La Iglesia católica de Benedicto XVI da un histórico paso atrás

“¿Fue la declaración del Pontífice, del 31 de octubre de 1992, una disculpa formal de la Iglesia? En absoluto, dijo el cardenal, haciendo un movimiento con la mano, fue meramente un reconocimiento formal de error. Yo no entendí cuál era la diferencia entre ambas, pero continué. ¿Podría Ud. imaginarse a la Iglesia teniendo alguna vez que decir algo más acerca del caso Galileo? ¿Por qué?, replicó retóricamente el cardenal. Ya está hecho, finito.”

De una entrevista al cardenal Paul Poupard, hecha en abril de 1993 por John Reston Jr., escritor y biógrafo de Galileo. 

En una conferencia de prensa del día 30 de enero recién pasado, Monseñor Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, declaró, ante la sorpresa del mundo, que la estatua de Galileo que, según se anunció el año pasado, sería erigida en los jardines vaticanos, ya no se instalaría allí, ni en parte alguna del Estado Pontificio.

“Efectivamente, [declaró el representante de la Iglesia], existía un proyecto de estatua, pero finalmente se decidió archivarlo. Los fondos [originalmente destinados para esto] servirán [ahora] para financiar institutos que se dedican al estudio de la ciencia y la filosofía”, comentó.

Pero, ¿por qué la Iglesia de Benedicto XVI decidió “archivar” un proyecto que fue anunciado en el 2008, con bombos y platillos, como una demostración de la positiva actitud de Roma hacia Galileo, y hacia la ciencia en general? Esta es, por cierto una pregunta cuya verdadera respuesta probablemente nunca lleguemos a conocer, pero que induce a pensar que, como es habitual, aquí hay algo que se quiere ocultar,(1) y que muy posiblemente debe apuntar en la dirección del viejo conflicto interno a la Iglesia entre sus sectores más retardatarios, y aquellos que tiene posiciones algo menos conservadoras, respecto de las más importantes cuestiones doctrinales, teológicas, filosóficos, o éticas, así como aquellas que se refieren a la actitud y posicionamiento de esta institución frente a la ciencia, la tecnología y a la modernidad en su conjunto.

La historia del conflicto entre la Iglesia católica, Galileo, y la ciencia moderna, es un drama fascinante y de gran complejidad, que cubre ya más de tres siglos y medio, lo que la hace inabarcable en el limitado espacio de un artículo. Sin embargo, es posible formarse una idea aproximada de la esencia de este conflicto, a partir del examen  de lo que constituyen sus tres episodios más recientes, todos los cuales tuvieron lugar en los últimos 64 años, es decir, durante la vida de este autor. Al examinar estos tres episodios se hará manifiesto un “patrón”, que como lo mostraremos aquí , bajo sus diferentes formas, no ha hecho más que repetirse en éste como en otros períodos históricos anteriores.

Sin duda que el más importante y significativo de estos episodios lo constituye la así denominada “rehabilitación” de Galileo, que encontró su cierre oficial en las hoy célebres conclusiones del “Informe Final”, leídas por el cardenal Paul Poupard ante la Academia Pontificia de Ciencias el día 31 de octubre de 1992, en el Vaticano. Este episodio fue presentado como la culminación de 13 años de estudios, que habrían encontrado su expresión escrita final en un documento de 1380 palabras (en su versión inglesa) en el que la Iglesia aparecía haciendo 4 grandes afirmaciones:

1. Que se habría reexaminado el caso Galileo y por lo tanto el proceso; 2 que se había reconocido, con más de tres siglos y medio de retraso, su responsabilidad en la injusta persecución, censura de sus obras y condena del gran científico toscano; 3. Que la Iglesia había pedido disculpas públicamente, y 4. que ella había modificado su posición, actitud y conducta ante la ciencia.

Pero si se somete el “Informe Final” a una lectura y examen críticos se llega a  conclusiones completamente diferentes:

1. Que en realidad la Iglesia no llegó a revisar, o a reexaminar, el proceso instruido por la Inquisición romana  en contra del científico italiano en 1633 , aunque desde el anuncio papal de que se crearía una Comisión Interdisciplinaria para estudiar el caso (3 de junio de 1981) se declaró que se tenía la intención de hacerlo; 2.  Que tampoco llegó la Iglesia a disculparse ante el mundo por su conducta represiva y autoritaria hacia el gran físico y astrónomo, aunque todo el mundo quedó convencido  de que, efectivamente, así lo había hecho. 3. Que Galileo no fue efectivamente “rehabilitado”, ni invalidada su condena; aunque gracias a la astucia de la Iglesia y la falta de sentido critico de la prensa de la época , en especial la de los países católicos, se nos engañó, haciéndonos creer que así había ocurrido. 4. Todo lo que la Iglesia llegó a reconocer en esta oportunidad  fue un cualificado “reconocimiento formal de error”, consistente en declarar que los jueces de la Inquisición se equivocaron en 1633, al no haber sabido distinguir entre los dogmas de la fe y las explicaciones de la cosmología geocéntrica.(2)

Como es manifiesto, la Iglesia no modificó sustancialmente entonces, ni posteriormente, su actitud hacia la ciencia, como por lo demás lo vendrán a confirma, una vez más, sus recientes declaraciones en torno a la cancelación del proyecto de erigir una estatua de Galileo en los jardines vaticanos, que nos motivaron a escribir este comentario.   

