Justicia divina para el adúltero indonesio promotor de castigar el adulterio con latigazos

Mukhlis bin Muhammad se duele al encajar un latigazo de la policía de la sharia en la ciudad indonesia de Banda Aceh tras ser sorprendido cometiendo adulterio.  / CHAIDEER MAHYUDDIN (AFP)

El entusiasta impulsor de castigar la infidelidad con azotes ha visto cómo caía sobre él todo el peso de su ley

Mukhlis bin Muhammad encajó 28 golpes tras ser sorprendido por la policía en una aventura extraconyugal

Una pareja frotándose en el coche y arrumbada por el eco de las olas. La escena no es infrecuente en el mundo. Lo es más en Banda Aceh, la región indonesia de islamismo más recalcitrante. Más si hablamos de una aventura extramarital. Y más aún si en el coche está el entusiasta impulsor de castigar el adulterio con azotes. Sobre Mukhlis bin Muhammad cayó este jueves todo el peso de su ley. En 28 ocasiones. Justicia divina.

La vida de Mukhlis descarriló aquella noche de septiembre en que fue descubierto por la policía en la playa de Ulee Lheu. Formaba parte del Consejo de Ulemas de Aceh (MPU por sus siglas en indonesio), el poderoso órgano religioso al que consulta el Gobierno local las cuestiones legislativas. Un tribunal le condenó a él y la mujer, ambos casados, por vulnerar el Qanun Jinayat o código criminal islámico. Mukhlis es el primer líder clerical condenado desde que la sharia fuera implantada en Aceh dos décadas atrás. El MPU le ha cesado por razones obvias y, mancillada ya sin remedio la reputación ejemplar, el gobierno se ha esforzado en subrayar el aspecto democrático. “Es la ley de Dios, todos serán azotados si la violan. Da igual que sea un ulema, un imán o un ciudadano ordinario, no hacemos distinciones”, ha aclarado el funcionario provincial Husaini Wahab.

Liturgia del castigo

La ceremonia fue ejecutada el jueves de acuerdo a la liturgia, sobre una plataforma en un lugar público. Las imágenes muestran a Mukhlis con sus ropajes blancos acercándose con las manos cubriéndose el rostro y recibiendo los 28 azotes ante decenas de espectadores. El funcionario lleva la capucha negra que impide su identificación y utiliza una vara de ratán, similar al mimbre. Después sube la mujer, castigada con 23 azotes. A ambos se les perdonaron un par de ellos por el mes de prisión cumplida. Y aún una universitaria  de 18 años condenada por un acto impúdico no aclarado con un joven que escapó del castigo por su minoría de edad.

“Pidamos a Dios que perdone a todos los que han sido castigados hoy. Protejámonos a nosotros mismos evitando estar solos sin la compañía de un familiar”, afirmó Aminullah Usman, alcalde de Banda Aceh.

Escarnio

No escasean los caminos hacia la vara. El adulterio, la homosexualidad, las apuestas, el robo, el consumo, producción o distribución de alcohol… Las periódicas ceremonias son atendidas por centenares de personas, muchas grabando el espectáculo con el móvil, y niños a pesar de que la ley se lo prohíbe. Las organizaciones de derechos humanos aclaran que al dolor físico se suma el escarnio público. El exgobernador de Aceh, Irwandi Sufu, propuso el pasado año trasladar las ejecuciones al interior de las prisiones. No le movía la compasión con los reos sino la indignación global e islamofobia que generan los espectáculos. La propuesta bregó contra la opinión pública y cuestiones técnicas hasta que sucumbió por la detención de Irwandi. Hoy cumple ocho años de cárcel por corrupción.

Indonesia, con 260 millones de habitantes, es el país con mayor población musulmana. Ha sido presentado durante décadas como un ejemplo de convivencia religiosa y de que Islam y democracia también mezclan. La mayoría profesa un Islam moderado pero en los últimos años los extremistas han ganado terreno. Banda Aceh es su bastión. Yakarta permitió que se autoregulara a cambio de finiquitar décadas de tensiones independentistas y en el 2000 entró en vigor la sharia con ámbito universal: se aplica a musulmanes, no musulmanes y al adúltero Mukhlis.

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