El laicismo radical de Fermín Salvochea

Aunque escrito con una intencionalidad que el propio título «laicismo radical» avanza, el autor no puede por menos que reconocer el respeto de Fermín Salvochea a los creyentes, si bien se muestra beligerante con los privilegios de la iglesia de su época, por lo que hemos considerado de interés dar a conocer esta figura gaditana que aprobó un nuevo Reglamento de Beneficencia Municipal que eliminaba las Juntas Parroquiales y prescindía de los miembros del clero; secularizó el cementerio municipal; eliminó todos los símbolos religiosos de las calles,…


Fermín Salvochea es una personalidad de la historia gaditana muy conocida. No pretendo, pues, desarrollar aquí un estudio detallado de su figura, sino tan solo hacer un breve recorrido por sus antecedentes familiares, su educación y las circunstancias en las que adquirió las ideas fundamentales que marcaron su actuación radicalmente laicista en 1873, cuando fue, sucesivamente, alcalde y presidente del Comité de Salud Pública del Cantón de Cadiz.

Era miembro de una familia mercantil de la ciudad. Su madre era prima hermana de Mendizábal (el autor de la desamortización los conventos de regulares)  y su padre un comerciante acomodado que se dedicaba a la exportación de vinos a Inglaterra. Nacido el 1 de marzo de 1842, se educó en el colegio de San Felipe Neri.

Con quince años se trasladó a Inglaterra para estudiar el idioma y las últimas técnicas mercantiles. Los cuatro años en los que permaneció en dicho país fueron fundamentales en la conformación de sus ideas. Allí entró en contacto con los escritos del promotor del liberalismo y la democracia Thomas Paine, que le convenció de la unión y hermandad de los hombres por encima de nacionalidades y fronteras, y conoció personalmente a Charles Bradlaugh y a Robert Owen. El primero le hizo reflexionar sobre el ateismo, aunque esto no impidió que mostrase siempre un gran respeto a las creencias religiosas e ideas ajenas. Pero la influencia más importante de Salvochea durante su estancia en Inglaterra fue el socialismo utópico de Owen, coincidiendo con su visión de la religión como contraria a la libertad del ser humano.

Cuando regresó a Cádiz en 1861, Salvochea era un socialista utópico, ateo y convencido de la necesidad del internacionalismo. En poco tiempo entró en contacto con los seguidores del fourierista gaditano Joaquín Abreu. Los demócratas de Cádiz se reunían en el Círculo Filarmónico del Laurel. Tras la disolución de esta asociación por el gobernador civil sobre 1862, se organizaron en varios grupos de demócratas. Uno de ellos se reunía en casa de Julián Díaz, que sería concejal del primer Ayuntamiento republicano de Cádiz. Estaba formado por pequeños comerciantes y empleados, que leían y comentaban los artículos del periódico La Democracia, fundado por el republicano Emilio Castelar. Otro grupo estaba formado por trabajadores seguidores de Fernando Garrido, que se reunía en un taller de carpintería. Salvochea acudía a menudo a las reuniones de un tercer grupo en el taller de fotografía de los demócratas discípulos de Charles Fourier, Rafael Guillén Martínez y Enrique Bartorelo, donde se reunían también Ramón de Cala, Pedro Bohórquez y Fernando Garrido. Este grupo preparaba la revolución en alianza con el progresista Juan Prim. Salvochea pasó a formar parte del Comité del Partido Democrático de Cádiz por la época en que el capuchino gaditano fray Félix María de Arriete y Llano ocupaba la silla episcopal gaditana.
Tras los sucesos del cuartel de San Gil en junio de 1866, muchos progresistas y demócratas tuvieron que marcharse al exilio. Los demócratas gaditanos que quedaron en la ciudad trataron de extender sus ideas desde la clandestinidad, para lo cual usaron la Revista Gaditana, un periódico cuya temática no era, en principio, política. Entre la segunda mitad de 1867 y el primer trimestre de 1868, Salvochea colaboró junto con los demócratas gaditanos Narciso Campillo, Ambrosio Grimaldi, Pedro Canales, José Sanz Pérez y Buenaventura Abárzuza en esta publicación. Sus artículos ayudan a comprender la ideología que tenía en la
etapa inmediatamente anterior a la revolución de 1868, todavía alejada de su anarquismo posterior. El contacto con los fourieristas gaditanos se deja notar en estos artículos. Salvochea criticaba especialmente la hipocresía social de la sociedad burguesa, que justificaba la desigualdad entre los individuos y cambiaba las apreciaciones morales según la clase a la que se perteneciese. La sociedad juzgaba al ambicioso que tomaba lo que no era suyo como un conquistador digno de veneración, y al pobre que tomaba lo que necesitaba para subsistir lo tachaba de ladrón y castigaba. Salvochea estaba en contra de la desigualdad entre hombres y mujeres y la división de roles tradicional y criticaba el matrimonio y la familia tal como estaban concebidos por la sociedad burguesa. Siendo ateo, usaba frecuentemente citas religiosas de los evangelios.
A finales de la década de los sesenta se produjo un hecho que influiría de alguna manera en Salvochea y en los republicanos gaditanos. Fue la llegada de dos jóvenes krausistas, Alfonso Moreno Espinosa y Romualdo Álvarez Espino, ambos como catedráticos del Instituto Provincial de Cádiz. El krausismo pretendía una reforma del hombre y la sociedad y sus instituciones, incluyendo la religión. Estas ideas y el respeto krausista por la naturaleza fueron asimilados por Salvochea. Se puede afirmar que, aunque no fue krausista, su forma de ver la sociedad mostraba antes de la revolución de septiembre la influencia del krausismo, añadida a su base ideológica principal procedente de Robert Owen.
Los fracasos de la insurrección de los Voluntarios de la Libertad de Cádiz, que lideró Salvochea en diciembre de 1868, y de la de octubre de 1869, que llevó a cabo en algunos pueblos de la provincia gaditana, esta vez en unión de los diputados José Paúl  y Angulo y Rafael Guillén Martínez, fueron llevando a Salvochea a posiciones políticas e ideológicas cada vez más radicales.
Aunque durante el Sexenio Democrático (1868-1874) todavía confiaba en que la sociedad podía cambiar por medio de la acción política, el socialista utópico de los momentos previos a la revolución, decepcionado por las crecientes dificultades para llevar a cabo desde el poder la revolución que él deseaba, fue acercándose cada vez más al anarquismo de Bakunin. En noviembre de 1871 un periódico catalán confirmaba que se había adherido a la Asociación Internacional de Trabajadores. El fracaso en 1873 de su experiencia política como alcalde y presidente del Comité de Salud Pública de Cádiz lo llevarían a declararse definitivamente como anarquista.
Su actuación relativa a la Iglesia en 1873, desde el Ayuntamiento y el Comité de Salud Pública, mostraría una visión contraria a la religión, por considerarla opuesta a las libertades de los individuos y responsable de las desigualdades y opresiones sufridas por el pueblo, muy próxima a lo que se puede denominar un “anticlericalismo anarquista”, aunque siempre rehusaría cualquier tipo de violencia contra el clero y se mostraría dispuesto a respetar el ejercicio privado de cualquier.