El  segundo episodio, escasamente conocido en el mundo de habla hispana, al que nos  referiremos aquí, es lo que se ha denominado como “el escándalo Paschini”, que en sus aspectos esenciales consiste en lo siguiente: al acercarse la fecha de conmemoración de los trescientos años de la muerte de Galileo, ocurrida en 1642, la Pontificia Academia de Ciencias del Vaticano decidió comisionar a Monseñor Pío Paschini (1878-1962), para que escribiera un libro sobre el gran científico toscano. En 1944, después de dos años de intenso trabajo, el laborioso Paschini dio término a su obra, en dos volúmenes, a la que tituló: Vita e opera di Galileo Galilei, que sometió al organismo censor de la Iglesia con el fin de obtener su autorización oficial de publicación.(3) Para completa sorpresa de su autor, luego de ser examinada por “árbitros” de la Pontificia Academia de Ciencias, del Observatorio Astronómico vaticano, y por cierto, del Santo Oficio (actualmente denominado Congregación para la Doctrina de la Fe), la erudita obra de Paschini  fue rechazada, por ser considerada como “non oportuna”, y como no recomendable, nada menos que por ser muy favorable a Galileo, y demasiado crítica de la conducta de la Iglesia, en especial del papel jugado por los jesuitas en el “affair”.

Luego de varios intentos frustrados de conseguir que la Iglesia le autorizara su libro, Monseñor Paschini fallece en 1962, sin haber conseguido su publicación. Dos años más tarde, al cumplirse  tres siglos del nacimiento de Galileo, y 20 años después de haber sido escrita, la Iglesia, a las puertas del Concilio Vaticano Segundo, decide, finalmente, poner aquella obra al alcance del público, bajo el patrocinio oficial de la Pontificia Academia de Ciencias. Con este fin se encargará su publicación al cura jesuita Edmont Lamalle, con lo que los sectores más conservadores de la Iglesia pondrían en juego una carta de triunfo que ocultaban bajo la manga.

Será sólo recién entre 1979 y 1980 que el manuscrito original de la Vita e opere di Galileo Galilei, podrá ser leído, y cotejado, por los especialistas, con la versión editada por Lamalle en 1964, descubriéndose que esta última presentaba tal cantidad de enmiendas, cambios y correcciones, que constituía, en realidad, una flagrante adulteración de lo escrito por su autor. Como lo describiera el influyente historiador inglés de la ciencia, Richard Blackwell: “Al manuscrito [original] se le hicieron varios cientos de modificaciones, tanto en el cuerpo de la obra como en sus notas, las que iban desde sustituciones relativamente triviales de una sola palabra, hasta reversiones completas del sentido del texto. Pasajes enteros fueron eliminados, otros agregados, y otros reemplazados; el enfoque interpretativo general del libro fue revertido [por Lamalle] a una visión que era menos favorable a Galileo y más favorable a la Iglesia y a los jesuitas… Esta no solo fue una adulteración en gran escala de la obra de Paschini… sino simplemente una falsificación”. (4)

Pero como si esto fuera poco, el cura a cargo de la publicación  no sólo se limitó a desvirtuar y adulterar  el espíritu y la letra del libro de Paschini, sino que además intentó ocultar los propósitos censores y la magnitud  de su intervención en el texto de los originales del libro. Tal como se constata al leer la nota introductoria, escrita por el propio Lamalle, donde éste declara con todo desparpajo que los cambios introducidos, así en el texto como en las notas del libro, habrían sido “deliberadamente muy moderados, limitándose a algunas correcciones que nos parecieron necesarias, y una puesta al día de carácter menor de su bibliografía”. (5)                         

No se necesita ser especialmente astuto para comprender que el cura Lamalle no falsificó, desvirtuó y censuró el libro de Monseñor Paschini, por simple capricho o celo personal, sino cumpliendo órdenes expresas de sus superiores jerárquicos, como necesariamente ha de ocurrir en toda institución autoritaria y verticalista. El hecho mismo de que nadie dentro de la Iglesia haya denunciado, ni menos castigado, al falsificador, está demostrando que la deleznable conducta del jesuita Lamalle no fue consecuencia de una opinión u hostilidad puramente personal suya, sino el resultado del antigalileísmo sistémico de dicha institución.

