Estado confesional en Bolivia

A los pocos días de la solemne entronización del “líder político y espiritual de los pueblos indígenas del mundo”, en el complejo arqueológico de Tiwanaku, quedó flotando en el aire la pregunta sobre la confesionalidad del Estado Plurinacional de Bolivia. Según dicta la Constitución, “el Estado respeta y garantiza la libertad de creencias espirituales de acuerdo con sus cosmovisiones. El Estado es independiente de la religión” [CPE: Art 4to]. Dejo a un lado la mala construcción gramatical del texto (“las cosmovisiones”, ¿de quién?) y me refiero al concepto de la “independencia”, palabra clave para entender que el Estado boliviano se define como laico, es decir, no confesional. Entendemos como tal la “independencia del Estado de toda influencia eclesiástica o religiosa. Políticamente se traduce en la separación de la Iglesia y del Estado”. [Diccionario de Ciencias Jurídicas y Sociales.-  Manuel Ossorio]. De ninguna manera suponemos que un Estado laico deba proclamarse ni hostil a cualquier denominación religiosa ni ateo. Es simplemente independiente.

 Se da por supuesto que las creencias personales del jefe de un Estado laico son una cuestión privada y, como tales, deben ser respetadas. Ahora bien, la espectacular ceremonia de Tiwanaku, donde el pasado 22 de enero, el señor Presidente fue proclamado “líder político y espiritual de  los pueblos indígenas del mundo”, no resulta compatible con la laicidad del Estado plurinacional.

Algún comentarista ha escrito que laico “quiere decir pluralismo y apertura religiosa”. Creo que la definición es más vaga que precisa. Y creo también que los conceptos vagos y generales llevan a la confusión. De ahí que conviene recordar que el Estado laico, si bien respeta todas las manifestaciones del espíritu, una de ellas es la religión –salvo que alguna de ellas atentara contra la salud y el orden público– no es exactamente pluralista. Es simple y llanamente  laico, “singularmente” independiente, definidamente separado de cualquier institución religiosa o “iglesia”.

Creo que todos aquellos de participaron o simplemente observaron los actos llevados a cabo en el templo de Kalasasaya estaban convencidos de que aquello fue una celebración religiosa y que el principal actor fue el Señor Presidente. La deducción es obvia: fue una declaración contundente (¿anticonstitucional?) de religiosidad oficial. Cosa que no agradó a los bolivianos que guardan con celo sus propias tradiciones y creencias muy diferentes de las aymaras.

Todavía más, la declaración de “líder espiritual” otorgado al Señor Presidente resulta impropia de la laicidad de un estado moderno. Tal vez les convenga a ciertos caudillos fundamentalistas de otras partes del mundo. Pero no le conviene al Sr. Presidente de Bolivia. Y mucho menos cuando aquellas vistosas ceremonias de Tiwanaku no tienen nada qué ver con las tradiciones de muchos bolivianos de otras tierras y de otras culturas.

De mi parte, lo de Tiwanaku, aparte del interés artístico-folclórico, no me hace ni frío ni calor. No obstante, si entendemos correctamente las palabras que pronunciamos, creo que el Presidente –creyéndolo o no– se pasó más allá de una simple y benévola “apertura” religiosa, a una expresión pública y solemne profesión de fe “cósmica”.

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