Hillary en el país de los aleluyas

La senadora no podrá captar el voto de los evangelistas convencidos, que son el 25% de la población

Desde que Ségolène Royal se convirtió en la candidata del Partido Socialista francés a las elecciones legislativas de junio, los vaivenes de la prolongadísima precampaña francesa han ocupado casi a diario los medios de comunicación. A partir de ahora, las facciones suavemente morenas y delicadas de Ségolène habrán de competir con la rubia y firme senadora demócrata por Nueva York, Hillary Clinton. Sin embargo, como también le pasó a la candidata socialista, el anuncio formal de su candidatura a las elecciones de noviembre del 2008 no supone más que el disparo de salida de su carrera presidencial. Una cosa es segura: tanto si Hillary supera la primera etapa contra los rivales de su propio partido como si no, este tiempo generará múltiples y contradictorias aproximaciones biográficas a su personaje.

DE CUALQUIER campaña electoral se espera la aportación de material sentimental para unos electores acostumbrados a la vida y milagros de los famosos, y no es mucho suponer que, siendo la candidata una mujer, la cuestión se exagere todavía más. No hay más que observar lo que ha ocurrido en nuestro país vecino, donde el ya destituido director de la campaña de Ségolène acusó al marido de la candidata de ser su principal obstáculo a la presidencia. Se creerá que Hillary es una mujer que ha salido airosa de batallas mucho más virulentas, pero lo cierto es que la guerra que ahora ha de librar no será contra su marido ni contra sí misma, sino contra sus propios compatriotas.

El día en que conocimos la candidatura de Hillary Clinton, en Barcelona se estrenaba la película de Emilio Estévez Bobby y Canal Plus emitía un extraordinario reportaje sobre el escalofriante testimonio de tres niños instruidos en el cristianismo evangélico con la misión de "conquistar América para Cristo". Ambas propuestas, de épocas e ideologías muy dispares, presentaban una causa entusiástica: la salvación de una nación a la que consideraban en peligro.

'BOBBY' gira alrededor del asesinato, en junio de 1968, de Robert Kennedy, el virtual candidato demócrata a la presidencia de EEUU. La opinión pública norteamericana exigía la retirada de las tropas del Vietnam y una generación hacía temblar lo que siempre se había considerado inamovible, mientras una parte de la población depositaba sus últimas esperanzas en el hermano de John F. Kennedy, el presidente asesinado. Los discursos de Robert, hoy un clásico de la retórica política, no solo eran brillantes, sino sobre todo sinceros. Hablaba de libertad, paz, discriminació n, justicia y violencia, temas que entonces estaban en la calle y de los cuales él mismo podía responder, por el asesinato de su hermano. El suyo propio acabó con la esperanza de vencer esos "tiempos difíciles".

Casi 40 años después, el 25% de los habitantes de Estados Unidos, 80 millones de personas, son evangelistas, la separación de la Iglesia y el Estado es más que discutible y la Iglesia evangélica influye en el Gobierno, el Congreso y el poder judicial. Es el caso de Ted Haggard, presidente de la NAE (Asociación Nacional de Evangelistas) y ministro supremo de la New Life Church (Iglesia de la Nueva Vida), quien todos los lunes se reúne con Bush y sus consejeros.

Si, como asegura Hillary Clinton, "está ahí para ganar": ¿quiénes son esos ciudadanos a los que a partir de ahora pedirá su voto? Por supuesto, ni ella ni cualquier otro candidato demócrata podrá disponer de ese 25% de evangelistas, que juran lealtad a la bandera cristiana y a la Biblia, que llevan a sus hijos a campamentos para que se conviertan en "soldados del Ejército de Dios", rezan para que les funcione el vídeo y se mueven por Cristo a ritmo de heavy cristiano. La pregunta es si en las filas del partido demócrata subsiste algo, por muy decrépito que aparezca a estas alturas del siglo XXI, de aquella revolución sentimental que sacudió a EEUU a finales de los 60. Los que, en una u otra medida, rinden tributo a aquellos tiempos tienen ahora una cita trascendental con el pasado a la que no deben faltar.

A RIESGO DE que algunos atribuyan mis palabras a una provechosa tarde de cine, en mi opinión conviene que los estadounidenses se contagien nuevamente de ese sentimentalismo innato, que cree al mismo tiempo y con la misma intensidad en la inutilidad de la violencia y en la urgencia de la libertad. Y deben hacerlo no en nombre de una determinada Iglesia, sino apelando a las cualidades intrínsecas de la naturaleza humana, la de Thoreau y Walt Whitman. Aquella misma disposición sentimental que hizo que Robert Kennedy, en contra de las advertencias policiales, improvisara un discurso ante el gueto negro de Indianápolis horas después del asesinato de Martin Luther King, y que fuera él, un político blanco, el primero en darles la noticia.

Además de ser una empresa que genera enormes ganancias, el cine norteamericano es un reflejo muy exacto de lo que se cuece en el país. En este sentido, tanto Bobby como el reportaje televisivo de Canal Plus, en positivo y en negativo, representan un adelanto de lo que va a ponerse en juego en la próximas elecciones presidenciales, y su objetivo final no es otro que el de meter a los espectadores estadounidenses en el terreno que más conviene a Hillary y los suyos.

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