Pero lo mas significativo es que hasta el momento la Vita e opere di Galileo Galilei, en su texto original, no adulterado, no ha sido nunca publicada por la Iglesia. He aquí, entonces, que la historia de la publicación de un libro especialmente encargado por aquella, destinado a mostrar su buena disposición actual hacia el gran científico y su obra,  ha venido a confirmar, una vez más el mal disimulado rechazo e intolerancia hacia Galileo de los sectores más conservadores de esta milenaria institución.

El tercer y más reciente episodio, al que nos hemos referido inicialmente, es el triunfal anuncio de principios del año pasado de que se levantaría una estatua a Galileo, “de mármol y de tamaño natural en los jardines vaticanos, muy cerca de la Casina del Papa Pío IV”; que contrasta con las escuetas declaraciones de hace unos días de que tal proyecto ha sido “archivado”, porque, evidentemente, y aunque no se lo confiese, la Iglesia de Benedicto XVI  ha cambiado de parecer respecto de aquel gesto sumamente tardío hacia el hombre y la obra del gran científico.

En realidad, este hecho no debiera sorprendernos, porque durante el actual  pontificado se han venido manifestando, de diversas formas y en diferentes contextos, un retorno de la Iglesia a posiciones que parecían superadas (por lo menos en el plano discursivo), en lo referente a la teoría darwinista, a la cosmología del Big Bang, y al heliocentrismo galileano. Pero, además, como lo muestran con gran claridad los dos primeros episodios descritos brevemente más arriba, por mucho tiempo en la Iglesia católica se viene manifestando una suerte de tensión interna entre sus sectores minoritarios más progresistas y sus sectores dominantes más conservadores. De allí que, como lo mostramos más arriba, se haya puesto en evidencia idéntico patrón, tanto en el así llamado “Escándalo Paschini” como en el ejercicio de engaño y relaciones públicas tendenciosamente denominado “rehabilitación de Galileo”. En ambos casos  la proximidad de alguna importante fecha histórica de la ciencia moderna puso en movimiento a los sectores más abiertos y progresistas de la intelectualidad de la Iglesia, que buscan ponerla al día en lo que dice relación con su posicionamiento ante la ciencia y la modernidad. Pero como es habitual, ante aquellos intentos de reacomodación y aggiornamento, se movilizaron de inmediato las viejas fuerzas conservadoras y fundamentalistas de la Iglesia, que ven todo cambio como una amenaza, real o potencial, a su concepción medieval del mundo, de la filosofía y de la ciencia, a la que todavía se aferran como a su última tabla de salvación histórica, en un mundo occidental casi enteramente secular, penetrado hasta la raíz  por la ciencia, la técnica y las  preocupaciones materiales de la existencia.

Pero, a nuestro juicio, la conclusión más importante que puede extraerse del examen de los tres episodios aquí referidos es que en cada uno de ellos la doble y contradictoria conducta de la Iglesia ha venido a confirmar precisamente aquello que ella ha venido negando por largo tiempo, esto es, que haya existido en Occidente, a partir del siglo XVII, un verdadero conflicto entra la religión y la ciencia, o para decirlo del un modo más preciso, un conflicto entre la Iglesia católica y la ciencia moderna. Puesto que si este conflicto no hubiera existido, constituiría un misterio inexplicable  que más de tres siglos y medio después de la condena de Galileo, dicha institución continúe luchando contra su fantasma, ya sea que esta batalla adopte la forma de un pronunciamiento público, la de la publicación de un libro conmemorativo, o del levantamiento de una estatua en los jardines vaticanos.

Notas:

1. Desde la prensa italiana trascendieron dos pseudo-explicaciones que, evidentemente, se cancelan mutuamente: 1. que la Sociedad aeroespacial Finmmecannica, que iba a financiar la estatua y su instalación, “canceló el proyecto”. Pero no se nos explica por qué habría ocurrido esto. 2. según el periódico Il Giornale, la idea de desechar la iniciativa de erigir una estatua de Galileo, se debería a que ella “podría trastornar el paisaje de los jardines de la Casina de Pío IV”. Pero ni siquiera se indica la fuente de esta curiosa opinión, que pareciera provenir de personeros de la propia Iglesia.     

2. Para un análisis completo del “Informe Final”, puede verse: Hermes H. Benítez, “El mito de la rehabilitación de Galileo”, HOJA INFORMATIVA DE GALILEO, No. 32, Octubre de 2005.

3. De acuerdo con el derecho canónico (canon 246), todos los pronunciamientos de ortodoxia católica  caen bajo la jurisdicción del Santo Oficio (la antigua Inquisición romana). En cuanto a la censura, el canon 1386.1 establece que a ningún miembro de la curia le será permitido publicar un libro, editarlo o colaborar en un periódico, revista, magazine o reseña, sin el permiso del Obispo local. 

4. Richard  Blackwell, “Could there be another Galileo case?”, en THE CAMBRIDGE COMPANION TO GALILEO, Peter Machamer (editor), Cambridge: Cambridge University Press, 1998, pág. 363.                     

5. Richard Blackwell, Op. Cit, pág. 364.

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