La escuela donde se quebró el silencio

El libro de un ex alumno del Instituto Vicente Pallotti sacó a luz la historia de abusos ocurridos durante décadas. Un ex director del colegio, cuyo hijo estudió allí y fue víctima de un docente, presentó el viernes pasado la denuncia en

“Te soy sincero, me gustaría que este libro lo escribas dando nombres y apellidos, no sugiriendo, porque no quiero que ninguno de estos crápulas quede amparado en el anonimato. Eso sí, tenemos que tomar un recaudo legal, para que no nos rompan el culo de nuevo.” Así comienza el tercer capítulo de La cacería del ángel, de Sebastián Di Silvestro, un libro que reúne conmovedores relatos de ex alumnos –hoy ya adultos de más de 30 años– de un colegio secundario católico del sur del conurbano bonaerense, que supo ser muy prestigioso, que revelan situaciones de abuso sexual y psicológico, contadas en primera persona, vividas en torno de la institución educativa. Un cura que fue rector, el encargado de la pastoral, un jefe de preceptores y docente de computación, y un profesor de historia son señalados como perpetradores de distintos tipos de abusos. Desde manoseos inapropiados hasta intentos de violación. La mayoría de las víctimas era adolescente en aquel entonces, uno de ellos ya había egresado. Los hechos ocurrieron en distintas épocas, entre las décadas del ’70, el ’80 y el ’90. Pero nunca llegaron a ser denunciados en la Justicia por vergüenza a hablar del tema, por temor a las represalias y a no ser creídas sus palabras. El viernes, el obispo de Lomas de Zamora, Jorge Rubén Lugones, recibió un ejemplar del libro. Di Silvestro se comprometió a no identificar el colegio al que pertenecían los perpetradores. Pero un ex director y ex docente de la institución, Carlos Zermoglio, le reveló a monseñor Lugones que se trata del Instituto Vicente Pallotti, de la localidad de Turdera, y le contó, a puertas cerradas, quién es quién en ese libro, en una audiencia que tuvo lugar en el Obispado.

Zermoglio se contactó con esta cronista y quiso hablar con este diario por la gravedad que revisten los hechos de que da cuenta el libro y porque varios de los señalados como abusadores todavía siguen rondando el colegio, aunque ya no están en funciones en la institución. Eso también le dijo a monseñor Lugones, según contó a Página/12. “El obispo se mostró como muy sorprendido y preocupado por lo que le contamos. Nos hizo la salvedad de que su injerencia es relativa en el colegio. Cada orden tiene cierta autonomía, aunque guarda la obligada subordinación a la estructura jerárquica de la Iglesia”, dijo Zermoglio al término del encuentro al que fue acompañado por un veterano pediatra de Almirante Brown, de una conocida familia de la zona muy comprometida con el activismo católico. Zermoglio tiene 70 años y creció en torno de la parroquia de los palotinos del barrio porteño de Parque Chacabuco, donde tomó la comunión. Es la rama alemana de la congregación, que es la que maneja el colegio de Turdera. La suya es una de las voces del libro. Habla como ex docente de la institución y como padre de una de las víctimas. Aparece con el pseudónimo de Cacho. En diálogo con este diario recordó que supo de los hechos relatados en La cacería del ángel recién cuando Di Silvestro se embarcó en la investigación y fue ubicando a las víctimas que dieron su testimonio, porque uno de los que habló –contó un episodio con el encargado de la pastoral del colegio– es Pablo, uno de sus seis hijos (ver aparte).

El libro

“Las historias me aparecen en 2004. Un amigo del colegio me cuenta sobre una situación de abuso que sufrió otro ex alumno cuando era adolescente. Y a partir de ese testimonio fuimos ubicando a otros ex alumnos que habían vivido otras situaciones con distintos referentes del colegio. Hice los reportajes y el primer manuscrito en ese momento, pero dejé el proyecto porque una hija mía se enfermó gravemente. Lo retomé años después. Recién lo pude publicar este año”, contó Di Silvestro. Es poeta, vive en Bariloche hace 22 años, donde tiene una pequeña imprenta. El libro comenzó a venderse en marzo en un puesto de diarios de Turdera, donde fue canillita, en avenida Antártida Argentina al 100–, y en dos librerías de la misma ciudad. Pero fundamentalmente se fue difundiendo de boca en boca. A partir de su publicación, el autor empezó a recibir correos electrónicos de otros ex alumnos que le relataron otros casos de abuso sufridos en torno a ese ámbito escolar.

