La tolerancia en el siglo XVI

Aclarar que desde el laicismo se entiende la tolerancia y el respeto hacia las personas que tienen ideas, opiniones, o creencias diferentes a las nuestras, no aceptación de dichas ideas, opiniones, creencias o convicciones, que pueden, y deben, ser objeto de crítica si fuese necesario, sin que esto suponga intolerancia.


Podemos definir tolerancia como el respeto y consideración hacia las ideas, opiniones o creencias distintas a las propias, y suele aplicarse a los ámbitos religioso y político, aunque no exclusivamente, porque hoy se aplica a cuestiones sociales y sexuales. Pero en la Historia europea la política y la religión han estado muy unidas, y más en la época que vamos a estudiar en este artículo.

En la Baja Edad Media y en la transición a la Edad Moderna se produce una situación de intensos conflictos políticos y religiosos que tendría una clara incidencia en la tolerancia. En ese momento proliferaron las tendencias intolerantes en el seno de la Iglesia Católica frente a los considerados herejes. Esos posicionamientos promovieron o toleraron, también, aunque con excepciones importantes, las persecuciones a los judíos en media Europa, y que podemos ejemplificar con las matanzas de 1391 en la España medieval, y la posterior expulsión de los judíos de los reinos hispánicos en 1492, sin olvidar la cuestión musulmana a raíz de la conquista del Reino Nazarí de Granada.

Las inmediatas guerras de religión del siglo XVI, acontecidas a raíz de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, supusieron otro intenso episodio de intolerancia por ambas partes, aunque la Reforma había dinamitado la ortodoxia religiosa, verdadero pilar de la intolerancia. El concepto de hereje que había establecido la Iglesia en la Edad Media se tambaleó de forma evidente. Todo este cataclismo religioso del siglo XVI generó unos cambios más profundos porque se hizo más complicado justificar la persecución al hereje, al disidente religioso. Hasta ese momento esta tarea había sido patrimonio exclusivo de la Iglesia, pero ahora, ante la quiebra del sistema medieval, el Estado comenzó a intervenir en esta cuestión. En la Monarquía Hispánica, el Santo Oficio de la Inquisición era un organismo religioso, pero supeditado a la Monarquía, ya que fue imbricado en el sistema de gobierno polisinodial o de consejos. Por otro lado, en Europa, ese proceso de intervención del Estado en la posible persecución del disidente terminó por plantear a algunos teóricos y pensadores la necesidad de la tolerancia como un mecanismo para resolver los conflictos, y comenzó a tratarse la dimensión económica que suponía el mantenimiento de la intolerancia, asunto que preocupaba mucho en las Cortes europeas donde triunfaban las ideas del mercantilismo.

El humanismo fue la primera corriente en esa Europa que planteó la necesidad de la tolerancia. En este sentido, son fundamentales las figuras de Erasmo de Rotterdam y de Thomas Moro, víctima, precisamente, de la intolerancia en la Inglaterra de Enrique VIII. Este primer capítulo de la tolerancia se fundamentaba en dos pilares: el diálogo y el rechazo a la coacción o la violencia.

El año 1555 puede ser considerado el primer hito de la tolerancia en Europa. En ese momento se firmó la Paz de Augsburgo que sellaba el final de los conflictos religiosos y políticos en el Sacro Imperio Románico Germánico, entre los católicos comandados por el emperador-rey Carlos, y la Liga de los príncipes protestantes. Se basó en las ideas de tolerancia descritas anteriormente, pero también es cierto que selló el final de la unidad religiosa o espiritual, un ideal que todavía los humanistas habían planteado restaurar. Nació el concepto de cuius regio eius religio, según el cual, cada reino o estado debía seguir la religión de su príncipe. Supuso un claro avance de la tolerancia, pero debe tenerse en cuenta que la libertad religiosa solamente se aplicaba a los soberanos, no a los pueblos. Se solucionaba, en gran parte, el problema religioso y el enfrentamiento bélico en el corazón de Europa, pero la intolerancia se trasladaba al interior de cada territorio, ya que el príncipe quedaba facultado para perseguir a los que no profesaban su confesión religiosa. Ahora se buscaba legitimar jurídicamente al Estado para perseguir al disidente, algo que el humanismo rechazó tajantemente porque suponía una contradicción intolerable con el fin de toda organización política, ya que ésta debía promover la coexistencia pacífica en su seno, algo impensable si se prohibía la libertad religiosa.

Este problema fue abordado por un grupo de pensadores, eclesiásticos y hombres de Estado en la Francia de las intensas guerras de religión, y que se pusieron a trabajar para frenar una sangría que amenazaba con dejar exhausto al reino o con su desaparición, durante la segunda mitad del siglo XVI. Por eso plantearon una reforma del concepto de tolerancia como instrumento para superar el conflicto. La tolerancia podía convertirse en un factor fundamental para fortalecer al Estado. Ese fue el espíritu que llevó a la promulgación del Edicto de Nantes en 1598, que puso fin al enfrentamiento entre católicos y hugonotes. El Edicto de Nantes, además, quedó en el imaginario colectivo occidental, con todas sus carencias, como un documento que consagraba la tolerancia desde una perspectiva positiva, no como un mal que había que aceptar, sino como un principio de respeto de la libertad de conciencia, aunque también es cierto que habría que matizar algo esta consideración, especialmente si analizamos los objetivos concretos de sus creadores, y como luego fue revocado en tiempos de Luis XIV, que decretó la persecución contra los hugonotes. El Edicto de Nantes inspiraría la solución de la Carta de Majestad (1609) para generar un clima de paz ante la complicada situación religiosa de Bohemia. Aunque la Carta de Majestad fue un intenso serio, quizás aún más que el propio Edicto de Nantes, de llegar a un entendimiento entre las confesiones religiosas, terminó por fracasar porque los protestantes no consiguieron entenderse entre sí, y los católicos se opusieron enérgicamente a la tolerancia que establecía la Carta, además de por la política emprendida por el rey Fernando.

Del lado protestante es importante destacar la aportación de los anabaptistas a la noción de tolerancia. Cuando plantearon claramente la separación entre Iglesia y Estado estaban defendiendo que la fe religiosa no podía nunca imponerse mediante la violencia. La religión debía vincularse a la libertad de conciencia. Los antitrinarios, es decir, los seguidores de las doctrinas que no aceptan el dogma de la Trinidad, defendieron que era necesario someter las cuestiones religiosas a la Razón. Esta vinculación tuvo mucho que ver con la extensión de la libertad religiosa a la civil. La libertad de conciencia se fundamentó en los derechos del individuo, y se convirtió en el pilar de la convivencia.

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