Estado laico, primer peronismo y espectro político

Este artículo gira en torno a dos ejes que, si bien no están desconectados, son diferentes. Lo son, ante todo, porque remiten a dos realidades históricas distintas: la Argentina y la Mendoza del primer peronismo (1946-55), por un lado; y por otro, la Argentina y la Mendoza de hoy, del neoliberalismo poskirchnerista de Macri y Cornejo. En rigor de verdad, más que un escrito, son dos escritos en uno.

Esta dualidad temática, esta yuxtaposición de tópicos, se debe, ante todo, a los avatares y la espontaneidad de un proceso de redacción que sentí que era saludable respetar. Pero también, debo decir, a un imperativo más político: la obligación de ser «salomónico», y más aún de parecerlo, en una Argentina totalmente polarizada, fagocitada por la grieta, dominada por el activismo troll, donde toda crítica al oficialismo es tildada despectivamente de «K», «camporista» o «cristinista»; y simétricamente, toda crítica al kirchnerismo es descalificada sin más como «facha», «gorila» o –en el mejor de los casos– «funcional a la derecha». En un contexto semejante, tan fanatizado y maniqueo, la intelectualidad crítica de izquierda se ve en la tediosa necesidad de tener que aclarar, todo el tiempo, que no comulga con ninguno de ambos bandos (aunque claramente haya un bando mucho más a la derecha que el otro, que es el macrista-cornejista).

Si me hubiese limitado a la crítica laicista del primer peronismo, muchos kirchneristas me hubiesen reprochado mi «silencio cómplice» frente al talante clerical o filoclerical de amplios sectores de Cambiemos. Ese reproche sería muy infundado e injusto, porque ya he escrito y publicado una buena cantidad de artículos y columnas de opinión donde cuestioné, sin reticencias, el contubernio entre el actual oficialismo y el integrismo católico, que ya era escandaloso cuando Macri gobernaba la CABA y Cornejo administraba Godoy Cruz. Pero así son las cosas… La segunda parte del texto dejará bien en claro que la ausencia de crítica a Cambiemos en la primera parte (laicidad y primer peronismo) no representa ninguna connivencia ideológica, ni responde a ningún afán inconfesado de encubrir los males del presente status quo. Ahora sí, hecho este preámbulo aclaratorio, podemos ir al grano.

A muchos, proclives a ciertos olvidos del revisionismo histórico (que también los tiene, igual que la Historia oficial de cuño liberal), les causa incomodidad que el laicismo no olvide que fue el primer peronismo, junto con la dictadura militar del GOU que le procedió, el momento de máximo retroceso del Estado laico en Argentina desde los tiempos de Rosas. Esta afirmación incontrovertible, inapelable, es particularmente cierta en el caso de Mendoza, donde el proceso de clericalización de la vida pública alcanzó su cenit en el invierno de 1950, durante el gobierno justicialista de Blas Brisoli, en ocasión del centenario de la muerte del Gral. San Martín, cuando se declaró a la Virgen del Carmen de Cuyo «patrona de las escuelas primarias», y la DGE instituyó en su homenaje el acto conmemorativo del 8 de septiembre, aún en vigencia; y cuando los establecimientos educativos mendocinos se llenaron de íconos marianos fabricados ad hoc por encargo del Ejecutivo provincial, muchos de las cuales todavía hoy siguen en exhibición.

Todo ese imaginario clérico-castrense-hispanista de la cuyanidad al palo nos lo legó el primer peronismo, a no dudarlo, que en ese aspecto fue fiel a los interventores federales de la dictadura militar del GOU (Sosa Molina, Villanueva y Vargas Belmonte), tanto como éstos ya lo habían sido con los tres últimos gobernadores del Partido Demócrata (Cano, Corominas Segura y Vicchi), pertenecientes a la facción azul, nacionalista, ultraconservadora y filofascista. Y en la Plaza España, inaugurada en el 49, con su friso e inscripción insufribles en honor a la «raza hispánica» y su labor civilizadora-evangelizadora en América (tan a tono con la ideología franquista de la madre patria), tenemos un excelente botón de muestra a la vista cotidiana de todos. También lo encontramos en el acto escolar del Patrono Santiago, otra rancia herencia de la Mendoza clerical de los años 40 que justicialistas y radicales, alternadamente, han preservado desde la restauración de la democracia en 1983.

