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La falacia del obispo Munilla

Ciertos Obispos sufren una distorsión en su mapa neuronal. Creyéndose depositarios de la verdad universal, tanto religiosa como científica, ponen en evidencia esta distorsión cuando explícitamente exponen términos distintos haciéndolos aparecer como idénticos. Cuando esto se hace deliberadamente, tenemos que hablar de mala voluntad, porque pretenden que el oyente perciba como idéntico lo que el orador sabe expresamente que es desigual.

El Obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, lo ha dicho en una conferencia en la tribuna de Nueva Economía: “El laicismo -ha explicado- parte del supuesto de que la vida religiosa es una sensibilidad privada y de que al poder político le corresponde configurar una conciencia moral. Nosotros -ha añadido- asumimos una laicidad sana, pero no un laicismo anticlerical”.  Ningún teólogo define hoy el laicismo como lo hace el Obispo Munilla. El Obispo tiene una visión pobre y falsa del laicismo. O mejor dicho, trata de dar esa visión empobrecida para reforzar su defensa de la religiosidad. En realidad,  nada tiene que ver con la reducción de la religiosidad a la sensibilidad privada. Pero no es el fin de este artículo ahondar en las raíces del laicismo como liberación de un destino impuesto desde fuera por voluntad de unos dioses antropomorficamente concebidos.

“El culpable de todos estos males”, según Munilla, es el “laicismo anticristiano”.  Aquí aparece la engañosa identificación, intencionadamente buscada, para que como tal sea entendida y asimilada por el oyente. ¿Es lo mismo anticristianismo que anticlericalismo? Evidentemente no. Queda clara la estafa verbal de Monseñor que quiere sin duda que se identifiquen dos términos que nada tienen que ver entre sí. Las castas sacerdotales siempre han necesitado de lo sagrado en todas las religiones, lo cual no significa que lo sagrado necesite de castas sacerdotales. Por lo menos en el cristianismo. Jesús no fue ni de estirpe sacerdotal ni real. Fue ante todo un profeta de su tiempo, un testigo de su mundo. Por eso los poderes del momento quisieron terminar con la denuncia profética que evidenciaba el dominio absoluto de los de arriba y animaba a darle la vuelta a la historia. Estorbaba, como Mons. Romero, como Helder Cámara, como Casaldáliga, como Jon Sobrino y compañeros.

La Iglesia católica actual se cimenta sobre el clero, despreciando el Concilio Vaticano II que la definió como pueblo de Dios. Regresa a su cómoda y dominante visión clerical. Y los dos grandes responsables de esta marcha atrás son Juan Pablo II y Benedicto XVI.

He leído a muchos que están en desacuerdo con la beatificación de Juan Pablo II. Pero fundamentan su postura en temas de pederastia. Y tienen ciertamente razón. La Jerarquía no puede volver la vista ante semejantes crímenes. Pero he observado que pocos son los articulistas que nieguen la beatificación basándose en su actitud de volverle la espalda al Vaticano II convocado, según Juan XXIII, por inspiración del Espíritu. El pecado contra el amor es el único que no tiene perdón.

El Obispo Munilla falsifica la realidad. Si hay un anticlericalismo, ¿no deberían los Obispos junto al clero sacar a flote con absoluta sinceridad sus causas?  Sin acudir al laicismo ni a falsas persecuciones que ciertamente no se dan. Desnudarse conlleva la visión real de uno mismo y la aceptación gozosa del misterio que somos.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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