Guardia de Hierro: la organización peronista en la que militó Francisco

El Sumo Pontífice supo articular a través del activismo partidario una fina sincronía entre su condición eclesiástica y el segmento laico de su ser. Cómo fue su vínculo orgánico con el masserismo.

Un hecho histórico: el cardenal Jorge Mario Bergoglio acaba de convertirse en el primer Sumo Pontífice latinoamericano. "Me fueron a buscar casi al fin del mundo", dijo durante el atardecer del 13 de marzo ante miles de fieles que lo ovacionaban en la Plaza San Pedro, del Vaticano. ¿Acaso imaginaba en ese instante que su presunta complicidad con la última dictadura militar argentina iría a ser el primer gran escollo de su papado? Lo cierto es que se trata de un escollo muy embarazoso, al punto de que –a sólo 48 horas de ser elegido por los cardenales– el mismísimo portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, salió a desmentir el asunto, originado en una añeja investigación del periodista Horacio Verbitsky.

En resumidas cuentas, al ahora llamado Francisco se lo sospecha por haber desprotegido –y tal vez, delatado– a los sacerdotes Osvaldo Yorio y Francisco Jalics, quienes en 1976 permanecieron cautivos por más de cinco meses en las mazmorras de la Armada. El flamante Santo Padre también está señalado por su obstinado silencio frente al plan sistemático de robo de bebés, del cual tuvo conocimiento en 1977, al desentenderse de un caso en particular: el del nieto de Licha de la Cuadra –la primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo–, a quien le comunicó por un intermediario la conclusión de sus indagaciones: "A la criatura la tiene una familia bien y no hay vuelta atrás". No mejor impresión provoca el doctorado honoris causa que –a raíz de una gestión suya– le otorgó la Universidad de El Salvador el 25 de noviembre de 1977 al almirante Emilio Eduardo Massera. Sin embargo, a dicha enumeración de supuestas bajezas se suman otros episodios –avalados con datos documentales y testimonios– que hablan de arriesgadas tratativas emprendidas por él ante ciertos jefes militares para rescatar víctimas del terrorismo de Estado. ¿Cuál fue, entonces, su rol en aquellos años, dentro de una institución cuya jerarquía estuvo implicada en el apoyo político y espiritual a la dictadura y en el ocultamiento de sus crímenes?
 
¿Era Bergoglio, en ese marco, un colaboracionista o una persona digna? Ya se ha visto que al respecto las versiones no son absolutas. Y es muy posible que ese hombre afable, astuto y reservado haya
sido –tal como corresponde en  un buen jesuita– ambas cosas a la vez. Dicho misterio –hoy en boca de la prensa internacional– todavía persiste.
 
No tan conocida, en cambio, es su identidad política en el universo terrenal. Y menos aún, su presencia en las filas de  la organización peronista Guardia de Hierro, a la cual se integró en 1972, siendo ya un ascendente sacerdote de la Compañía de Jesús. La reconstrucción de ese capítulo de su existencia, su pensamiento ante la realidad de aquellos días, las relaciones que desde allí fue cincelando con la meticulosidad de un orfebre y la exquisita sincronía entre su condición eclesiástica y el segmento laico de su ser, son reveladores, dado que echan luz sobre el enigma religioso más vibrante del presente: la forma con la que el nuevo vicario de Dios atravesó las arenas movedizas de la dictadura.
 
PERONISMO A LA RUMANA. Dicen que las charlas que derivaron en su militancia tuvieron por escenario una mesa de la confitería Los 36 Billares, de  la Avenida de Mayo, muy frecuentada por la dirigencia de Guardia de Hierro. Uno de sus interlocutores en ese proceso supo ser Walter Moreno. 
 
