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Indignación selectiva: Parrillada, Iglesia, fanatismo

Escándalo por unas costillas pero silencio ante las barbaridades de la Iglesia: el doble rasero de siempre sigue vigente.

El mismo viernes santo en el que la cupaire Mireia Boya cometía la terrible ofensa de colgar un vídeo de una parrillada de carne, el obispo de Solsona calificaba el aborto como “el peor genocidio de la humanidad”. La simultaneidad de los dos hechos sirve para evidenciar el contraste de reacciones: mientras las imágenes de Boya levantaron una inquietante polvareda, las invectivas fanáticas del obispo quedaron enterrradas en medio de una curiosa indiferencia. Puede ser que, efectivamente, el ejército de ofendidos que no soportan ver según qué día un plato de carne no sean ni conscientes que el atropello opera precisamente y desde hace siglos en la dirección contraria: porque son los creyentes los que tienden a mancillar los derechos de los laicos, agnósticos o ateos, con su invasiva presunción de religiosidad en hospitales, entierros, bodas y todo tipo de actos que la Iglesia intenta apropiarse todos sabemos cómo.

Aunque lo peor de este asunto no es la forma sino el fondo: el linchamiento de Boya por el video es el reverso de la moneda del sistemático ocultamiento de los privilegios y delitos de la Iglesia, rebajados o incluso escondidos por algunos de los que de repente se ponen estupendos por una simple parrillada. Porque si de ofensas se trata, vayamos pues hasta el fondo, e igual el mismo obispo que confunde el aborto con un genocidio podría dignarse a condenar los párrocos que abusaron de ocho menores de edad hace 50 años en su propia diócesis. Y a los que tanto se ofenden con el cordero cupaire quizás deberían saber que lo que sí es ofensivo, o mejor dicho hiriente, es que los 43 niños abusados por los Maristas o los nueve por el hermano Soler en Montserrat o tantos otros aquí y en todo el mundo todavía esperan una mínima justicia en un asunto, el de la pederastia eclesiástica, propio de una organización criminal. Que, en este contexto, lo que cause el escándalo sean las cuatro costillitas a la brasa demuestra que la iglesia sigue convenientemente protegida, y si hace falta tapada, como si no pasara el tiempo.

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