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La Compañía, al rescate de una Iglesia romana con pies de barro

La elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como Papa vuelve a servir de excusa para que dentro y fuera de la Iglesia católica se analice su situación y traten de buscarse movimientos revolucionarios en una maquinaria vaticana cómoda en su anquilosamiento. La elección del cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice de la Iglesia de Roma es considerada por muchos como un movimiento de calado en una institución que no necesita de enemigos exteriores, ya que su propia trayectoria es la que la ahoga. Al nuevo Papa se le encomienda que trate de rescatarla de intrigas sin cambios radicales.

Al sucesor de Benedicto XVI le han dejado un auténtico papelón, no ya por los retos que tenga que enfrentar para que la Iglesia de Roma no pierda peso en el contexto mundial, sino por las propias intrigas que la consumen mientras no se mueve ni un milímetro de su dogma anclado en el medievo. Que nadie espere cambios radicales en materias como el papel de la mujer en la institución y sus derechos, su democratización, o que se sitúe codo con codo con los más desfavorecidos, por mucho que se le alinee al lado de los pobres.

El papado de Francisco se perfila como un antídoto conservador que busca sanear la jerarquía vaticana, aquella ante la que sucumbió el tan temido en otros tiempos Joseph Ratzinger. Aunque es bien sabido que los jesuitas, al aceptar cargos eclesiásticos, aparcan sus votos, la impronta de la Compañía de Jesús impregnará muchas de las decisiones que deba adoptar el 266º sucesor de Pedro. El provincial de Loiola, Juan José Etxeberria, apunta a que al ser el primer Papa jesuita de la historia, resulta «una incógnita» la influencia que puede tener.

«Todos los jesuitas compartimos un cierto carácter, una vocación al servicio que nos une más allá de nuestra diversidad. En este caso además, se trata de un hombre -resalta Etxeberria- de una hondura espiritual que se trasluce en todo lo que hace y dice». Quien será cabeza visible de la Compañía en Hego Euskal Herria hasta 2014, insiste en que de Bergoglio se destacan cualidades como la «sencillez, frugalidad, austeridad, cercanía hacia los pobres. Son aspectos que han llenado de ilusión a los creyentes de todo el mundo».

«Rehuir los cargos eclesiásticos, es algo que forma parte de la vocación jesuita. Entre los votos que hacemos -comenta-, tenemos uno en el que nos comprometemos a evitar obtener estos nombramientos, si bien en caso de que lo pida la Iglesia siempre se obedece y se aceptan. El motivo de este voto es evitar puestos que implican estabilidad». El provincial vasco apostilla que su razón de ser es que «hemos de estar disponibles para ir a cualquier parte del mundo en cualquier momento. Además, Ignacio expresamente quiso que los jesuitas huyeran de las ambiciones y de los puestos de relevancia».

Desde su fundación por Ignacio de Loiola en 1540, la Compañía ha mantenido su «independencia» de la estructura eclesial, aunque bien es cierto que sus miembros siempre han estado en primera línea. Varias personalidades de la historia reciente del catolicismo lo eran. «La Iglesia encomienda a los jesuitas una labor en las fronteras de nuestro mundo. Y cuando hablamos de fronteras -aclara el joven provincial- nos referimos a las fronteras geográficas, pero también a las fronteras sociales, y a las fronteras del diálogo con otras religiones y con el mundo contemporáneo. Es una tarea muchas veces difícil y arriesgada, porque es en las fronteras donde mayor riesgo hay de equivocarse».

Ese papel es el que ha llevado a muchos a hacer una interpretación errónea del carácter de los jesuitas como «rebeldes». No son pocos los teólogos que han sido perseguidos por la Congregación para la Doctrina de la Fe, sin olvidar que durante el dilatado papado de Karol Wojty a se vieron abocados al ostracismo cuando no a la humillación que padeció su general Pedro Arrupe en 1981, o la persecución a los que abrazaron la Teología de la Liberación.

Eran los tiempos en que desde Roma se ayudaba con toda profusión de medios a movimientos neoconservadores y ultras como el Camino Neocatecumenal, de Kiko Argüello; Comunión y Liberación, al que está vinculado uno de los grandes perdedores del último cónclave, el arzobispo de Milan Angelo Scola; o los Legionarios de Cristo, del mexicano Marcial Meciel.

Cuando el ahora Papa emérito llevaba tres años portando el anillo del Pescador, en 2008, acudió a la última Congregación General de la Compañía, donde confirmó la misión encomendada a los jesuitas. Tal mandato, transcurrido el tiempo y vista la evolución de los acontecimientos, resulta profético por parte del alemán, como también lo fue su visita a los reliquias del anterior vicario de Cristo que renunció al papado, Celestino V.

Ahora, un cardenal argentino salido de las filas de la Compañía de Jesús, de perfil conservador, está llamado a renovar la maltrecha Iglesia, empezando por una Curia salpicada por el escándalo “Vatileaks'', el Banco Vaticano y los repetidos casos de pederastia. En esta tarea no habrá que perder de vista si Bergoglio, atiendiendo a sus raíces jesuíticas, otorga mayor relevancia a los laicos en detrimento de la curia y órdenes religiosas pero sin ensalzar a los movimientos ultras. «San Ignacio -manifiesta el provincial vasco- inspiró a los jesuitas una sensibilidad fundamental por el servicio a la Iglesia y a su edificación espiritual».

Respecto a que sea el primer Papa latinoamericano, Juan José Etxeberria estima que puede llevar «a que la Iglesia mire a regiones que aportan una sensibilidad nueva con la que el catolicismo puede inspirarse para afrontar las encrucijadas del mundo actual». «El Cónclave nos ha dejado al Papa que la Iglesia necesita y los análisis de la elección en términos geopolíticos resultan artificiosos. Ahora bien, indudablemente el hecho de que estemos ante el primer Papa latinoamericano, un continente tan importante para el catolicismo actual, es una bella muestra de la universalidad de la Iglesia», subraya.

La relación del nuevo Papa con la cuna del fundador de la Companía es efímera. «Algunos jesuitas recuerdan con cariño una visita que Bergoglio realizó al santuario de Loiola a principios de los setenta, siendo provincial de los jesuitas de Argentina. Se mostró muy cercano con todos», añade Etxebarria.

Desde Loiola no renuncian a una próxima visita del pontífice, aunque no lo ven sencillo. «Sería sin duda algo maravilloso para todos. Pero lo fundamental ahora es que en Loiola como en el resto del mundo, los creyentes recemos por nuestro Papa Francisco y por la tarea que tiene ante sí para toda la Iglesia», señala el tolosarra.

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