A los 35 años, el padre Jorge –tal como por aquel tiempo todos lo llamaban– era una pieza codiciada para cualquier “orga”: maestro de novicios, profesor de Teología, rector del Colegio Máximo y consultor provincial de los jesuitas. No costaba adivinar en él a un cuadro de la Compañía, una orden cifrada por la obediencia, el rigor intelectual y una disciplina ascética, casi militar. Quizás él haya encontrado en el estilo de Guardia de Hierro cierta afinidad con ello, ya que se trataba de una usina de cuadros políticos con reglas y hábitos con tinte marcial.   
 
Inspirada en la Garda de Fier –una organización fascista rumana fundada en 1927 por el ultracatólico Cornelieu Codrenau–, sus dirigentes se autoerigieron en celosos custodios de la doctrina peronista. En las reuniones se leía a Lenin, al místico Mircea Eliade, al jesuita del siglo XVI, Mateo Ricci, además de La comunidad organizada, de Perón. Ese variado corpus teórico hizo de Guardia de Hierro un grupo atípico dentro del peronismo de los años ’70, un grupo de 15 mil soldados –en sus mejores épocas– que parecía una logia medieval, con un imaginario cargado de ideas pintorescas y sorprendentes por su osadía. Sin correrse de su ortodoxia partidaria, acaudillados por el carismático Alejandro “Gallego” Álvarez (ver recuadro), enarbolaban su equidistancia del “Frente Rojo” (Montoneros) y del “Frente Negro” (Comando de Organización  y la Concentración Nacional Universitaria).  En suma, eran la Tercera Posición en estado puro. Bergoglio se sentía a sus anchas en aquellas medias tintas.
 
En 1974, ya en la cúspide local de la Congregación, Bergoglio recibió un regalo del cielo. El jefe máximo de los jesuitas, Pedro Arrupe, le ordenó pasar la Universidad de El Salvador a manos laicas. A ese efecto, el actual Francisco depositó su confianza en dos compañeros de militancia: Francisco Piñón, (a) “Cacho”, quien pasó a rector, y su amigo Walter Romero, uno de los apóstoles del “Gallego” Álvarez y jefe de su Estado Mayor, como operador principal de la Universidad en la sombra. 
 
Desde ese escenario académico, Bergoglio y Guardia de Hierro hicieron casi pública, dos años más tarde, su vínculo político con el tenebroso comandante en jefe de la Armada. La cadena de hechos y circunstancias que derivó en tal sociedad –la cual hasta relaciona dicha alianza con los secuestros de los curas Yorio y Jalics– fue en su momento escasamente difundida y ahora merece ser repasada.  
Ambos sacerdotes siempre aseguraron haber sido liberados por una gestión del ya fallecido ex presidente del CELS. Emilio Mignone. Otras voces, en cambio, señalan que fue el propio Bergoglio quien se reunió con Massera para acordar la liberación de los religiosos. 
 
En 2002, el periodista Hernán Brienza se entrevistó para la revista 3 puntos con un ex altísimo dignatario de Guardia de Hierro. 
 
El hombre clavó la mirada, y dijo con voz aguardentosa: “Yo estuve en esa reunión con Massera y sé lo que se habló y lo que se arregló.”
 
El entrevistado –cuya identidad nunca fue revelada– aseguró que en aquella ocasión Bergoglio no estuvo presente, y que él y otro importante referente de la organización sí asistieron, en calidad de enviados suyos. “A los sacerdotes –dijo– los liberaron por pedido de Bergoglio. Nosotros fuimos los negociadores exclusivos. Massera no quería, pero finalmente accedió. Como contrapartida, hubo algún tipo de acuerdo político y el nombramiento como doctor honoris causa del Massera en El Salvador, que se oficializó unos meses después”.
 
¿Qué pensar al respecto? Sin ninguna prueba concluyente sobre su presunta intervención en el salvataje de Yorio y Jalics, lo cierto es que la entronización universitaria del almirante ocurrió exactamente a las cuatro semanas de que éstos resurgieran del inframundo de la ESMA. No menos cierto es que, desde entonces, lo que quedaba de Guardia de Hierro –células dispersas que seguían reuniéndose en el mayor de los sigilos– fue puesto bajo el paraguas protector del marino, quien reclutó algunos de sus elementos para ponerlos al servicio de su proyecto personal.
 
