La «violación» del arzobispo de Tucumán (Argentina)

El obispo. Un hombre que representa la institución que hizo del ocultamiento de perversiones propias una de las llaves de su poder viola una vez más a una nena de 11 años. Con la voz legitimada como ministro de la Iglesia publica la identidad de una criatura abusada.

Hicieron parir a una niña violada por la pareja de su abuela. La mantuvieron internada el tiempo suficiente para que creciera en su vientre “eso que le puso el viejo”. Se puede ser más inhumano en nombre de un supuesto dios.

Recién ahora, en el siglo XXI, están saliendo a la luz las atrocidades de curas, obispos, cardenales, monjas, contra los más indefensos.  Desconocieron década tras década a hijos nacidos de relaciones clandestinas en tributo a la apariencia de castidad. Una mutilación acordada por razones económicas: Nada de herederos, lo único trascendente es fortalecer a la institución.

Monjas abusadas empiezan a atreverse a contar los abortos que tuvieron que hacerse para borrar la virginidad mancillada.

¿En nombre de qué dios se puede reivindicar la tortura?

Desde mediados de 2017, Carlos Sánchez es el arzobispo de Tucumán. Con 55 años, forma parte de la renovación de la conducción de la Iglesia. Como la mayoría de la jerarquía eclesiástica, es un activo militante del rechazo a la interrupción del embarazo.

Sus declaraciones eran previsibles aun tratándose de una nena que jugaba con muñequitas en la cama del hospital, una nena aterrorizada porque no sabía qué le iba a pasar. Hay, sin embargo, dos cuestiones inadmisibles:

  • Violar la ley. Como bien explicó la médica que atendió a la nena, no era necesaria la intervención de la Justicia porque la ley autoriza la interrupción del embarazo en caso de violación. La Argentina es un Estado laico, ningún arzobispo puede legislar.
  • Revelar el nombre y apellido de la nena ultrajada. No existe argumento que pueda justificar la exposición de una criatura de 11 años, víctima de un delito atroz.

Un pastor de la Iglesia sin piedad es el colmo de la crueldad.

Ni la obnubilación derivada del fanatismo puede exculpar a este hombre que hace carrera eclesiástica.

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