Ese demonio que asusta al Papa

El papa dimisionario, Benedicto XVI, días antes de salir de escena, ha desempolvado a un misterioso “demonio” del que, afirma que “ trabaja sin descanso para ensuciar la obra de Dios”.Y añade: "Es como si el demonio quisiese contaminar permanentemente la creación para contradecir a Dios"

Su afirmación es una de las más graves por él proferidas durante todo su pontificado. Pronunciada a la hora de despojarse del simbólico anillo del Pescador, adquiere un peso del todo especial.

Los cardenales que empiezan a llegar a Roma para nombrar a su sucesor se van a encontrar con la sorpresa de ese “misterioso demonio”, que está trabajando con ahínco para ensuciar a la Iglesia.

Es posible que ellos lleguen queriendo saber, antes del cónclave, los nombres y apellidos de los que están ensuciando la credibilidad de la Iglesia con sus escándalos de corrupción económica y de costumbres, que nos remontan a los tiempos más oscuros y disolutos del papado de la Edad Media.

En efecto, esos nombres y apellidos existen. Figuran en los documentos secretos que fueron vendidos hasta por el mayordomo del Papa. Los está barajando hasta la prensa. A algunos el mismo Papa los ha alejado de Roma o les ha impedido de participar al cónclave.

A no ser que Benedicto XVI haya querido hacer un artificio semántico para calificar de demonios a los que están colocando en crisis a la Iglesia con sus comportamientos dignos de los tribunales civiles, no se explica el que haya querido descargar todas esas miserias terrenales de los eclesiásticos corruptos a un misterioso, invisible y temido “demonio”, llegado desde el infierno para “ensuciar la obra de Dios”.

Me imagino a los cardenales tentando adivinar quien puede ser ese demonio desenterrado por el Papa que, está sembrando cizaña y maniobrando traiciones en la lucha por el poder entablada en la Curia Romana.

Generalmente, en todos los momentos de crisis de una institución, nación o familia, la forma clásica de hacerle frente es buscar en ellas a un chivo expiatorio. Lo enseñan la antropología y la psicología. Una comunidad, para salvarse, busca a alguien en quien descargar la culpa de sus crisis.

Normalmente, la víctima expiatoria escogida suele ser uno de los anillos más débiles de la comunidad que acepta más fácilmente cargar con el peso de la expiación colectiva, ya que acaba sintiéndose realmente culpable.

Lo curioso es que en este caso, el Papa Ratzinger ha escogido como chivo expiatorio no al anillo más frágil y débil de la cadena, sino al más fuerte, a Satanás, al demonio que osó un día desafiar al mismo Dios.

No le será fácil a su sucesor tentar una renovación a fondo de los males de la Iglesia, limpiándola de las escorias que la ensucian, si esos males que la aquejan fueran más obra del demonio que de los hombres.

No es la primera vez, sin embargo, que un Papa acude al subterfugio del demonio para interpretar la crisis de la Iglesia. Lo hizo también el intelectual Pablo VI, al que la enfermedad y ciertas incomprensiones de los que le rodeaban acabaron, al final de su pontificado, encerrándole en un conservadurismo que no pertenecía a sus orígenes de papa abierto a los latidos del mundo.

Enfermo y aislado en la cárcel de oro del Vaticano, sin poder ya viajar, Montini, recurrió también al demonio el dia 29 de junio de 1977 para explicar los males que aquejaban a la Iglesia con estas palabras: "tengo la sensación de que el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios", algo que chocó entonces en boca del intelectual Montini.

Ahora, Benedicto XVI, ha querido, antes de dejar el cargo, desempolvar también a un misterioso demonio que “trabaja sin descanso contra Dios y su Iglesia”.

El polémico exorcista de la diócesis de Roma, Gabriele Amorth, a sus 85 años en los que ha llevado a cabo más de 70.000 exorcismos, ha achacado también al demonio los actuales escandalos que agitan al Vaticano. "Tenemos cardenales que no creen en Cristo, obispos comprometidos con el demonio", ha afirmado. Según él, en estos momentos  es posible " sentir el mal olor del humo de Satanás en los locales sagrados del Vaticano".

Autor de Exorcismo y psiquiatría, Amorth, cuenta que algunos endemoniados, durante el exorcismo llegan "a arrojar por la boca todo tipo de objetos como pedazos de metal del tamaño de un dedo y hasta pétalos de rosas".

Está convencido que "Satanás odia al Papa Benedicto XVI" y lo ataca "a través de obispos y cardenales".

Jesús de Nazaret ya tuvo que lidiar con endemoniados durante su misión por los caminos de Palestina. Una vez, se lee en los textos sagrados, hizo entrar a los demonios en una piara de cerdos que acabaron despeñándose y muriendo junto con ellos.

Los amos de los cerdos maldijeron, sin embargo,  al profeta por haberle hecho perder a sus animales. Les interesaban más sus cerdos que los demonios.

Aquello era una parábola. Hoy, los demonios a los que alude el Papa Ratzinger son reales y pueden actuar con libertad. La Iglesia les ofrece, en efecto, un espacio de oscuridad y falta de transparencia que les facilita actuar protegidos por las sombras de la impunidad, esa que defiende que los “trapos sucios se lavan en casa”.

De hecho, ni los cardenales que van a elegir a su sucesor, van a poder conocer el informe sobre los escándalos de dinero y sexo que agitan al Vaticano. Serán entregados sólo al nuevo Papa.

El silencio de la Iglesia que intenta encubrir sus miserias, podría un día convertirse, sin embargo, en el grito peligroso de millones de cristianos desencantados.

Quizás por ello, el Papa Ratzinger ha querido antes de dejar el cargo, realizar algunos gestos enérgicos de censura hasta contra cardenales que se han hecho indignos de la dignidad recibida. ?Un aviso a su sucesor?

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