Pero muchos kirchneristas –no todos, pero muchos– nos dicen: no se olviden del conflicto de Perón con la Iglesia en los meses previos al golpe del 55, que desembocó en varias iniciativas laicistas como la supresión de la enseñanza religiosa y la ley de divorcio vincular; ni de que había un cristianismo peronista de laicos y curas, contrario al talante oligárquico y conservador de la jerarquía eclesiástica; ni de que, dentro del primer peronismo, había un sector laicista, que se opuso en 1947 a la ratificación parlamentaria del decreto militar de enseñanza religiosa heredado del 43; ni tampoco de que el populismo debe necesariamente expresar el sentir del pueblo, y que el pueblo, en América Latina (a diferencia de Francia y los países anglosajones) es abrumadoramente católico, siendo el laicismo, por ende, una ideología «foránea» extraña al Ser nacional, ajena a la argentinidad profunda.

Estos cuatro argumentos no me resultan convincentes. Trataré a continuación de explicar por qué, muy sucintamente. Me basaré tanto en bibliografía de autores que han indagado la temática (Mariano Plotkin, José Campobassi, Lila Caimari, Loris Zanatta, Félix Luna, Susana Bianchi, Roberto Potash, etc.), como en mis propias investigaciones de archivo (fuentes periodísticas, testimoniales y oficiales).

1) De los nueve años de gobierno peronista (1946-55), dejando benévolamente de lado el trienio preliminar (1943-46) donde Perón fue un estadista clave de la dictadura del GOU y de muchas de sus políticas, ocho fueron rabiosamente clericales, y sólo uno fue anticlerical. Este vuelco tan tardío, por lo demás, si bien tuvo algunos promotores sinceros y principistas dentro del justicialismo, fue esencialmente una jugada táctica de Perón, quien deseaba castigar a la Iglesia por su creciente militancia gorila y activismo golpista. Se trató de un brote de laicismo pragmático, meramente instrumental, subordinado a la coyuntura política de un oficialismo a la defensiva, hostigado y desestabilizado por la Iglesia. Una golondrina no hace verano. El primer peronismo, visto en conjunto, fue marcadamente católico-integrista, como lo testimonian innumerables medidas de gobierno que se tomaron durante 1946-54, y que prolongaron –y en muchos casos intensificaron– el clericalismo del régimen militar que lo antecedió.

2) El cristianismo peronista de los años 40, aunque fue honesto en su populismo, en su antiimperialismo y en su crítica del capitalismo de libre mercado (aunque no del capitalismo de Estado, toda vez que discurría dentro de los límites de la doctrina social de la Iglesia, que aceptaba la propiedad privada, la existencia de clases y la acumulación de capital siempre que no hubiese «excesos» de riqueza y pobreza), también fue muy integrista en materia religiosa, cultural y educativa, y en su modo de entender las relaciones entre Iglesia y Estado. La retórica antiplutocrática y la condena del hegemonismo del Tío Sam iban de la mano con el fascismo o filofascismo, el corporativismo, el antisemitismo, el anticomunismo, las diatribas contra la Revolución francesa y la Revolución rusa, la admiración por Franco y Salazar, la apología hispanista de la Conquista y la Colonia, el machismo, el patrioterismo xenófobo, la denuncia del «libertinaje» democrático (libertad de expresión, educación sexual, libertad de culto, emancipación de las mujeres, etc.), el desprecio hacia las minorías religiosas, la demonización de las personas agnósticas y ateas como «teófobas» y «antisociales», y también, desde ya, el odio visceral hacia el secularismo y el laicismo.

