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Homofobia, capitalismo y extrema derecha: ¿punitivismo o movilización?

Si tocan a una, nos movilizamos miles. No se trata solo un lema para una pancarta. Cada vez aparece más como una vía necesaria y urgente para dar una respuesta contundente frente a las acciones de una extrema derecha envalentonada.

Arrancamos el verano con la noticia del asesinato de Samuel y lo cerramos con la movilización homófoba y racista de un grupo de fachas en Chueca. Días antes, la extrema derecha –Vox– instrumentalizaba el caso Malasaña contra el movimiento LGTBI. “La homofobia está en la cabeza de la izquierda”, provocaba Isabel Díaz Ayuso, casi sobrepasando a Abascal por la derecha, desde la Asamblea de Madrid. Y no se quedaba sola, los infaltables muchachos rojipardos salieron al ruedo con argumentos similares.

Detrás de tanto humo, la realidad es que las agresiones por orientación sexual o contra el colectivo LGTBI han aumentado hasta un 43% solo en el primer semestre del año. Un fenómeno que no es ajeno a países como Francia, Hungría, Brasil o Argentina –sin mencionar los casi 70 países donde pertenecer al colectivo LGTBI puede ser castigado penalmente. La pregunta que surge entonces es por qué persisten estos niveles de LGTBIfobia incluso en lugares que han estado a la vanguardia en la aprobación de leyes como el matrimonio igualitario o de implementar regulaciones contra los delitos de odio. Expresiones recurrentes de violencia hacia la comunidad LGTBI que rompen aquella ilusión (neoliberal) de una escalera ascendente hacia la igualdad bajo el paraguas de las democracias liberales. Muestran, en cambio, que se trata de un fenómeno profundo, estructural, inscrito en dinámicas propias de un sistema capitalista heteropatriarcal que normativiza los cuerpos y los deseos.

La cuestión no escapa al fenómeno emergente de la extrema derecha en gran parte del globo, que acompaña el regreso de discursos reaccionarios, racistas, antigénero, identitarios y esencialistas acerca de la sexualidad y la familia. Narrativas acerca de lo que son las mujeres y los hombres que penalizan a todes aquelles que cruzan o dinamitan las fronteras establecidas. Una deriva en la cual la extrema derecha lleva el timón de mando, pero donde no faltan complicidades por parte de cierto feminismo conservador y una izquierda estalinista nostálgica de las jerarquías del pasado.

Tal como venimos debatiendo hace tiempo también en el movimiento feminista, el punitivismo solo consigue fortalecer los aparatos represivos del Estado capitalista

Frente a estos fenómenos aberrantes, ¿qué hacer? Muchas voces han apuntado ya que la manifestación neonazi de Madrid fue autorizada por la misma delegación de Gobierno que prohibió manifestaciones del movimiento de mujeres o de la izquierda. Comparto la indignación –en mi caso, el pasado 8M fui rodeada junto a otra compañera por una veintena de policías con el objetivo de intimidarnos e identificarnos como supuestas organizadoras de una “marcha ilegal”. Sin embargo, esto no debería hacernos caer en la trampa de llamar a que sea este mismo Estado, su justicia y su policía, los que pongan freno a las acciones de la extrema derecha.

Desde la izquierda institucional y algunos sectores del movimiento LGTBI se prioriza la vía punitivista, proponiendo la tipificación de nuevos “crímenes de odio” en el Código Penal. Pero, tal como venimos debatiendo hace tiempo también en el movimiento feminista, el punitivismo solo consigue fortalecer los aparatos represivos del Estado capitalista. Mecanismos que, más rápido de lo que suele creerse, se descargan sobre los sectores oprimides, migrantes, pobres y jóvenes. Romper con la lógica punitivista implica también salir de una dinámica victimizante que anula la capacidad de transformación colectiva, que limita las posibilidades de resistencia al terreno individual o que delega en el Estado capitalista cualquier posible solución. Como señala acertadamente la filósofa Wendy Brown, la fijación de las identidades en el agravio individual tiene como contracara la entronización del poder de un Estado todopoderoso para paliar las afrentas.

“Si tocan a una, nos movilizamos miles”

