favorita, y lo que significa que una compañía privada con inmenso poder mediático decida unilateralmente silenciar a cualquier ciudadano. Es cierto que el impacto de los medios convierte cualquier acción insignificante en una performance y ese es el territorio de expansión de los grandes poderes mediáticos, hoy en día ya no cuarto poder, sino principal instrumento de dominación social. En el asalto al Capitolio pudieron verse disparos, ametralladoras, disfraces, banderas confederadas, vandalismo teatral, toda una performance consagrada al espectador. Sin embargo, no solo hubo teatralidad, también hubo agresiones, heridas y muertes, y la violencia virtual pasó a ser violencia real.

Las redes sociales son el instrumento de mayor poder democrático actualmente, pero también para la radicalización y la polarización de la sociedad, para confundir, idiotizar, difundir falsedades e información manipulada. Su poder es tal, que tras el golpe militar en Myanmar contra Aung San Suu Kyi, la suspensión de las redes fue la primera medida adoptada por los golpistas. Acciones semejantes se han producido también recientemente en Hong Kong y muchos otros lugares. Tejero y sus compinches hoy habrían hecho el ridículo tomando la televisión y las emisoras de radio.

Si alguna intención tiene esta tribuna -más allá de mostrar al lector una realidad evidente-, es plantear la necesidad de una reacción de la sociedad frente al poder y propiedad de las redes, la creciente fabricación de ignorancia y difusión de discursos de odio que buscan ocultar el conocimiento y exacerbar las emociones, en definitiva, viejas estrategias de manipulación mediática. Hay que defender la libertad de expresión frente a quienes la coartan y también limpiar las redes de discursos de odio. Ni resulta sencillo lo anterior, ni parece aceptable la perplejidad silenciosa ante mentiras, descrédito del conocimiento y fabricación de ignorancia… en definitiva, el uso de la libertad de expresión en un entorno mediático óptimo para engañar, manipular y difundir discursos tóxicos.

La libertad expresión es esencial como derecho individual, y también como instrumento de deliberación para preservar la pluralidad y la paz social. Me temo que estamos ante una situación complicada para la democracia, muy difícil de gestionar.

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