La religión llega a la política australiana con un evangélico como Primer Ministro

En un servicio matutino dominical normal, una pastora en una de las iglesias pentecostales más grandes de Sydney mencionó a un congregante que usualmente se encontraba entre los que rendían culto allí. Pero no estaba con ellos ese día. El 31 de agosto se convirtió en Primer Ministro de Australia.

“Me siento increíblemente optimista —optimista respecto al futuro de nuestra generación”, dijo Alison Bonhomme, pastora titular en la Iglesia Horizon, al reflexionar sobre la incertidumbre política que llevó a Scott Morrison a convertirse en el líder del país. Estallaron aplausos.

Morrison y su fe representan una ruptura con la tradición en Australia, donde durante mucho tiempo la política ha sido laica. Hasta la fecha, es el único Primer Ministro en venir de uno de los crecientes movimientos cristianos evangélicos del país, llevando a muchos a preguntarse cómo podría eso afectar asuntos desde la política exterior hasta la política social.

“La pregunta es si Morrison elegirá hacer a su fe parte de su personalidad política, o a qué grado lo hará”, dijo Hugh White, profesor de estudios estratégicos en la Universidad Nacional Australiana. “Hasta este momento, no parece haberlo restregado en los rostros de la gente”.

Morrison ha denunciado lo que considera una creciente falta de respeto por las creencias cristianas, y ha expresado oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero a menudo ha escogido el pragmatismo por encima del fundamentalismo. En la votación para legalizar el matrimonio igualitario en Australia, después de que una encuesta mostró el apoyo mayoritario entre los australianos, se abstuvo.

Aun así, su fe ha sido un hilo en casi todos los capítulos de su vida. Morrison, de 50 años, fue criado en un suburbio de Sydney junto a la playa, y su familia fue activa en la Iglesia Unida de Australia. Conoció a su esposa, Jenny, en la iglesia cuando tenía 12 años.

“Para mí, la fe es personal, pero las implicaciones son sociales —puesto que la responsabilidad personal y social están al centro del mensaje cristiano”, dijo Morrison en su discurso inaugural al Parlamento en 2008.

“Australia no es un país laico”, agregó. “Es un país libre. Ésta es una nación donde uno tiene la libertad de seguir cualquier sistema de creencias que elija”.

Pero Morrison ha ascendido en un momento especialmente difícil, cuando los australianos están exasperados por la disfunción. Es el político más reciente en convertirse en Primer Ministro tras un complicado desafío al liderazgo, en que un líder fue derrocado por rivales de su partido —en este caso, Malcolm Turnbull, el moderado que fue echado por conservadores.

Ahora Morrison enfrenta el reto de tratar de construir una cultura de reconciliación. Una elección está programada para mayo del próximo año. La inestabilidad ha dejado a los aliados extranjeros inquietos y ha destruido la confianza de muchos electores.

“Es peor que un patio de recreo escolar”, dijo Jeanine Potter, una profesora que ha votado en el distrito electoral de Morrison durante unos cuatro años. “Es espantoso pensar que nuestro dinero está pagando para que ellos traten de dirigir un país”.

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