Cuando llegaron al poder municipal los republicanos federales “intransigentes” bajo la dirección de Salvochea, trataron de imponer en Cádiz las consecuencias laicistas del proyecto secularizador republicano. El protagonismo eclesiástico de la confrontación pasó a manos del gobernador eclesiástico Fernando Hüe y Gutiérrez, que  tuvo que luchar contra las medidas locales de Salvochea, dictaminadas por los dos Consistorios republicanos que se sucedieron, el de marzo y el de julio de 1873, y por el Comité de Salud Pública, buscando, y encontrando, el apoyo del Gobierno de la república.

Entre marzo y julio de 1873, el primer Ayuntamiento de Salvochea derribó el convento de monjas e iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria; aprobó un nuevo Reglamento de Beneficencia Municipal que eliminaba las Juntas Parroquiales y prescindía de los miembros del clero; secularizó el cementerio municipal; eliminó todos los símbolos religiosos de las calles; se apropió de los templos de los conventos desamortizados de La Merced, Santa Catalina y San Francisco, así como de sus obras artísticas, e intentó vender la Custodia del Corpus Christi.

En julio, Miguel Mendoza, alcalde interino, y Salvochea como presidente del Comité de Salud Pública del Cantón de Cádiz, prohibieron el culto externo, se apropiaron de todas las iglesias menos las parroquias, así como de los dos conventos de monjas que quedaban abiertos en Cádiz, y desalojaron al Seminario Conciliar de San Bartolomé de la parte alta del edificio de Santiago, antiguo convento de los jesuitas.

Salvochea sería con el tiempo mitificado como un “santo laico”. Siendo una personalidad completamente opuesta a la religión, coincidía con el obispo fray Félix en su gran preocupación por los más necesitados, aunque la interpretación de cómo se les podía ayudar era totalmente distinta en uno y otro: Fray Félix veía a la pobreza como algo no solo inevitable sino necesario para dar la oportunidad a los más acaudalados de ejercer la caridad cristiana, logrando de este modo la salvación tanto pobres como ricos desde la condición que había asignado Dios a cada cual; Salvochea, por el contrario, creía en la emancipación de los pobres al margen de la religión, mediante el reparto justo de la riqueza disponible.
ALGUNAS OBRAS INTERESANTES PARA CONOCER LA FIGURA DE FERMÍN SALVOCHEA:
  • MAURICE, J., et. al., Fermín Salvochea: un anarquista entre la leyenda y la historia, Cádiz, Quorum Editores, 2009.
  • MORENO APARICIO, I., Aproximación histórica a Fermín Salvochea, Diputación Provincial de Cádiz, 1982.
  • PARRILLA ORTIZ, P., El Cantonalismo Gaditano, Ediciones de la Caja de Ahorros de Cádiz, Cádiz, 1983.
  • PUELLES, F. de, Fermín Salvochea. República y anarquismo, Sevilla, 1984.
  • MARCHENA DOMÍNGUEZ, J.,
    • “Aspectos literarios de Fermín Salvochea”, en Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, núm. 10, 2002, pp.69-75
    • “Fermín Salvochea en vísperas de la “Gloriosa”. Aproximación ideológica”, Trocadero. Revista de Historia Moderna y Contemporánea, núm. 1, 1989, pp. 161-176.
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