En torno a un artilugio

La Iglesia Católica desde hace una década ha pretendido hacer suyo el discurso de una laicidad, a la que en forma sibilina adjetiva para dejar claro que no se refiere a lo que todo el mundo entiende, sino que es una diferente, que se caracteriza por

Una de las acepciones de la palabra artilugio, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es "ardid o maña, especialmente cuando forma parte de algún plan para alcanzar un fin". Si hay una institución que ha sido maestra en este arte es la Iglesia Católica. Un ejemplo es la publicación reciente (2014), por la Vicaría para la Educación del Arzobispado de Santiago, de  un documento de trabajo elaborado por el Presbítero Tomás Scherz T. intitulado "Por una Educación Pública, Laica y Gratuita". 

El trabajo está presentado por al arzobispo Ricardo Ezzati y prologado por el Obispo Héctor Vargas Bastidas, Presidente del Área Educación de la Conferencia Episcopal de Chile. El sorprendente título indica claramente un nuevo alineamiento de la jerarquía eclesiástica, que pretende vestirse con un ropaje que nunca le ha pertenecido, en tanto ella ha sido precisamente el adalid  de la educación privada, clericalista y pagada, esto es, todo lo contrario a lo que proclama en el  título de su documento. Nos detendremos en  las características de la "educación laica" ahí bosquejada. 

La Iglesia Católica universal desde hace aproximadamente una década  ha pretendido hacer suyo el discurso de la laicidad, a la que en forma sibilina adjetiva  de modo que quede muy claro que la laicidad a que se refiere no es la que todo el mundo entiende, sino que es una diferente (sana, positiva, abierta, etc.), y que se caracteriza por promover la valoración y reconocimiento del Estado de  todas las creencias e instituciones religiosas. El avance con respecto a sus posicionamientos anteriores radicaría en que ya no tiene pretensión de ser la única religión del Estado, sino que está dispuesta a compartir este sitial con las demás religiones, aunque por cierto no con agnósticos ni ateos.

Ha sido  proverbial que la Iglesia procure asirse al carro de las ideas progresistas, una vez que éstas  hacen evidente el anacronismo de la Iglesia. En una cínica  postura, la Iglesia procura hacer olvidar su propia tradición y busca apropiarse de las ideas nuevas, para las cuales encuentra siempre respaldo en las Sagradas Escrituras.  Por lo general, ésta es la forma en que opera la Iglesia respecto de las evidencias científicas  que contradicen sus enseñanzas, conciliando los preceptos de la fe con las afirmaciones de la ciencia. Es parte de su maestría.

Considérese al respecto la pretensión de la Iglesia de señalarse a sí misma como el fundamento de la divisa moderna de libertad, igualdad y fraternidad. En el año 1987, el cardenal de París Jean Marie Lustiger señalaba: "¿No existe el deber de una recuperación cristiana de estas tres palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad, de estos tres dones preciosos de una herencia que no queremos dejar que se pierda? Estas tres palabras deben volver a encontrar su contenido evangélico y cristiano inicial."

Esta posición fue contestada en forma  muy simple pero categórica  por el escritor francés Paul Blanquart señalando: “¿No es esto disimular el hecho de que estos derechos fueron  conquistados en lucha contra la Iglesia?".

El intento eclesiástico de apropiarse  de la laicidad se inscribe en esa estrategia permanente, la misma con que enfrenta los avances científicos o que la hace suponerse precursora de los preceptos republicanos o de los derechos humanos. Juan Pablo II en 2004 afirmaba la legitimidad de la laicidad del Estado, señalando que correspondía a la separación del Estado de lo religioso, cuestión (era de esperar) presente desde siempre en la Iglesia, desde que Cristo expresó: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".  

Cuando Benedicto XVI asumió el Papado sostuvo que el laicismo era el principal enemigo de las religiones, convicción que lo llevó a tratar de conformar una santa alianza con el Islam; en todo caso,  a poco andar encontró una estrategia sutil, en unión con el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, para quien el histórico y fundamental laicismo francés, institucionalizado desde 1905, resultaba una limitación severa en su pretensión de valerse de la religión como sostén de su gestión gubernamental. 