LOS DOS DEMONIOS. La Tercera Posición en estado puro. Ese perece ser el concepto que Bergoglio eligió para sí. Tercera Posición para la política. Y también para los delitos de lesa humanidad cometidos por los militares durante la última dictaura. Una Tercera Posición entre los Derechos Humanos y la represión. Como si la teoría de los dos demonios hubiera confluido en una sola sotana.
 
El final de los años setenta es otro tramo misterioso en la vida de quien acaba de ser ubicado en el trono de San Pedro. Mientras la historia oficial de la Iglesia Católica asegura que estuvo terminando su tésis en un convento de Alemania, otras voces sugieren que, en realidad, fue enclaustrado en un convento jesuita de Irlanda del norte o España, a modo de casigo por su osadía política y vuelo propio. Su ostracismo se prolongaría durante 12 años.  
 
Recién en 1992, su poderoso mentor en la Iglesia, el polémico cardenal Antonio Quarracino, le anunció por vía telefónica que ya estaba su nombramiento: el Papa Juan Pablo II lo había designado obispo auxiliar de Buenos Aires. Era la culminación de un largo derrotero que incluyo ascensos vertiginosos, algunos sinsabores e intrigas trepidantes. Al ser anoticiado de su nuevo destino, respondió con un cerrado silencio, antes de dirigirse a la capilla para agradecer a Dios por el gesto. Recién entonces levantó los ojos y respiró una bocanada de aire con su único pulmón.

El pasado miércoles, al abdicar de su apellido para convertirse en Francisco, respiró otra vez profundamente con su único pulmón.

El verdadero jefe político del papa

En plena primavera de 2008, más de un centenar de antiguos militantes de Guardia de Hierro celebraron una cena de gala para recordar su trepidante paso por la historia en el restaurante El General, de la avenida Belgrano. 
 
A las 21:20 de aquella noche, hizo acto de presencia un anciano ya entrado en kilos y con barba encanecida. No era otro que el legendario Alejandro Álvarez, a quien sus viejos camaradas siguen llamando, simplemente, el “Gallego”. Ya poco quedaba de ese muchacho de discurso encendido que supo cautivar a otros jóvenes de su generación, entre ellos, nada menos que a un sacerdote: el entonces provincial de la Compañía de Jesús, Jorge Bergoglio. 
 
Álvarez se inició en la política en el Comando Nacional Peronismo (CNP) y, ya en 1962, para forzar la vuelta de Perón del exilio, intentó emular el plan ideado por el militar griego Giorgio Grivas, quien quería llegar a Chipre como libertador. El asunto ideado por el "Gallego" consistía en crear un conflicto en Tucumán, Rosario, Buenos Aires, Córdoba y dejar una zona libre para la llegada del General, una simbólica Chipre. Jujuy era la isla imaginada a la que debía llegar el caudillo derrocado siete años antes. Se envió una copia a Perón, pero este no respondió. 
 
Este episodio pinta por entero al joven padre de una criatura política que se convirtió en escuela de cuadros y llegó a rivalizar –tanto en número como en presencia territorial– con otras organizaciones del peronismo. 
 
Considerado derechista por la izquierda y "zurdo" por la derecha, el "Gallego" se propuso disputar el campo de la militancia a los Montoneros, Pero, súbitamente, disolvió Guardia de Hierro en 1974, tras la muerte de Perón. 
 
A partir de entonces, en medio de espasmódicos regresos a la actividad política, se fue extraviando en una pensamiento entre social y religioso, no debidamente comprendido por sus antiguos compañeros de ruta. 
 
Hacía unos años se lo vio regentear una flota de taxis desde un bar de Constitución.
 
Ahora, desde el 13 de marzo, el "Gallego"  Álvarez puede jactarse de haber sido el jefe político del Papa.

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