Que los curas peronistas de base, a diferencia de la jerarquía episcopal, bregaran por cierta redistribución del ingreso, la implementación de políticas sociales, la escolaridad gratuita, la expansión del sistema de salud pública, etc. etc., de ningún modo significa que fuesen progresistas en otras esferas. Oponerse al laissez faire económico del capitalismo, y al imperialismo anglosajón, no los hacía demócratas, ni tampoco partidarios del Estado laico. El cristianismo peronista de los años 40 tenía un sustrato ideológico profundamente integrista, e incluso –en gran medida– fascista. No puede ser identificado sin más con la teología de la liberación y el movimiento de sacerdotes del Tercer Mundo de los años 60 y 70, en los que sí se advierte una postura más democrática y pluralista. No tener en cuenta esta divergencia es caer en un grave anacronismo. Es mitologizar la historia argentina.

3) Es cierto que hubo, dentro del primer peronismo, una corriente laicista, ligada a su ecléctico origen como movimiento de masas, que incluyó un tronco laborista de centroizquierda, en cuyo seno la tradición anticlerical no había muerto. Pero si bien esa corriente laicista existió, y merece ser rescatada del olvido, lo cierto es que fue muy minoritaria y marginal dentro del justicialismo. Así lo corrobora, por caso, el debate parlamentario del 47 en torno a la ratificación legal del decreto de enseñanza religiosa. Las voces peronistas disidentes fueron poquísimas: Cipriano Reyes y unos pocos quijotes más. Primó de manera abrumadora la línea confesionalista que tanto Perón como Eva habían bajado a la bancada oficialista. El discurso clerical e hispanista campeó a sus anchas en el Congreso, y la votación otorgó un triunfo aplastante a la Iglesia. No se puede tapar el sol (incontrastable predominio clerical) con las manos (heterodoxia de Cipriano Reyes).

4) En cuanto al argumento de que el populismo debe necesariamente expresar el sentir del pueblo, y que el pueblo, en América Latina, es mayoritariamente católico, hay que decir que se trata de la manida falacia conservadora ad populum. No siempre el pueblo y sus tradiciones tienen razón. La convivencia democrática no se reduce al primado cuantitativo de la mayoría, al sufragio universal y las elecciones limpias (Hitler se hizo del poder en Alemania por vía electoral y sin recurrir al fraude). También supone, a nivel cualitativo, la plena vigencia de los derechos humanos, incluyendo la libertad de conciencia y la igualdad de trato en beneficio de las minorías. Hay una legitimidad democrática de origen, pero también una legitimidad democrática de ejercicio.

Por otro lado, conviene recordar que otras expresiones clásicas del populismo latinoamericano, como el cardenismo en México, fueron marcadamente laicistas, y totalmente refractarias al franquismo, al fascismo y a otras ideologías de extrema derecha en boga por aquel tiempo. Durante su presidencia (1934-40), Cárdenas implementó muchas de las políticas económicas y sociales que luego caracterizarían al gobierno de Perón, como el fomento de la industria nacional, los convenios colectivos de trabajo y las expropiaciones de empresas extranjeras en sectores clave de la economía. Pero el cardenismo, a diferencia del primer peronismo, nunca entregó la educación y la cultura a los curas. Sin caer en el extremismo anticlerical de Calles, uno de sus predecesores en la primera magistratura de México, supo promover activamente la laicización del Estado, especialmente de la escolaridad pública. El hecho de que las masas populares mexicanas fuesen abrumadoramente católicas, devotas fervientes de la Virgen de Guadalupe, sobre todo en zonas rurales, no impidió que el populismo cardenista defendiera e impulsara el Estado laico como pilar fundamental de la democracia.

Es más, en otros aspectos no menores, como la política rural y la relaciones internacionales, el cardenismo llegó incluso más lejos que el primer peronismo: realizó una amplia reforma agraria (ante la cual el Estatuto del peón rural de Perón palidece), y adoptó una posición netamente antifascista en política exterior (mientras que la Argentina peronista dio asilo a muchos jerarcas y genocidas del Eje, el México cardenista dio asilo a miles de exiliados republicanos españoles que huían del franquismo). El problema no es que Perón, como líder popular, no pudo ser laicista porque el pueblo argentino era católico. Cárdenas pudo serlo, pese a que el pueblo mexicano era aun más católico que el nuestro, y pese a que las brasas de la rebelión cristera no se habían apagado del todo. El problema es que Perón no quiso serlo, porque su bagaje ideológico incluía el integrismo, igual que el filofascismo. La ausencia de laicismo no es algo inherente al populismo latinoamericano, como algunos alegan en Argentina para justificar el clericalismo de la ideología peronista. Si así fuese, no se podría explicar el fenómeno del cardenismo en México, un populismo marcadamente laicista.