En su libro Racismo, clase y el paria racializado (Katakrak, 2021), Satnam Virdee recupera las experiencias de los grupos antirracistas y la izquierda británica que se enfrentaron en las calles a las incursiones de los grupos de la extrema derecha a fines de los años 70 del siglo XX. El Frente Nacional tenía como referente a John Enoch Powell, el político conservador que se hizo conocido por su discurso Rivers of Blood (Ríos de sangre) donde llamaba a una cruzada contra la inmigración. La extrema derecha combinaba la intervención electoral con acciones “ultras” que incluían “intentos de marcar y reclamar territorio que consideraban que se había cedido a minorías racializadas, recurriendo para ello a grafitis estratégicamente situados, a la violencia arbitraria y, cada vez con más frecuencia, a organizar marchas a zonas con diversidad étnica”. En el verano de 1976 varios jóvenes de origen asiático fueron apuñalados por grupos de jóvenes blancos. En este contexto, sectores de la izquierda anticapitalista y grupos antirracistas comenzaron a organizar la respuesta. Desde grandes eventos culturales como Rock Against Racism ligado al movimiento punk y al reggae hasta acciones callejeras, contramanifestaciones y bloqueos a las marchas de la derecha. Cuando el 13 de agosto de 1977, 800 miembros del Frente Nacional intentaron marchar por el barrio de Lewisham, en Londres, se encontraron con una contramanifestación de 5.000 personas que se lo impidió. Como suele ocurrir, la policía estaba allí para garantizar la marcha neonazi y hubo represión. Sin embargo “a pesar de que un tercio de la policía londinense estaba de servicio ese día y de que se usaron por primera vez escudos antidisturbios en territorio británico no colonial, no consiguieron hacer posible la marcha del Frente Nacional por Lewisham”.

Cuando el 13 de agosto de 1977, 800 miembros del Frente Nacional intentaron marchar por el barrio de Lewisham, en Londres, se encontraron con una contramanifestación de 5.000 personas que se lo impidió

Si tocan a una, nos movilizamos miles. No se trata solo un lema para una pancarta. Cada vez aparece más como una vía necesaria y urgente para dar una respuesta contundente frente a las acciones de una extrema derecha envalentonada. Claro que la acción directa de este tipo contra grupos fachos no soluciona el problema de fondo, pero puede permitir ganar autoconfianza, desmoralizar a los contrarios, empezar a oponer una fuerza mejor organizada. Más que exigir al Estado que penalice, podríamos unir voces para exigir a los sindicatos que se movilicen junto a los movimientos sociales, contra la homofobia y el racismo, mediante acciones masivas y contundentes que opongan a las fuerzas reaccionarias de la extrema derecha toda la fuerza de una clase trabajadora diversa.

La sexualización de la política y la extrema derecha

El sociólogo francés Éric Fassin introdujo el concepto de democracia sexual para referirse al proceso que llevó de la politización del sexo a la ubicación de las cuestiones sexuales en un lugar central en el debate público en las últimas décadas. Ante la progresiva desnaturalización del género, las instituciones religiosas y conservadoras reaccionan con virulencia, ya que se pone en cuestión uno de sus fundamentos. Sin embargo, estas democracias liberales sexualizadas se tocan mucho con el imperialismo sexual y con el racismo sexual, utilizando la idea de la igualdad de las mujeres para justificar ocupaciones militares y políticas restrictivas de la migración. Al decir de Fassin: “La democracia sexual se ha convertido en el arma occidental predilecta para involucrarse en el choque de civilizaciones”.

En este marco, no sorprende que las corrientes de la extrema derecha sexualicen también las políticas de odio y el resentimiento. La cruzada “antigénero” para salvaguardar la familia tradicional define enemigos claros: las personas migrantes, el movimiento feminista y todos aquellos cuya expresión de una sexualidad disidente amenaza la posibilidad de recuperar el viejo orden. En la extrema derecha esto se expresa de variadas formas, desde la homofobia abierta a la cruzada contra el derecho al aborto.

La homofobia, el racismo y la violencia machista forman parte del ADN de un sistema que recrea desigualdades y entabla verdaderas guerras de clase para garantizar la explotación diaria de millones de seres humanos. La extrema derecha pone sobre la mesa estas contradicciones de forma brutal, pero su presencia en el escenario político no debería hacernos perder de vista al resto de los actores sociales y políticos que son parte de este mismo entramado, ya sea en su versión de derechas clásicas o liberalismos progresistas.

El neoliberalismo progresista promete garantizar las libertades sexuales a golpe de código penal, mientras mantiene acuerdos de Estado con instituciones reaccionarias como la Iglesia Católica, una verdadera fábrica de homofobia y misoginia. La separación de la Iglesia y el Estado, así como la implementación de una educación sexual integral en todos los niveles educativos son medidas elementales para combatir la homofobia y el machismo, que no están dispuestos a asumir.

El individualismo neoliberal colonizó el terreno de la lucha por la liberación sexual. Se produjo así un desplazamiento, desde aquella idea disruptiva de que todo lo personal es político a la conformista ilusión de que lo político se podía dirimir solo en el terreno personal –individual, corporal, emocional–. Si tocan a una, nos movilizamos miles significa romper con esa lógica y asumir que necesitamos una estrategia para unir la lucha contra todas las opresiones si queremos superar las miserias de este sistema capitalista y patriarcal. Romper con todo separatismo esencialista entre los movimientos, para buscar espacios de autoorganización que permitan expresar la diversidad, con el objetivo de garantizar una unidad cada vez más fuerte. Solo así podremos oponer golpe a golpe y entrar en combate.

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