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La extrema derecha en el sur de Europa y la creación de un ambiente prefascista en Francia

La izquierda antifascista francesa ha venido manifestándose desde finales de la primavera de este año viendo que se necesitaba frenar la espiral derechista que asola el país.

Vivimos unos tiempos en los que todavía denominarse fascista sigue teniendo una valoración peyorativa en la sociedad, lo cual es un límite convenientemente fijado en el imaginario social que no esté bien valorado etiquetarse como fascista. Sin embargo, más allá de ese aspecto puramente lingüístico y simbólico, no está en absoluto condenado ni siquiera está mal visto comportarse como un fascista. Afirmaciones como ‘no soy ni de izquierdas ni de derechas’, ‘solo soy un patriota que defiende a su país’ o ‘no podemos permitir el asalto de nuestras fronteras’, son algunas de los discursos más extendidos socialmente y están enmarcados en una corriente política estructural de signo fascista asumida por las sociedades europeas.

La larga sombra del fascismo en Europa nos persigue desde el siglo pasado, y si bien se puede analizar históricamente un movimiento fascista concreto en un marco temporal determinado, no se puede desdibujar esa tendencia del fascismo y su proyección hasta la mismísima actualidad. Si bien no es necesario denominar a todo movimiento contrario a la izquierda transformadora como fascista, sí que conviene no invisibilizar la presencia institucional y esencial de un fascismo latente en la clase dominante de las sociedades europeas. El fascismo se nutrió de un pensamiento vitalista e irracional originado en la cultura europea, de un apasionamiento nacionalista y heredero de lo colonial, de una herramienta de defensa agresiva del capitalismo en peligro frente a los movimientos obreros. Y actualmente opera en el mismo sentido, desde partidos de gobierno hasta grupos incontrolados adrede y utilizados para tensar la conflictividad social hacia posturas de extrema-derecha..

El fascismo eterno y el crecimiento de la violencia de la extrema derecha

El internacionalmente conocido Umberto Eco, filósofo y semiólogo italiano que escribió la reconocida novela En el nombre de la rosa, hizo un ensayo sobre lo que él denominó los catorce síntomas del fascismo eterno. Para este pensador, el fascismo, que en la Italia de segunda mitad del siglo pasado aparentaba haber sido derrotado, volvería con las apariencias más inocentes y normalizado socialmente. Según él mismo – nuestro deber como sociedad es desenmascararlo, y señalar decididamente cada una de sus formas nuevas a cada momento y en cada parte del mundo que se desarrolle –. Atenazar el fascismo, por lo tanto, no es una actitud radical de extremo fanatismo, sino una extrema necesidad social que indica una buena salud colectiva. Ese ensayo nos muestra algunas características presentes continuamente en las corrientes políticas fascistas, que cuando se dan en un ambiente despótico y autoritario, crean el contexto perfecto para que germine una nebulosa fascista. Esas condiciones creadas, y habitualmente camufladas por la tendencia autoritaria y criminal del propio capitalismo global, se desarrollan en simbiosis junto a las estructuras de poder ya creadas y determinan una fascistización de la sociedad. Ese fascismo eterno, por lo tanto, abre el camino de la manera más totalitaria posible al avance de la clase dominante y su cultura de explotación, creando puntos de no retorno y derechizando drásticamente todas las estructuras sociales y culturales, anulando la capacidad de acción de las clases populares y grupos marginalizados.

La violencia de extrema derecha es un problema real en auge en los últimos años, los datos indican que los atentados fascistas han crecido en un 320% en todo el mundo. En el primer semestre del año pasado solo en EE.UU. el 70% de las acciones denominadas como terroristas, respondían a una motivación de la ultraderecha. En febrero de 2020, un fascista asesinó a diez personas en Hanau, localidad situada cerca de Frankfurt, mientras que una unidad de élite del ejército alemán tenía que ser disuelta por sus vínculos con grupos neonazis. El pasado verano de 2021 un joven sueco irrumpió con un cuchillo en un colegio hiriendo a un profesor; tenía un listado con los nombres de alumnos homosexuales contra los que pretendía atentar. No estamos ante hechos aislados, ni de personas a quienes acusar de simples patologías mentales o ‘lobos solitarios’, responden a una clase de violencia estructural promovida por la tendencia de discursos de odio de la extrema derecha.

La intención de voto de la extrema derecha en Francia sumaría un 35% a nivel nacional

En los últimos sondeos realizados de cara a las elecciones presidenciales francesas en la primavera del año 2022, sitúan a Marine Le Pen, la líder del partido ultraderechista Agrupación Nacional con un entre 17% y 18% de intención de voto. Ya en las últimas elecciones presidenciales en el año 2017 en la primera vuelta logró un 21,3% de los votos. Sin embargo, a la intención de voto a Marine Le Pen, se le suma la irrupción de un nuevo destacado líder de la extrema derecha francesa, Éric Zemmour, a quienes los sondeos le dan un empate técnico con el partido Agrupación Nacional. Esto significaría que entre ambas propuestas, la ultraderecha en Francia habría crecido hasta el 35% de la intención de voto a medio año para la celebración de las elecciones.

