Iniciativa Laicista 6: Laicismo y religión,…

EDITORIAL por Carlos Leiva Villagrán

El Papa ha optado por renunciar no sólo al cargo de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, sino a una tradición más que centenaria que le imponía permanecer en él, aún en los casos de la más absoluta imposibilidad física. Benedicto XVI está lejos de estar imposibilitado, como fue el caso por ejemplo Juan Pablo II en sus últimos años, y su partida responde a situaciones que tienen que ver más con la administración de la Iglesia que son su debilidad senil.

La institución del Papado constituye una base fundamental para la Iglesia Católica y para su influencia en el mundo, en especial desde que a ella le ha sido reconocido el status de Estado. En este contexto, el Papa es el Primado de la Iglesia y, al mismo tiempo, el Jefe de Estado Vaticano, lo cual establece una relación política ipso facto con la Iglesia en aquellos Estados que, como el caso de Chile, mantienen relaciones diplomáticas con el Vaticano.

La abdicación de Benedicto representa un hecho inédito en la historia moderna, cuyo mayor significado público es que la máxima autoridad pontificia se ha visto obligada a sacrificar la aparente sacralidad del cargo y transformarlo en mundano a los ojos de sus fieles. Esto puede tener una importante repercusión negativa a largo plazo en la fe de los católicos, fe que, como es sabido, no consiste en una relación directa con la divinidad sino que se realiza necesariamente por mediación de la Iglesia Católica. No basta la fe, es necesario cumplir con los preceptos y mandamientos de la Iglesia.

El sacrificio de la sacralidad del cargo, del que el Papa debe haber estado absolutamente consciente, es probablemente un signo de la extrema tensión en las luchas internas de poder del Vaticano, que la Curia romana y sus corifeos por todo el orbe se empeñan obstinadamente en desmentir.

Se exagera, sin embargo, en atribuir mayor significado público a la renuncia. Se exageran las diferencias entre un Papa y otro, como si en ello pudiera radicar un cambio significativo en la Iglesia, cambio que desde la perspectiva laicista tendría que ser, necesariamente, la abstención de la injerencia de la Iglesia en las decisiones públicas de los pueblos, partiendo por la disolución del Estado Vaticano o por el término de su pretensión de establecer relaciones políticas con los Estados del mundo.

Por cierto que ello no va a ocurrir. La Iglesia Católica es, esencialmente, un poder económico y político, que subordina la fe al posicionamiento en dichos dominios en todo el mundo. La renuncia de Benedicto XVI es una clara muestra de ello. El Papa, sobrepasado por las fuerzas en pugna por el poder vaticano, aislado y desprovisto de todo poder efectivo por la Curia, y avizorando un inminente quiebre al interior de la Institución, ha optado por arriesgar la sacralidad con que millones de fieles durante siglos han apreciado la institucionalidad papal, para dar paso a una reconfiguración de las fuerzas que sostienen el poder económico y político de la Iglesia en el mundo, poder unitario que ya Benedicto XVI, más débil política que físicamente, no podía garantizar.

SUMARIO

Para acceder a todos los artículos pulse aquí: Iniciativa Laicista, 6

La abdicación de Ratzinger

Recomendaciones de la sociedad civil para la cumbre UE CELAC sobre violencia contra las mujeres.

El feminismo contemporáneo.

El laicismo no se opone a las religiones.

Una mirada al laicismo desde el creyente laico.

El reconocimiento de Palestina en la ONU

La Iglesia Católica contra el fantasma de Galileo.

Poemas a mano alzada

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...