El cura

“El caso mío es muy viejo. Sucedió en Pilolil, en una misión. Fue en el verano del ’76 (…). En esa ocasión éramos cuatro: el cura Blas, el cura Seryo, el flaco y yo. La misión consistía básicamente en repartir lo que habíamos llevado y actualizar el tema sacramental. Se celebraba mucha misa, se bautizaba a los que habían nacido durante el año y si había interesados se hacía algún casamiento. El paraje donde misionábamos era un lugar en medio de la nada. El primer vecino quedaba a cuatro kilómetros por caminos de montaña”, dice el relato de Ronco. Pilolil es un pueblo de la provincia de Neuquén. En ese escenario, mientras dormía dentro de una carpa, el cura-rector de la secundaria en la que él era alumno por entonces de uno de los últimos años, se le acercó y comenzó a abrirle la bolsa de dormir. “Estaba petrificado pensando que había un error –dice Ronco–. Lo estaba imaginando. No podía ser que me estuvieran poniendo en bolas. Dormía en calzoncillos y de repente sentí la mano de Seryo que me agarraba bien fuerte la pija. Bien fuerte me la agarraba. Como cuando se agarra algo con ganas. Fue como si me hubiera caído un rayo en medio de la mollera. Esto no puede ser. (…) El tipo que hace cinco años te viene enseñando a vivir. A pensar. A reflexionar. El tipo que te lleva de la mano por el tema religioso. Que se las da de amigo. De compañero. Es violentísimo. Es terrible. Se te caen todos los esquemas a la mierda. En el momento atiné a darme vuelta haciéndome el que dormía. Tosí un poco y me acomodé. Cuando insinué el movimiento el cura retiró la mano y se quedó en el molde. Despacio me fui subiendo el cierre. Me sentí destruido …”

El cura Seryo era el rector del instituto. En los días siguientes “me la pasé cagando. Vomitando y sin comer. Llegué a mi casa con diez kilos menos. No dormía. No comía. Un desastre. Durante el resto de la misión tuve que seguir durmiendo al lado del cura Seryo. Por suerte lo podía hablar con el flaco, que es como mi hermano, y me decía quedémonos en el molde. Si armamos quilombo no sabemos hasta dónde pueden llegar (…). Después estuve más de un año en el instituto. Realmente fue un año difícil porque no tenía con quién hablarlo. Solamente con el flaco. Sabíamos que estábamos en un nido de víboras porque eso no se le hace a un pibe. Si a vos te gusta el palo curtilo en otro lado. Pero los pibes no se tocan”. Este diario se contactó con Ronco, quien ratificó sus dichos en el libro.

El bulín

Al parecer, quienes son señalados como victimarios en el libro ya no están más en la escuela, según pudo averiguar este diario. Seryo en la década del ’90 se fue del colegio a Roma, luego regresó al país y desde entonces ocupó altos cargos dentro de la congregación. Llegó a ser el provincial. Un ex alumno que no brindó su testimonio en el libro recordó a este diario que, alrededor del 2003, después de que apareciera una pintada cerca de la escuela que decía que apoyaba “nenes”, renunció Zumbo, el preceptor y profesor de computación, señalado por un par de ex alumnos que hablan en el libro como quien intentó violarlos varios años antes. Rubio, el encargado de la pastoral, integrante de una conocida familia de Adrogué, cercana al Opus Dei, que se propasó con el hijo de Zarmoglio, también se alejó de la institución, a principios de este siglo, cuando empezaron a aparecer pintadas en las inmediaciones del instituto que lo vinculaban con la pedofilia. Seguiría, de todas formas, vinculado a la organización de campamentos para jóvenes. Durante muchos años, Rubio fue uno de los organizadores de la semana de la juventud que se realizaba –y se sigue haciendo– en septiembre en torno del colegio y en la que participaban alumnos y alumnas de distintas escuelas de la zona. En la misma manzana del instituto está la iglesia, frente a la plaza de Turdera. Al lado de la iglesia, por muchos años funcionó la casa de la juventud, en el libro se la nombra como “casa del ángel”, por la escultura de un ángel que adorna su entrada. Una foto de ese ángel ilustra la tapa de La cacería del ángel. Ahí, cuenta Otto –otro ex alumno entrevistado para el libro–, Rubio y Zumbo “tenían cada uno un bulín”. Hoy ese lugar se llama Academia Pastorcitos de Fátima y se dictan diversos cursos. Está ubicado sobre la calle Padre Bruno. El ángel sigue custodiando la entrada.