Aceptémoslo: el genoma cultural del peronismo está saturado de nacionalcatolicismo. Y aunque mucha agua ha corrido por debajo del puente desde el 45 hasta hoy, dicha herencia se sigue manifestando de mil modos, como en la Salta ultramontana del justicialista Juan Manuel Urtubey, donde se continúa enseñando religión católica y haciendo rezar a los niños en todas las escuelas públicas de la provincia, y discriminando o segregando a los estudiantes disidentes, como en los años 40, cuando el GOU y Perón entregaron la educación pública a los hombres de sotana en guerra contra la modernidad «impía» y «diabólica».

Podemos discutir hasta el cansancio muchos aspectos del primer peronismo: su naturaleza como régimen político, sus orígenes, su política económica, sus reformas sociales y laborales, su política exterior, su vinculación con el movimiento obrero y las corporaciones patronales, su rol en el proceso de la lucha de clases, sus semejanzas y desemejanzas con los nazifascismos de Europa, y muchos rubros históricos más. Pero que la ceguera ideológica no nos impida reconocer que el primer peronismo (igual que el Estado Novo brasileño de Getúlio Vargas) fue, en materia de relaciones Iglesia-Estado, un régimen profundamente reaccionario, confesionalista y clerical durante prácticamente todo un decenio, hasta casi el final de su existencia.

Es hora de asumir críticamente lo que significó el primer peronismo en materia de laicidad, tanto en Argentina como –más aún– en Mendoza. Significó un pavoroso retroceso, una catástrofe, la culminación exasperada del proceso de clericalización de la vida pública iniciado en los años 30, y agravado en 1943-46 con la dictadura del GOU. La Argentina laica y la Mendoza laica, en declive desde los tiempos del golpe de Uriburu y el ascenso de la facción azul del PD (en detrimento de la facción blanca heredera del civitismo), tocaron fondo bajo la primera presidencia de Perón, cuyo parentesco ideológico con el régimen militar precedente muchos se empeñan en negar o minimizar, destacando con astucia aquellas variables donde hubo ruptura efectiva, y omitiendo las otras donde primó la continuidad gatopardista.

Pero también es hora (y aquí comienza la segunda parte del texto) de que la UCR y el PD se hagan cargo de su proceder genuflexo ante la corporación eclesiástica. Salvo honrosas excepciones individuales, ambos partidos se han desentendido por completo de la lucha por el Estado laico, arrumbando en el museo de antigüedades la Reforma universitaria y el legado de Emilio Civit. En Mendoza, tanto peronistas como radicales y gansos han avalado el clericalismo, por acción u omisión. Los ejemplos abundan.

La DGE de Cornejo, igual que la de Paco Pérez y Celso Jaque, ha mantenido a rajatabla los actos conmemorativos del Patrono Santiago y la Virgen del Carmen de Cuyo en la escolaridad estatal, haciendo caso omiso de la Constitución de Mendoza y la Ley Provincial de Educación, que garantizan expresamente la laicidad de la enseñanza pública. El intendente radical de Godoy Cruz, Tadeo García Zalazar, acostumbra hacer ondear la bandera blanca y amarilla del Vaticano –con tiara papal y llaves de San Pedro incluidas– en la rotonda del Puente Olive, detrás de la estatua de la Virgen que hizo colocar en 1991 el peronista Carlos de la Rosa, otro sumiso vasallo del pontífice romano en tierras cuyanas. El juez Valerio, correligionario suyo catapultado a la Suprema Corte provincial, ha justificado con entusiasmo la exhibición de símbolos católicos en los tribunales mendocinos, tanto en los despachos de los magistrados como en las salas de audiencia. Otro radical ladero de Cornejo, Diego Gareca, secretario de Cultura, organizó un bicentenario del Cruce de los Andes que incluyó una aparatosa ceremonia de bendición a cargo de un sacerdote, remedando la mística patriotera de la espada y la cruz del Proceso.