En conjunto, en el encuentro que sostuvieron en San Juan de Letrán   acordaron levantar bajo el nombre de "laïcité positive" una figura que contemplara la mancomunidad religiosa dentro del Estado, que no debía confundirse con el concepto histórico de la laicidad, y que se opusiera a la original laicidad que sería, en su concepto, "laïcité negative".  

En esta línea, Benedicto XVI   señalaba en 2006 que la "sana laicidad implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar el ámbito privado". 

Confirma estas consideraciones el papa Francisco cuando en su visita a Brasil, en 2013, expresó: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”.

En suma, el papado en sus tres últimas versiones se anima a respaldar la laicidad, siempre que ésta signifique que el Estado reconozca, valore y por tanto integre el aporte de las religiones en su quehacer. A estas consideraciones de la jerarquía eclesiástica debe responderse con toda claridad que la laicidad no tiene apellidos ni adjetivos. La laicidad respeta y garantiza la creencias y manifestaciones  religiosas en privado y en público, pero no otorga a ninguna de ellas, ni a todas ellas en su conjunto, como tampoco a los no creyentes,  un reconocimiento a nivel de la institucionalidad estatal, incluyendo en esta institucionalidad  a las entidades de enseñanza del Estado o financiadas por éste.

El presbítero Scherz, autor del trabajo que publica la Conferencia Episcopal, repite los conceptos papales enunciados, en cuanto a que Jesús sentó las bases de la laicidad, que todos los católicos son laicos al interior de la Iglesia, para poder afirmar: "Los cristianos nos rebelamos cuando se nos dice que la educación laica es no religiosa o simplemente antirreligiosa". 

A este respecto, el presbítero Scherz requiere una corrección: la educación laica no es antirreligiosa; lo sería si por principio atacara a las religiones.  La educación laica no se establece contra la religión sino que excluye todo adoctrinamiento religioso de la formación del educando, ello en favor de la formación de su autonomía y libertad de conciencia. Por ello, la educación laica no es religiosa, lo cual  es parte esencial e irrenunciable de la laicidad, pero tampoco es antirreligiosa.

Coincidimos, empero, con una frase que señala el documento: "lo que se busca con la laicidad del Estado es evitar que una verdad se imponga sobre otra; poco importa si ella sea religiosa o ideológica". A ello señalamos: precisamente, porque la educación religiosa impone visiones ideológicas en las conciencias de jóvenes en formación, es que ella debe ser excluida de la formación de los educandos. 

El documento expresa su temor a "volver a un Estado que impone una verdad que desprecia lo que millones de hombres y mujeres, en el cursos de miles de años, han creído sagrado…"; pues bien, la educación laica no establece la imposición de una verdad desde el Estado, sino que oponiéndose a dicha imposición aspira a que la formación del educando sea crítica y libertaria; por el contrario, proviene de las religiones el intento de imponer verdades que violentan las conciencias infantiles desde la más tierna infancia, en un propósito que linda en lo criminal.  

Evidentemente, es un contrasentido pretender una educación  laica  señalando, como lo hace el documento episcopal,  que "los cristianos creemos en el poder fecundo de las religiones en la educación",  pues ello precisamente es la negación de la tradición laica. 

En definitiva, la Iglesia no renuncia prácticamente a nada para etiquetarse partidaria de la laicidad: tan sólo resulta claro que ella  ha decidido luchar por apropiarse de la laicidad, aprovechando el prestigio del concepto, pero procurando  castrarlo de su sentido profundo, que está en impedir que las jerarquías religiosas se valgan de la institucionalidad estatal para controlar las conciencias de la juventud y de este modo cimentar en el tiempo  su poder económico, ideológico y cultural  en la sociedad.  Lo que la Iglesia propone no es laicidad sino multiconfesionalismo. 

Esta apropiación del concepto de laicidad modificando su contenido, y pretendiendo debilitar de esta forma el laicismo, es la estrategia vigente de la Iglesia para combatir al movimiento que, al decir de Benedicto XVI, sería su mayor enemigo. Esta es una versión más del artilugio del cual la Iglesia ha sido históricamente maestra.

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