La libertad debe meter en cintura al Islam

El juzgado de lo Penal número 3 de Barcelona ha condenado a un año y tres meses de prisión al imán de Fuengirola, Mohamed Kamal Mustafá, por un delito de provocación a la violencia por razón de sexo que cometió al escribir un libro en el que aconsejaba cómo pegar a las mujeres sin dejar rastro.

Esta sentencia condenatoria es, sin duda, una espléndida noticia para todos aquellos que consideramos que las convicciones religiosas no pueden suponer una patente de corso para perpetrar hechos constitutivos de delito. Sin embargo, consideramos que se trata tan sólo de un primer paso para tratar de reprimir la intolerancia o la discriminación basadas en creencias religiosas.

Para ello, hay que empezar por reconocer que la «doctrina» violenta y discriminatoria que imparte el imán de Fuengirola no es una excepción sino el mínimo denominador común en el mundo musulmán. Prueba de ello es que hasta ahora no se ha producido ningún acto de repudio público contra el imán de Fuengirola por parte de ningún otro dirigente islámico. Si eso pasa en nuestro país, hay que recordar que en aquellos donde el Islam es mayoritario, la discriminación sexual inserta en el Corán tiene rango de ley. Esta discriminación se consagra en la desigualdad de derechos respecto al divorcio, a la patria potestad de los hijos, a la prohibición para las mujeres de ejercer determinadas profesiones, a la obligación de pedir permiso al marido o al padre para abandonar el país. En muchos casos, como en Irán, se llega al extremo de que la ley cifra en la mitad el valor de la indemnización por homicidio si la víctima es mujer.

El primer signo visible de esa discriminación reside en el famoso velo o shador, que en nuestro país muchos han querido defender como una mera cuestión de vestimenta o como un signo religioso equiparable a un crucifijo o la kippa judía. El velo musulmán es, por el contrario, una muestra apologética de la sumisión de la mujer al hombre que no puede ser tolerable por el hecho de que la predique una religión.

Ahí es donde se inicia la discriminación y ahí es por donde se debería haber empezado a combatirla. La discriminación de la mujer, por otra parte, no es la única afrenta que en nombre del Islam se perpetra contra una sociedad que tiene a la libertad y a la igualdad ante la Ley como uno de sus principios constitucionales. Ahí está el Corán y toda la violencia que desata también contra el «infiel».

En cualquier caso, habrá que recordar que ni el imán de Fuengirola es el único dirigente musulmán que imparte semejante «doctrina» en nuestro país ni es en un libro el único sitio donde la puede propagar. Lo que no es tolerable en un libro no lo debería ser tampoco en una mezquita. Y el imán de Fuengirola -quien, a pesar de la condena, no ingresará en prisión- es responsable además, en función de su cargo, de la selección del profesorado que imparte religión en las escuelas públicas…

Con esta condena, pues, asistimos sólo a un primer paso en la represión de la intolerancia. La tolerancia, también la religiosa, exige que demos mucho más.

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