La última trinchera

LA introducción de una nueva asignatura denominada Educación para la Ciudadanía en el currículo obligatorio de nuestros jóvenes estudiantes ha supuesto un nuevo punto de fricción y debate entorno a la enseñanza. La impugnación más visceral de esta asignatura procede de la jerarquía de la Iglesia Católica y de las asociaciones de padres que siguen su orientación.
 
 No cabe desconocer las tremendas declaraciones de monseñor Antonio Cañizares, según las cuales impartir la nueva asignatura significa «colaborar con el mal», ya que el Gobierno está 'imponiendo' una formación de la conciencia moral a todos los alumnos. Los contenidos de la asignatura «no pueden ser impuestos a todos los alumnos» porque incluyen enseñanzas «morales laicas» que «deberían ser incluidas en una materia opcional alternativa a la formación religiosa».

Se contrapone así la enseñanza de la religión católica en la escuela con la enseñanza de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía como si de dos modelos contrapuestos se tratase: moral católica, por una parte, y moral laica, por otra, algo que no resulta de recibo a estas alturas del siglo XXI. Como si no se pudiese encontrar actualmente en nuestra sociedad un punto de unión, de valores y principios compartidos por todos, comunes a católicos y no católicos. Principios y valores anudados a la condición de ciudadanía de un Estado democrático como el que actualmente disfrutamos, independientemente de cuáles sean las creencias religiosas o filosóficas de cada cual. Y más allá de que resulte discutible, si cabe, reducir ese aprendizaje de ciudadanía a una asignatura concreta o no.

Se mezclan en esta impugnación conceptos de gran calado y trascendencia, imposibles de abordar en estas breves líneas. Sin embargo, cabe echar una vista a nuestro pasado reciente, al hilo de la experiencia personal, y contemplar cómo la gran batalla de la Iglesia Católica y de las asociaciones confesionales se ha centrado desde la discusión de la LOGSE en el mantenimiento de la asignatura de Religión dentro de la escuela como una materia más del currículum académico, de igual valor que el resto de asignaturas, si bien de adscripción voluntaria. A pesar de ello, todos estaremos de acuerdo en que por muchos esfuerzos que realizase el profesor de turno, esta asignatura nunca abandonó la condición de 'maría'; así que no creo que se haya perdido ningún brillante licenciado por su falta de aplicación en la materia.

Como contrapunto, resulta palpable la importante pérdida de predicamento que ha venido sufriendo la Iglesia Católica precisamente entre capas sociales que habían estado sometidas a una educación religiosa obligatoria. Y es que quizá tengamos que concluir que el aprendizaje de la religión, la transmisión de una fe concreta, de unas creencias y sus consiguientes valores, resulta difícilmente reducible a una asignatura académica. Lo verdaderamente determinante resulta ser el ejemplo personal de los cercanos, las actividades en común (litúrgicas o no) y la puesta en práctica de los valores que se propugnan.

Por otra parte, uno no puede dejar de señalar que en muchos casos ese paulatino descreimiento descansa en muchos casos en la costumbre, instalada tras siglos de imbricación entre Estado e Iglesia, de hacer recaer la educación religiosa -entendida como adoctrinamiento en la fe católica- en la enseñanza pública, en el ambiente reinante y, en definitiva. en la costumbre social. Por ello, el despojar a la escuela pública de toda obligación de adoctrinamiento religioso, deberíamos verlo el conjunto de los católicos (también la jerarquía y sus más furibundos seguidores) como una oportunidad de asumir las propias obligaciones en la transmisión de una fe madura y responsable y no como un problema.

Claro que ello haría necesario que nuestra jerarquía eclesiástica dejara de considerar a la escuela como la última trinchera desde la que defenderse de un laicismo entendido como enemigo, y lo aceptara como una oportunidad de recuperar las propias responsabilidades para enfrentar el mundo actual.

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