El santo más popular de Italia, acusado de ser un farsante

El padre Pío obtenía sustancias químicas capaces de hacer sangrar sus estigmas. La revelación de un historiador cuestiona la infalibilidad papal de la canonización.

La sentencia de Juan XXIII, el Papa del Concilio Vaticano II, referida al capuchino italiano Pío de Pietrelcina (1887-1968), al que calificó de "inmenso engaño", ha vuelto, de sopetón, a cobrar relevancia. El problema reside en que, a diferencia de entonces, ahora el padre Pío no es solo un fraile extravagante con estigmas en las manos (las marcas sangrantes de Cristo en la cruz) que le dieron notoriedad, sino que se ha convertido en el santo más popular de Italia. Un libro que esta semana ha salido a la venta en Italia apunta a que el fraile adquiría productos químicos capaces de ser usados para mantener abiertas las heridas que propagaron su fama de administrador de dones sobrenaturales.
El historiador Sergio Luzzatto, profesor de la Universidad de Turín, acaba de cuestionar, sin proponérselo, la infalibilidad del Papa, en este caso de Juan Pablo II, que en 1999 beatificó al padre Pío y en el 2002 lo canonizó, siempre en olor de multitudes. Es difícil, sin embargo, que la próspera industria de la santidad acuse el golpe, porque, como el mismo Luzzatto explica, "es santo porque la gente lo ha querido", y contra eso, poca cosa se puede hacer.
Para medir la altura a la que se enfrentan las 400 páginas de Padre Pío. Milagros y política en la Italia del siglo XX pueden manejarse dos datos objetivos: el santuario levantado en la población de San Giovanni Rotondo, en el sureste de Italia, el pueblo perdido donde pasó buena parte de su vida, recibe más de siete millones de peregrinos anuales. Para compararlo con una magnitud próxima, digamos que equivale a multiplicar por tres las visitas al monasterio de Montserrat.

ÁCIDO FÉNICO
Otra cifra que da una idea de la popularidad del fraile es que, en la cima de la fama, hace 50 años, recibía a diario entre seis y 10 sacas de correo. No es de extrañar, pues que los italianos le invoquen más que a Cristo y la Virgen, dicen los expertos. Los grupos de oración del padre Pío están muy extendidos, no solo en el sur de Italia, sino también entre las parroquias romanas. Incluso han brotado en Barcelona.
Luzzatto, que ha manejado documentación inédita, cuenta que el fraile se procuraba ácido fénico, una sustancia que tiene un efecto cáustico sobre la piel, además de tratar de conseguir veratrina, un potente alcaloide, no se sabe con qué objeto. Las explicaciones, ofrecidas por los capuchinos, en el sentido de que con el ácido fénico desinfectaba las jeringas que usaba para poner inyecciones a los novicios, no aclaran por qué, en lugar de pedir la sustancia por el conducto habitual, recurría a familiares de farmacéuticos.

SOSPECHA PERENNE
Pío de Pietrelcina convivió siempre con la sospecha. Los sucesivos enviados del Vaticano acababan desacreditando su fama de santidad, llegando a tildarle de "psicópata" que se infringía castigos físicos, lo que no impidió que se desbocará la devoción por su figura.
En paralelo, comenzó a atraer grandes sumas, en forma de donaciones, a veces procedentes de fortunas de origen oscuro, que permitieron levantar un hospital en San Giovanni Rotondo, un enclave inhóspito hasta entonces dejado de la mano de Dios. Su aureola de héroe no se correspondía con el trato de villano que le dispensaba el Vaticano.
Su suerte cambió con la llegada de Karol Wojtyla al papado en 1978. Las peticiones para que lo beatificaran se guardaban entonces en el congelador. Juan Pablo II conocía personalmente al fraile. Una amiga del Pontífice se había curado milagrosamente de un cáncer tras invocar al rudo y testarudo religioso. Tras ese caso llovieron otros, dejando expedito el camino a la santidad. 160.000 feligreses arroparon en 1999 su beatificación. 300.000 regresaron en el 2002 al Vaticano para certificar su canonización. "Un santo se cree, no se estudia", destaca Luzzatto, convencido de la inutilidad teológica de su obra.

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