La polio y el delirio talibán

Los milicianos fundamentalistas atacan a los trabajadores sanitarios. Pakistán mantiene la campaña para vacunar a los niños contra la poliomielitis a pesar de la amenaza extremista

Un gran cartel pintado sobre un muro entre campos de cultivo anuncia la campaña de vacunación contra la polio en el distrito de Surazai Payan, limítrofe con las áreas tribales fronterizas con Afganistán. Prácticamente, esta aldea agrícola a las afueras de Peshawar está controlada por insurgentes talibanes. En Pakistán, la poliomielitis es todavía una enfermedad endémica, como ocurre también en Afganistán y Nigeria.

Las zonas donde habitan familias de mayoría pastún son las más complicadas a la hora de concienciar a la población, debido a su mentalidad tradicional y cultura cerrada. En ocasiones, los padres se han negado a vacunar a sus hijos por convicciones religiosas.

Kurban Alí nació sano pero ahora tiene la polio. De siete meses, Alí no se ha beneficiado de la campaña de vacunación porque sus padres consideraron que no era importante suministrarle las gotas para prevenir la enfermedad. Ahora se arrepienten y han intentado, sin éxito, que su hijo pueda recuperar la movilidad de la pierna derecha.

«Un día, sin más, Alí no pudo mover la pierna. No sabíamos que le pasaba y lo llevamos al hospital. Los médicos nos informaron de que había contraído la polio», recuerda Asmatullah, tío del pequeño.

Alí es uno de los 90 casos registrados por la Organización Mundial de las Salud (OMS) a lo largo del 2013. La mayoría de los niños se han contagiado en la ciudad de Peshawar, declarada «la mayor reserva mundial de la polio».

Propagar la enfermedad

La ciudad, de cuatro millones de habitantes, es el principal centro urbano del noroeste de Pakistán y gran parte de la población de la zona transita por Peshawar, lo que facilita que se propague la enfermedad.

A ello hay que sumar los ataques sistemáticos a los trabajadores sanitarios que suministran las gotas de la polio, desde que los talibanes prohibieron la vacunación en 2012, a raíz de la operación que acabó con Osama Bin Laden. Los líderes religiosos extremistas se oponen a la vacunación alegando que es una conspiración de Estados Unidos para esterilizar a los niños paquistanís.

«Para poder erradicar definitivamente la polio es necesario que se implanten mayores medidas de seguridad», advierte Neas Muhamed, jefe del equipo de vacunación de la polio en la localidad de Swabi, situada a unos 40 kilómetros de Peshawar. Hace apenas unas semanas fue atacado un dispensario médico de esta localidad, donde se guardaba la vacuna.

«Los talibanes están utilizando su campaña de extorsión contra trabajadores de salud como arma política, porque saben que es la principal prioridad del Gobierno», denuncia el responsable gubernamental, mientras camina sobre los escombros del edificio y hace recuento de las pérdidas sufridas tras el ataque. «Se ha desperdiciado el trabajo de dos meses. El fuego ha destruido todos los informes y las vacunas no se pueden utilizar», lamenta el doctor Muhamed. «Lucharemos hasta el final. No vamos a dejarnos intimidar por los talibanes», advierte el responsable local de la polio.

Un precio muy alto

Para muchas mujeres, la única oportunidad de trabajar es como asistente en la campaña de la polio pero el precio que tienen que pagar es muy alto. Naila Naz, de 28 años, murió el 1 de enero de 2013 en un ataque talibán contra el microbús en el que viajaba con otra trabajadora de salud y cuatro maestras. Todos los pasajeros murieron en el ataque, excepto el conductor y el hijo de tres años de Naz.

«Encontré a Ehsan en el hospital cubierto de sangre y aterrado. Aún sigue traumatizado», explica con voz rota Zain Ul Hadi, el viudo de Naz y padre de otros tres hijos. «No se quién pudo hacerlo. Mi mujer estaba ayudando a la gente del pueblo en el centro de salud. He perdido el sustento de mi familia», lamenta Ul Hadi, que padece una enfermedad del corazón y no puede trabajar.

Un silencio redentor envuelve al cementerio de Jelsai, una aldea a 18 kilómetros de Swabi.

Gul Rahim está con las manos en alto invocando para sí la memoria de su hija Amsyet de 25 años, que falleció también en el ataque. «Mi hija fue asesinada por ayudar en la campaña de la poliomielitis. A la gente de aquí no nos gustan los equipos sanitarios que tratan la polio. No son bienvenidos. Solo traen problemas y muertes», dice con rabia este militar retirado de 65 años.

polio y talibanes

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Protección 8 Un soldado monta guardia frente a un centro de salud de Peshawar donde se suministran vacunas contra la polio.

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