La soledad de la primera noche del papa sin el anillo del Pescador

La noche del próximo día 28, el aún Papa Benedicto XVI, será especial para el aún papa Bnedicto XVI. Será una noche sin el anillo del Pescador encima de su mesilla de noche.

Ese anillo, símbolo de uno de los mayores poderes que se le otorga a un ser humano sobre la tierra, como el de la infalibilidad pontificia, deberá ser destruido esa misma tarde, a partir de las 20 horas, cuando Ratzinger ya no será papa y volverá a ser cardenal.

Existe hasta una Constitución Apostólica, llamada, Universi Dominici Gregis,que rige el rito antiguo de destruir el anillo del Pescador a la muerte del papa.

Tras haber el Camarlengo de la Santa Sede dado tres golpes en la frente del papa y anunciar “está verdaderamente muerto”, se le quita al papa difunto el anillo que es destruido con un martillo de plata y marfil. Con ese material se crea el nuevo anillo que servirá al sucesor del papa fallecido y que llevará grabado su nombre.

Se discute aún en el Vaticano qué hacer con el anillo del papa Benedicto XVI ya que sigue vivo. Con el agravante que fue el papa Ratzinger el que desenterró parte de la tradición del anillo del Pescador y se hizo labrar uno especial por el orfebre, Claudio Franchi, como un homenaje a la vieja tradición.

La práctica antigua de destruir el anillo del Pescador, se remonta a los tiempos en que los papas sellaban con el anillo, los documentos papales. Se temía que alguien pudiera seguir usandolo para falsificar documentos pontificios.

Hoy se destruye el anillo junto con el sello de plomo con el que en la actualidad se sellan las bulas y documentos importantes del papa.

El orfebre que labró el anillo del papa Ratzinger ha pedido que no se destruya y se conserve en el museo Vaticano.

De cualquier modo, el papa ya no tendrá en su mano derecha el anillo del pescador la noche del día 28 decidan o no destruirlo.

El anillo que en la Iglesia llevan obispos y cardenales además del papa, ha sido objeto de discusiones y polémicas en el pasado. Simboliza el matrimonio del eclesiástico con la Iglesia.

Cuando llegó al papado Pablo VI, empezó a querer liberar a la Iglesia de las acusaciones de excesiva riqueza en sus atuendos. Se libró él personalmente de la tiara pontificia que simbolizaba los tres poderes y estaba hecha de piedras preciosas.

Viendo que obispos y cardenales usaban anillos a veces ostentosos, según sus posibilidades económicas, llevando incrustradas piedras preciosas que daban la idea de que se casaban con una esposa rica, y no con la Iglesia pobre de Cristo, decidió crear durante el Concilio Vaticano II, cuya segunda parte presidió,  un anillo, no de oro sino de plata, sencillo, igual para para todos los obispos.

Èl mismo, colocó su anillo de oro en un estuche y pasó a usar el mismo que había regalado a los obispos.

Los papas posteriores pasaron a usar el anillo conciliar. Fue el papa Ratzinger el que quiso volver a la tradición de los papas que usaban su anillo personal que ahora tendrá que dejar.

El papa Benedicto XVI, tendrá que acostumbrarse ahora a una soledad inédita: la de ver, desde su ventana, actuar al nuevo papa. Tendrá que acostumbrarse a leer las homilías y discursos de su sucesor, sus nuevas encíclicas y verlo a través de la televisión recorrer el mundo vestido del blanco papal, mientras él volverá al rojo de la púrpura cardenalicia que simboliza la sangre del martirio.

Tendrá, quizás que acostumbrarse a ver al nuevo papa tomar decisiones que él podría haber tomado y no quiso, o no se atrevió, como el abolir el celibato obligatorio o abrir las puertas del sacerdocio a la mujer o dejarla libre de decidir sobre el fruto de su vientre o sobre el ejercicio de su sexualidad.

Como me decía un amigo psicólogo, sería interesante conocer los sentimientos del papa ahora que ya no lo será, pues tendrá que vivir dos momentos muy especiales: el luto de haber muerto al poder, siguiendo vivo,  y la novedad de que para él desde la tarde del 28 todo será “la primera vez”, a pesar de que cuando fue elegido papa pensaba que lo sería hasta la muerte.

Será la primera vez, por ejemplo, que cuando lea en los periódicos los escándalos de la pederastia que azota a una parte del clero mundial, no sentirá el peso de su responsabilidad última como cuando era papa. No tendrá que sufrir el dilema que ya soportó de si esconder o mimetizar ese pecado del clero, por amor a la Institución, o si entregar a los verdugos de tantas víctimas inocentes a los juzgados.

Quizás hasta se sienta más libre sin el peso del anillo en su mano y sin tener que juzgar y ser juzgado. Vuelve a ser libre de la terrible soledad que comporta el papado.

Y una curiosidad: en el dormitorio en el que dormirá la primera noche sin ser papa en el Castillo de Castelgandolfo, a las afueras de Roma, la finca de veraneo de los papas, mayor que el Estado del Vaticano, nacieron ya 50 niños durante la Segunda Guerra Mundial.

Fue cuando entre enero y junio de 1943 se refugiaron en aquellos palacios hasta 10.000 personas. En aquellos meses nacieron 50 niños, en el dormitorio ahora del papa, que se convirtió entonces en una guardería infantil.

Así son los misterios de los papas, hijos de una Institución milenaria, llena de símbolos, anclada casi en la prehistoria, mientras el papa usa ya el Twitter y viaja en avión.

Dormitorio del papa en Castelgandolfo donde pasará la primera noche sin ser ya papa y donde nacieron 50 niños durante la segunda Guerra Mundial.

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