El preceptor

“A Zumbo lo conocí en el primer campamento”, dice en el libro Crosty, otro ex alumno, hermano de Otto. Tenía por entonces 14 o 15 años. “Parecía un tipo macanudo aunque de movida no lo traté mucho (…) En diciembre del ‘92 (…) empecé a pasar más tiempo con Zumbo. Fue progresivo. Preparábamos café, charlábamos un rato (…) al tiempo le empecé a hablar de los problemas que tenía en mi casa (…) No me acuerdo bien cómo, pero de repente le estaba contando que no tenía mucha relación con mi viejo y que quería tener el pelo largo. En un momento tuve la idea de ponerme un arito y Zumbo empezó a decirme que era cosa de putos. En ese entonces le prestaba mucha más atención a él que a mi viejo. Con la única persona mayor con la que hablaba era con Zumbo. Así llegaron las jornadas (de la juventud, SEJU) del ’93. Pero no me pude anotar porque se anotó mi hermano Otto. En mi casa había poca guita y la inscripción no era barata. Entonces para poder participar de la movida me la pasaba en la casa del ángel. Jorge (un amigo) se quedaba a dormir ahí para estar desde temprano en las jornadas y un día me invitó a quedarme. Yo dije ‘joya’. Realmente estaba fenómeno. Te quedabas ahí y te levantabas a dos pasos de donde se juntaban las tribus. La habitación de Zumbo era la última del pasillo de arriba. Como Jorge me había invitado supuse que íbamos a dormir juntos. Pero resulta que Jorge se fue a dormir con Zumbo y a mí me mandaron a la pieza de al lado. Dije ‘qué raro’. Creí que íbamos a dormir en la misma pieza para cagarnos de risa. De todos modos me metí en la habitación y me acosté. Me acosté en una cama marinera que estaba pegada a la pared que daba al cuarto de Zumbo. Y como estaba embolado me dormí enseguida. Pero en algún momento empecé a escuchar gemidos. Dije ‘no puede ser’. Estoy imaginando. Y como los gemidos me perturbaban me tapé la cabeza con la almohada. No lo podía creer (…) El fin de semana siguiente estábamos en medio de las jornadas y Zumbo me preguntó si me quería quedar a dormir de nuevo. Le pregunté si se quedaba Jorge y como me dijo que sí le dije Bueno. Pero al rato vino Jorge y me dijo que la mamá no lo dejaba (…) Creí que iba a dormir en la pieza donde había dormido el fin de semana anterior. Pero cuando llegó la hora de acostarnos Zumbo me dijo ‘vamos a mi habitación’. Desde ese momento el asunto me pareció raro. Muchas veces quise irme a mi casa. Pero me quedé. Eran como las once de la noche cuando nos fuimos a dormir. Zumbo cerró la puerta con llave. Me acosté en una cama desplegable cerca de la suya y a eso de las doce el tipo empezó a llamarme. No le respondí inmediatamente. Me quedé callado. (…) No recuerdo sobre qué se puso a hablar pero en un momento dado me dijo ‘vení. Vení acá conmigo’. La verdad es que no entendía nada y en ese instante sentí miedo. El tipo siempre tenía una postura agresiva. Decía que a los putos y a los negros había que matarlos. Tenía un arma y todo el tiempo estaba jugando con ella como diciendo ‘tené cuidado con quién te estás metiendo’. (…) Habré ido por miedo. Por reacción a ese miedo. No sé porque fui. Fui hasta su cama y Zumbo me hizo acostar a su lado (…) Cuando sentí su mano me agarró un escalofrío terrible. Pensé ‘no puede ser que me esté pasando esto’. Entonces me hizo su famosa pregunta. Me dijo ‘¿Vos sabés que entre los amigos se dan todo, no? ¿Vos te considerás mi amigo?’ Cuando le dije que sí, metió su mano adentro de mi calzoncillo y empezó a tocarme el culo. Mientras tanto me seguía diciendo ‘entre los amigos se dan todo y lo que voy a hacer ahora es para cobrarme los favores que me debés’. La mente se me puso en blanco. Creía que estaba teniendo una pesadilla. Me acuerdo que pensaba ‘estoy al lado de la iglesia. No me puede estar pasando esto. Al lado de la iglesia. En la casa del ángel que es parte de la iglesia’. En una de esas el tipo sacó su pija y empezó a frotarla contra mi culo…” Crosty cuenta que Zumbo intentó penetrarlo analmente. “Y ahí reaccioné. Dije ‘¡No! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!’ Aunque mi mente estaba en blanco empecé a actuar. Empecé a hacer como que me dolía. ‘¡Por favor basta! ¡Basta!’ Entonces Zumbo me dijo ‘bueno. Quedate tranquilo. Volvé a tu cama que después la seguimos’.”

Di Silvestro, el autor del libro, posa para el fotógrafo. Hay varias tomas. Pide si puede salir la foto que finalmente acompaña esta nota, donde se lo ve mirando fijo a la cámara: “Quiero mirarlos a la cara a estos tipos –por los victimarios– y esta es la foto donde siento expresada esta intención”.

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