El radicalismo tiene una visión arqueológica de la laicidad. La ha reducido a un tópico conmemorativo sin ningún anclaje o proyección sobre su praxis política: el recuerdo de Leandro N. Alem y la señera ley 1420, la evocación de Gabriel del Mazo y la Reforma universitaria, y nada más. Retórica y sólo retórica. Discurso hueco, palabrerío vacío. Memoria muerta.

El derechista PD, por su parte, se ha cansado de hacer lobby clerical en la Legislatura cada vez que estuvo en danza la reforma de la ley provincial de educación. No sólo eso: en 2013, importantes referentes del partido ganso se sumaron a la cruzada integrista en defensa de los actos religiosos en las escuelas públicas. Por cierto, tampoco los intendentes demócratas que ha tenido Mendoza del 83 en adelante se han caracterizado por su respeto a la laicidad… EL PD, además, se ha distinguido por su oposición al matrimonio igualitario y su activismo contra los derechos reproductivos de las mujeres. Recuérdese, por caso, que Omar de Marchi, cuando era congresista, denegó su apoyo a la ley de fertilización asistida, y que participó del III Encuentro Internacional de Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia, organizado por la legisladora peronista Liliana Negre de Alonso, católica fundamentalista y figura conspicua del Opus Dei. El PD, cual hijo que reniega de su padre, lleva más de 80 años pulverizando la herencia laicista que le dejara Emilio Civit. Su defección no tiene nombre.

Del PRO, la derecha que gobierna la Nación, ¿qué más decir que no se haya dicho mil veces? Sabido es que el partido del presidente Macri está atestado, como ningún otro, de cuadros del integrismo católico. Hubo, es cierto, algunas tensiones entre el macrismo y el papa Francisco. Fueron los desencuentros previsibles entre una tecnocracia fanática de Chicago boys que defienden a ultranza el libre mercado, y un populismo jesuítico valedor de la doctrina social de la Iglesia (capitalismo salvaje vs. capitalismo atemperado por el paternalismo estatal y la beneficencia eclesiástica). Pero el conflicto nunca pasó a mayores. Al fin de cuentas, ambos son conservadores. Lo que prima en las filas del PRO no es catolicismo nacionalista de ultraderecha, estilo Cabildo, sino el catolicismo neoliberal de centroderecha, estilo Opus Dei. Pero los católicos neoliberales que pululan en el macrismo, igual que sus primos nacionalistas, son confesionalistas, hostiles al laicismo.

Recientemente, en Corrientes, Esteban Bullrich declaró: “vendría muy bien que todas las religiones tengan su espacio” en la escolaridad pública. “Por más que soy católico, trato de ser un apóstol y buen discípulo, sí creo que en las escuelas debemos enseñar otras religiones también, que también tienen lecciones para aprender”. Con este confesionalismo maquillado de ecumenismo, tan alejado de los valores laicos, el ministro nacional de Educación dio respuesta a las palabras del presbítero ultramontano Juan Carlos Mendoza, quien había planteado la necesidad de que “volvamos a impartir la educación católica en las aulas”, toda vez que “está pasando lo que está pasando porque hemos sacado a Dios de nuestras vidas, hemos sacado los crucifijos de los juzgados, todos los signos de Dios los vamos sacando y hay que recuperarlos”. A Bullrich no le parece mal que se enseñe religión en las escuelas públicas argentinas. Lo que le parece mal es que sólo se enseñe religión católica, como de hecho sucede en Salta.

No hay dudas: el macrismo es una fuerza política clerical. Su retórica sarmientina en materia educacional sólo representa un flatus vocis, mera demagogia.

En lo que a laicidad se refiere, ni radicales, ni demócratas, ni macristas del PRO, están en condiciones de correr por izquierda a los peronistas, ni siquiera a los más ortodoxos y menos kirchneristas. Hace mucho tiempo que la UCR y el PD arriaron la bandera de la separación entre Iglesia y Estado. El PRO, desde que existe como tal, jamás la izó.

