Ken Loach: »El sistema ha sustituido la justicia por la caridad»

Kean Loach regresa a sus 80 años más combativo que nunca con ‘Yo, Daniel Blake’, la última Palma de Oro que se estrena este viernes y se empeña en demostrar la perversidad de una democracia, la nuestra, entregada a culpabilizar a las víctimas de su situación.

En 1966, Ken Loach rodaba para la televisión una película que rápidamente sus compatriotas colocaron entre lo mejor que habían visto en su vida. Lo más conmovedor, por emocionante, y, ya puestos, por reflejar con pulcritud la herida de una sociedad enferma. A la vuelta del segundo milenio, una encuesta pública colocó la cinta en lo más alto de una lista que quería abarcar toda la historia de la tele británica. Cathy come home, así se tituló, es ya un clásico que habla de gente sin hogar, de los desheredados de un mundo esencialmente injusto. Pues bien, han pasado 50 años y su director nos ha entregado entre tanto una filmografía perfecta construida entre las grietas de un sistema que, admitámoslo, se desmorona.

Ahora, este mismo viernes, regresa con Yo, Daniel Blake y se diría que nada se ha movido del sitio. A sus 80 años, Ken Loach sigue siendo él. Y lo es con una claridad y empeño que más que soportar la prueba del tiempo, lo construye, le da sentido. Con esta historia de un hombre atrapado en el laberinto de la ineficacia de los servicios sociales, el director conquistó en mayo su segunda Palma de Oro. Y todo en un intento de demostrar la acritud de un mundo, el de Loach y el nuestro, que hace tiempo sustituyó la justicia por la caridad. Y para disimular o curar la mala conciencia, inventó la burocracia; una complicada herramienta de cálculo social que básicamente sirve para «recordar a los humillados que la culpa es suya», dice el director. El liberalismo mal entendido puede ser perverso. Y Loach está ahí para recordárnoslo.

