La Iglesia, en su laberinto

Ajena a la gravísima crisis por la que atraviesa la Iglesia, la Conferencia Episcopal Española celebraba esta semana su “jornada por la vida”, colofón a su campaña contra el aborto, en la que el cachorro de lince ha dejado sitio nuevamente al bebé sonrosado. Sin la presencia de ningún prelado, anunciaba el director de comunicación de los obispos, Isidro Catela, los resultados del “es un tú en ti” y presentaba su nueva idea- fuerza, “dar la cara por la vida”, cuando un periodista le preguntó si dar la cara por la vida también implicaba hacerlo por los niños que habían sufrido abusos sexuales de religiosos en España. Catela enmudeció primero y luego continuó con la consigna: “Dar la cara por la vida es una iniciativa que ya hemos puesto en marcha para el día 25”. Ante todo, transparencia.

Comenzaba esta semana negra para la Curia con la pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda, en la que se reconocía “escandalizado y herido” por los actos “pecaminosos y criminales” de abusos a niños cometidos por sacerdotes y religiosos de aquel país, que habían causado “un daño enorme a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa”. Y terminaba con las revelaciones de que el Papa también fue informado de abusos semejantes en su etapa de prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe y había mantenido la misma respuesta “inadecuada” que reprochaba a las autoridades eclesiásticas irlandesas. Es decir, que había mirado para otro lado, y ante la disyuntiva de denunciar los abusos a 200 niños e interrumpir el proceso al sacerdote pederasta había optado por lo segundo, en atención a su grave enfermedad.

Los de Irlanda no constituyen hechos aislados sino la manifestación más cruda de lo sucedido en más de veinte países, entre ellos Estados Unidos, Alemania, Brasil, Chile, Argentina,  México, Holanda, Italia o España. Han sido miles las víctimas, en cuya reparación la Iglesia ha tenido que desembolsar, según algunos cálculos, cerca de 3.000 millones de euros. En nuestro país, el Vaticano ha reconocido la existencia de 14 casos de presunta pederastia cometidos con curas y religiosos católicos, una realidad que no existe para la Conferencia Episcopal, quizás porque en aquellos de los que ha tenido conocimiento directo su presidente, el cardenal Rouco Varela, la constante ha sido la ocultación.

Sirvan estos dos ejemplos. El primero, el del sacerdote Rafael Sanz Nieto, condenado a dos años por abusos sexuales a un niño. Sus denunciantes, un grupo de catequistas, fueron expulsados de la parroquia en la que colaboraban por Rouco, quien en vez de acudir a la Justicia recluyó al pederasta en un convento. El arzobispado fue condenado a pagar 30.000 euros en concepto de responsabilidad civil.

El segundo tuvo como protagonista a otro sacerdote, José Martín de la Peña, condenado por el Tribunal Supremo a diez años de cárcel por abusar de una niña ininterrumpidamente durante nueve años. La madre había conocido al cura en la tramitación de la nulidad de su matrimonio y éste comenzó a visitar frecuentemente su casa. Cuando la niña, ya mayor de edad, relató los hechos, la madre los puso en conocimiento de Rouco, a quien conocía personalmente, que intentó por todos los medios que la denuncia no llegara a los juzgados. La complicidad del cardenal podría haber sido tipificada como un delito de encubrimiento (artículo 451 del Código Penal), castigado con penas de entre seis meses a tres años, pero se ve que la fiscalía se distrae cuando topa con la Iglesia.

Voto de castidad

Es verdad que la pederastia no afecta exclusivamente a los sacerdotes católicos sino a toda la sociedad, pero minimizar su trascendencia con el argumento de que los pedófilos representan un porcentaje muy pequeño respecto al conjunto de religiosos es no ser consciente del daño de imagen que provoca a una institución que se asienta sobre la fe y la confianza. Nadie espera que le roben la cartera en una comisaría ni que el cura de la esquina se solace con tu hijo. Si llegara a generalizarse la idea de que esa posibilidad ya no es remota, la Iglesia estaría perdida. Y ello explica en gran medida la actitud del Pontífice, de la que muchos destacan su valentía al reconocer el cáncer cuando la realidad es que tenía otro remedio para atajar la enfermedad. Una actitud, por cierto, diametralmente opuesta a la que mantenía en 2001, cuando el entonces cardenal dirigió una epístola a los obispos de todo el mundo en la que calificaba estos delitos como “secreto pontífice”, de forma que quien lo violara se exponía al castigo eclesiástico.

Hay quien ha vinculado la proliferación de abusos sexuales con el celibato de los clérigos, y teólogos tan prestigiosos como Hans Küng, sin considerar que sea la única razón de estos comportamientos, se han referido al voto de castidad como “la expresión estructural más importante de una postura tensa de la Iglesia respecto de la sexualidad”. El propio Küng afirma que el celibato es el principal motivo de la trágica carencia de vocaciones y, por tanto, de sacerdotes, con el agravante de que los Evangelios no hacen referencia alguna a una regla que se adoptó en el siglo XI por decisión del Papa Gregorio VII y que, de igual forma, podría modificarse.

Involución

Ajena a un mundo que transita cada vez a mayor velocidad, la Iglesia ha emprendido el camino de la involución, despreciando todo lo que de avance significó el Concilio Vaticano II. La misma Iglesia que en España hace bandera contra el aborto, una vieja lucha perdida, es la que condena al sida a todo un continente como el africano, al oponerse a todo tipo de contracepción. La realidad que no se ve desde las ventanas de la plaza de San Pedro es la de quien disfruta con preservativo de su sexualidad, la de los divorciados, la de los decenas de miles de religiosos apartados por su condición de casados, la de las mujeres a las que se impide acceder al ministerio del sacerdocio por el mero hecho de no ser hombres, o la de los teólogos de la liberación a los que se desprecia por situarse al lado de los pobre y de los débiles.

En la vuelta a los orígenes, Ratzinger se ha quedado anclado en el medievalismo, en la misa preconcialiar en latín y de espaldas a los fieles, en el tocado de armiño y en el absolutismo vaticano frente al relativismo que dice combatir. El pretendido ecumenismo ha dejado paso al culto al Papado, y de ahí que importante tanto hacer santo al anterior Pontífice a toda velocidad. Los escándalos de pederastia han roto las costuras de este traje tan apretado, y es por donde la Iglesia nos muestra ahora todas sus vergüenzas.

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