La obsecuente receptividad al cabildeo clerical que, en el seno de la bicameral de Educación, mostraron radicales, kirchneristas y demócratas respecto al proyecto de reforma de la ley provincial de educación (mención ambigua en el art. 7 a “los valores trascendentes [metafísicos] de nuestra cultura”), resulta por demás elocuente. Las tres fuerzas políticas operan como tentáculos del integrismo católico.

Hay en ellas laicistas, es cierto. Negarlo sería faltar a la verdad. Incluso los hay dentro del mismísimo PRO (algún que otro liberal sarmientino consecuente). Pero son franca minoría. Se trata de sectores marginales que no podrían mover el amperímetro de sus partidos, aun cuando lo intentaran (cosa que no siempre ocurre, debido a la mentada disciplina partidaria). Las individualidades y fracciones disidentes de la UCR, el peronismo, el PD y el PRO guardan silencio, por tibieza o conveniencia; o si alzan la voz para defender la laicidad, no tienen suficiente peso para revertir el predominio de los sectores pro-eclesiásticos. Esta es la cruda realidad.

Sólo la izquierda mantiene un compromiso menos retórico y más unánime con el laicismo, aunque a menudo –hay que decirlo– no lo incluya en su agenda de luchas prioritarias. Los derechos de la clase trabajadora, de las mujeres, de los pueblos originarios, de la comunidad LGBT, etc., concitan hoy, por lo general, mayor atención que los derechos de las minorías no católicas conculcados por el confesionalismo de Estado. Esta observación es aplicable no sólo al ámbito de la militancia partidaria de izquierda, sino también al campo del activismo sindical docente y el movimiento estudiantil en general.

Sin embargo, esto no siempre fue así. Hasta los primeros años de la década del 60, cuando el conflicto «laica o libre» desatado por el gobierno de Frondizi empezó a diluirse, el laicismo era una de las grandes banderas de la izquierda argentina y mendocina, y de las luchas docentes y estudiantiles a ella hermanadas. Ese compromiso laicista, esa brega por la laicidad del Estado y de la educación pública, heredaba con orgullo una vigorosa tradición anticlerical: normalistas sarmientinos, liberales civitistas, masones, racionalistas y librepensadores, anarquistas, socialistas y comunistas, exiliados de la España republicana, maestras reformadoras de la Escuela Nueva…

El PTS es, sin duda, el partido de izquierda que más énfasis está poniendo hoy en el laicismo. Su órgano de prensa, La Izquierda Diario, publica con asiduidad gran cantidad de artículos informativos y columnas de opinión sobre esa temática, principalmente en las secciones “Libertades democráticas” y “Géneros y sexualidades”. Pero sería saludable que esta labor comunicacional a favor de la laicidad, tan útil, tan valiosa, tan fecunda en términos de visibilización y concientización, tenga cada vez más impacto e influencia en la agenda política concreta del FIT, en sus luchas de orden prioritario.

Es tiempo de que la izquierda se reencuentre con su raíces laicistas. La lucha por la separación entre Iglesia y Estado debe ser algo más que una venerable tradición revolucionaria de tiempos pretéritos. Es un desafío acuciante del siglo XXI. La ola de casos de pedofilia eclesiástica, la pervivencia de prácticas confesionales en las escuelas públicas (crucifijos en aulas, rezos colectivos, bendiciones de bandera y misas de colación, entre otras), la rémora del culto católico a expensas del erario nacional, el cepo fariseo a los derechos reproductivos de las mujeres, la ilegalidad de la eutanasia, el cajoneo de la educación sexual integral, la infamia del secreto pontificio, los veredictos torcidos de jueces chupacirios, la renovada personería jurídica pública de la Iglesia católica (ratificada por el nuevo Código Civil y Comercial) y tantos otros males de la más estricta actualidad, causados por la promiscuidad entre religión y política, así lo demuestran.

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Publicado originalmente en La Quinta Pata (Mendoza, Argentina), el 4 de junio de 2017

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