La cobertura mediática que le ofrece ser tertuliano de Cnews (cadena de televisión francesa) han convertido a Éric Zemmour en el nuevo paladín del fascismo en Francia. Si bien la izquierda parlamentaria solamente aspira a que se trate de una burbuja mediática que estallará por sí sola; la realidad es que en Francia lleva ya amenazando la extrema derecha con tomar el control gubernamental desde hace dos décadas. Y no solamente eso, porque la ultraderecha francesa desde los años 80 del siglo pasado ha tratado de protagonizar las luchas sociales desde el ultranacionalismo y atemorizar a los barrios populares de migrantes. La última intentona en este sentido fue en el surgimiento del movimiento denominado Gilets Jaunes (Chalecos amarillos), cuyas acciones descentralizadas y una organización informal, hicieron que algunos grupos de extrema derecha quisieran llevar a dicho movimiento hacia sus intereses nacionalistas. De hecho, llegaron a darse tensiones de carácter antifascista en el seno de este movimiento, y dependiendo del territorio y la articulación de la izquierda, algunos grupúsculos ultraderechistas lograron tener mayor o menor éxito en el objetivo de romper el ímpetu de esa lucha social.

El polémico comunicador Éric Zemmour ni siquiera ha confirmado su candidatura, pero tanto su discurso como la mediaticidad incorporada a su heroísmo nacionalista le están postulando a la carrera electoral. El filósofo francés Alain Badiou nos hablaba del petainismo trascendental, un carácter social otorgado a la sociedad francesa en estado de crisis y de cansancio, un sentimiento que les lleva a abandonarse a personajes idólatras que auguran su protección y la restauración de un viejo orden. Esta idea no viene más que a definir toda deriva social posicionada desde el conservadurismo, que abre un espacio de autoritarismo y reacción donde el pensamiento fascista se mueve a sus anchas. Estas dinámicas de ascenso fulminante de la extrema derecha recuerdan a episodios de la década pasada como Donald Trump en EE.UU. o Jair Bolsonaro en Brasil. El fenómeno Éric Zemmour es un síntoma de este proceso de fascistización, un personaje que atrae a las élites desencantadas con la derecha tradicional.

Marine Le Pen lograba que entre un 30% y 35% de obreros votase a la extrema derecha, aunque nunca consiguió arrastrar al tradicionalismo católico. La hostilidad agresiva de la líder de extrema derecha francesa se basaba en el ataque a la inmigración como un arma social creando un discurso de odio al diferente apelando a una cuestión económica. En cambio, la nueva extrema derecha francesa representada por Éric Zemmour, nacido en el seno de una familia judía, ha conseguido situar la cuestión religiosa y cultural como algo esencial. Afirma que «multiculturalismo e Islam están minando los fundamentos y matriz de nuestra nación y de Europa». La batalla social se está situando entre los límites marcados por una extrema derecha que, con pasos firmes en su discurso mediático, fija unos nuevos paradigmas culturales y elimina las cuestiones de clase, género o raza como elementos estructurales reales que afectan a las sociedades.

Reconstruir una cultura de izquierdas, popular y antifascista

La izquierda antifascista francesa ha venido manifestándose desde finales de la primavera de este año viendo que se necesitaba frenar la espiral derechista que asola el país. El pasado 5 de junio se cumplía el octavo aniversario del asesinato del joven antifascista Clément Méric en París, homicidio perpetrado por el neonazi español Esteban Morillo en el año 2013, y por lo que fue condenado a once años de prisión. La capital francesa acogía una marcha en su memoria como cada año, la antesala de una gran marcha tan solo una semana más tarde, unas 150 mil personas salieron a las calles de toda Francia. Los discursos sobre la inseguridad ante los inmigrantes y el Islam protagonizan los debates, favorecen un clima de reacción política y de banalización de las propuestas fascistas. Esas movilizaciones antifascistas deben suponer una reactivación de las luchas desde la izquierda, una irrupción necesaria en un escenario político y mediático completamente derechizado y una sociedad hastiada que se lanza en manos de las propuestas del fascismo francés.

Los manifiestos públicos impulsados por militares hablando de desmoronamiento del país y la sombra de una guerra civil, o las amenazas a votantes de la izquierda han sido normalizados en el último tiempo por el gobierno conservador del presidente Emmanuel Macron, quien está favoreciendo esta atmósfera prefascista en Francia. Otro ejemplo del resurgir del fascismo al sur de Europa fue el ataque este mes pasado por un grupo ultraderechista a la sede principal de la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), el principal sindicato italiano. Se organizó en Roma una marcha que solicitaba la ilegalización de las organizaciones neofascistas, y sin embargo, algunas voces apuntaban que no es suficiente combatir esos grupos desde la institucionalidad solamente, ni siquiera en clave electoral, sino construyendo una nueva cultura antifascista acogida por toda la sociedad.

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