Es imposible ver esta película sin acordarse de Cathy come home. ¿Qué ha pasado todo este tiempo para que dé la impresión de que nada ha cambiado?
En realidad, las cosas no es están igual. No sólo no hemos avanzado sino que hemos retrocedido. Estamos mucho peor. Si miramos la historia del capitalismo reciente, hemos pasado de una aparente normalidad de pleno empleo en los años 60, que parecía para siempre, a una crisis global de alcance aún incierto. Todas las pequeñas y medianas empresas han sido absorbidas por grandes corporaciones cuya forma de crecimiento se acerca bastante a la explotación por medio de subempleos. Ésa es la forma de competir entre ellas.
¿El gran problema entonces sería la desigualdad?
No sólo. Lo curioso es que el sistema se las ha arreglado para responsabilizar a los pobres de su pobreza. Y les ha persuadido de ello. Lejos de considerarlos y tratarlos como víctimas, les culpa del desastre. Eso, creo, es su gran y perverso éxito. De eso se encarga la burocracia asistencial que se ha construido. Todo es un obstáculo, todo es una humillación… La dignidad ha dejado de ser un derecho. No es un accidente, es la propia esencia del sistema.
Tal y como es retratada en su película, la Seguridad Social británica es una estafa.
Lo es. Si el sistema de prestaciones sociales está tan burocratizado es para que la gente que recurre a él quede atrapada en el laberinto de papeleo.
¿Parece una estrategia para ahorrar dinero?
También hay un elemento ideológico. Según el proyecto neoliberal la mano de obra debe ser vulnerable, porque así aceptará salarios bajos, contratos basura y trabajos temporales. Y para que el trabajador siga siendo vulnerable hay que hacerle creer que tiene lo que merece. Porque si la culpa fuera del sistema habría que cambiarlo, y eso no interesa. La burocracia es increíblemente eficaz en su ineficiencia.
Lo que dibuja es una quiebra total del propio sistema democrático…
Sí, así es. El Brexit, por ejemplo, no ha ocurrido por casualidad. No ha sido un accidente. Tras la Segunda Guerra Mundial había una conciencia de que para salir adelante había que trabajar juntos. Todos los avances sociales, incluida la sanidad o la enseñanza pública, nacieron entonces. Había una conciencia de que éramos un equipo. Dependíamos unos de otros. En las últimas décadas, con la llegada de Thatcher, se impuso la idea del individuo frente a la colectividad. Y eso ha acabado por condenar a la democracia.
Su diagnóstico es muy pesimista…
Veo, sin embargo, que algo está cambiando. Creo que movimientos como Syriza en Grecia, o Podemos en España, o Bernie Sanders en Estados Unidos, o James Corbyn en el Reino Unido son, independientemente de todo, una respuesta y un síntoma de que se pueden y se deben hacer las cosas de otro modo.
¿Cómo se ve España desde Inglaterra?
No puedo hablar en detalle, pero lo que más llama la atención al lado del desastre provocado por las políticas de Rajoy, es la incapacidad de la izquierda para ponerse de acuerdo. Lo más duro es contemplar cómo la única reacción del partido socialista consiste en atacar a la izquierda. Es muy triste. La situación, por otro lado, es muy parecida a la nuestra. Y todo se podría resumir en que el interés de los negocios y de las finanzas se ha puesto por delante del interés de la gente. Todo muy familiar.
¿Qué se puede y debe hacer en su opinión?
Es fácil de decir, quizá no tanto de hacer. Hay que organizarse y mantenerse fiel a los principios. No retroceder. Mantenerse juntos.
¿Cómo ve el futuro de Europa sin Reino Unido?
Europa tiene que cambiar y dejar de ser exclusivamente un proyecto neoliberal para convertirse en una fuerza de cambio y solidaridad.
¿Es el cine el medio más poderoso para entender y, llegado el caso, cambiar el mundo?
No lo sé. Llevo demasiado tiempo preguntándomelo. El medio, en cualquier caso, es neutral. Puede servir de hecho para una cosa y su contrario. Basta ver la labor que hace toda la industria de Hollywood. El cine también es un arma muy reaccionaria. Depende tanto del tipo de cine que se hace como de la actitud del público al verlo. Con el mismo bolígrafo se puede escribir vulgar propaganda o la poesía más excelsa.
Originalmente, ningún arte como el cine se mostró más poderoso para acercarse a la realidad y hasta cambiar las conciencias…
Hay un cine que es un bien de consumo, una mercancía… Imagino que vale el ejemplo de la comida. Sirve para alimentarnos, pero también puede ser una simple hamburguesa de McDonald’s, algo fabricado para ser barato. No me queda claro que pueda ser considerada comida. Y lo mismo pasa en el cine.
Hay gente convencida de que las nuevas tecnologías han cambiado el cine para siempre. ¿Se siente concernido?
No creo que se refiera a mi teléfono móvil [Se ríe]. El cine trata de la vida y eso no puede cambiar. A mí personalmente lo único que me sigue importando es contar historias. Lo básico no ha cambiado.
Hace unos años se especulaba sobre si Loach se retiraba o no y ahora gana una Palma de Oro…
Es un nuevo comienzo [se ríe]. No, la verdad es que no pensamos siquiera en ir a Cannes. Esta es una película muy pequeña sobre dos personas y rodada en cinco semanas. Muchas veces trabajas en algo durante años y no va a ningún lado. Esta vez ha sido lo contrario. La gente ha sentido rápidamente la conexión.
Paul Laverty [el guionista de la películas] decía no hace tanto que con elBrexit y con todo lo que sucede, ahora es más urgente que nunca hacer cine…
La situación nunca ha sido tan alarmante. Todo el sistema de asistencia social se derrumba. Cada uno tiene que hacer lo que pueda para cambiar esto y yo lo que sé hace es cine.
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