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Laicismo y enseñanza pública

Con la nueva y enésima ley que se pretende hacer en educación caemos más hondo que nunca. Jamás sospeché que podríamos llegar tan lejos. Mis quejas sobre la educación han sido extensas e intensas, pero lo que se nos muestra ahora es algo increíble. Para empezar, el propio Ministro nos dice que va a hacer una reforma ideológica. Esto en parte le honra; porque, desde mi punto de vista, toda reforma educativa tiene una carga ideológica. Ahora bien, el problema es el tipo de ideología que subyace a la pretendida nueva ley de educación que ojalá nunca vea la luz, porque es la más nefasta de todas y nos lleva a la barbarie, la ignorancia, la privatización y a encumbrar al clero en la élite de un sistema democrático que, de por sí, la excluye como élite, no como entidad.

La reforma de la educación, en primer lugar, no toca, para nada, el gran mal y el gran cáncer de la educación que es o son sus supuestos psicopedagógicos, se mantiene en los mismos. Es decir, que si lo que subyace no cambia, todo lo que cambie en la superficie será para peor.

La nueva ley quiere potenciar la enseñanza privada y la concertada, que no es más que otra forma de decir enseñanza privada. No es que yo esté en contra de la enseñanza privada. En un sistema mixto debe existir y es saludable. Ahora bien, financiar la enseñanza privada con el camelo de lo concertado es un engaño y un robo a todos los españoles. Máxime cuando en este país, que se cree todavía la reserva espiritual de occidente, la inmensa mayoría de los colegios concertados son religiosos.

Es decir, que nos encontramos con otra forma de subvencionar a la privilegiada iglesia católica. Por tanto, nos encontramos ante un engaño a los ciudadanos y ante una medida que se salta la aconfesionalidad del estado. La iglesia tiene un trato de favor en un estado aconfesional, amprándose siempre en el nefasto acuerdo con la Santa Sede, acuerdo que, muchos constitucionalistas, no es mi opinión sólo, consideran inconstitucional.

Además, a la iglesia se le dieron tres años para autofinanciarse, allá por los ochenta y todavía la mantiene el estado, pero no con la crucecita en la casilla, sino con los impuestos de todos los españoles. Y entramos aquí en uno de tantos dislates de la nueva ley, hay muchos, la enseñanza de la religión. Pues con el nuevo ministro la religión vuelve a recuperar espacio cuantitativo y cualitativo. Es decir, aumenta su presencia en el horario y, además, es evaluable.

Pero aquí llega el colmo, que es una cesión ante la iglesia, se oferta una alternativa a la religión, algo así como valores éticos. Pero, vamos a ver, esto qué carajos es. Cómo puede ponerse en pie de igualdad la ética con la religión. Primer error, la enseñanza de la religión en los centros públicos. La religión tendría, simplemente, que suspenderse del sistema educativo, incluido de los centros concertados, pues para ello se les paga con el dinero de todos los españoles.

En segundo lugar, la ética es un saber universal. Un análisis reflexivo, con su asiento en la historia de las ideas y de la filosofía, sobre la conducta moral del hombre. Por su parte, la religión, católica, fundamentalmente, se enseña desde la doctrina. Hablando en plata, hay un adoctrinamiento del alumnado en una creencia particular. Catequesis, se llama. Por tanto esto es un atentado contra la aconfesionalidad del estado, contra el laicismo.

Y que no se me distinga entre laicidad y laicismo porque es una soberana tontería. Y, por otro lado, es impensable la democracia sin laicismo. Pero a este gobierno lo que menos le importa es la democracia. De modo que en este punto la reforma es impresentable. Atenta contra la democracia y favorece la enseñanza privada desmantelando la enseñanza pública.

Por otro lado, el objetivo fundamental de la reforma es el de producir una serie de individuos aptos para el trabajo; es decir, la empleabilidad. No se trata de formar ciudadanos, sino máquinas perfectamente intercambiables en el mercado laboral. La enseñanza es mercantilista. Viola el principio básico de la ética que es el de no instrumentalizar; es decir, no tratar al otro como un medio, sino como un fin en sí mismo. Esto se le llama, también, dignidad y libertad.

Conceptos a los que este gobierno y la nueva ley temen como a la peste Y, por último, elimina prácticamente la filosofía del currículo. De lo que se trata es de eliminar la capacidad crítica, la visión global, facilitar la domesticación. El futuro del neoliberalismo es la mercantilización absoluta de todo. La filosofía es un estorbo. Pero sin la filosofía perdemos el sentido de nuestra historia, de nuestros valores, de la ciencia, de lo que queremos llegar a ser. Eso sí, sin filosofía nos volvemos romos, unidimensionales y, además, preparados para hundirnos en la barbarie de un pensamiento único que impere en una nueva edad media en la que nos adentramos.

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