Educación y laicismo: un problema aún no resuelto

En la historia de la educación en Chile, la necesidad de comprenderla como un proceso laico del desarrollo nacional constituye una evidencia incuestionable. No es, como muchos piensan, que por el hecho de no ser un problema públicamente conocido deje de mantener su connotación política, ética y culturalmente válido; o que, por no estar en la cartelera publicitaria de los movimientos sociales actuales, carezca de importancia debido al deliberado desconocimiento que se hace de ella. Como conclusión de esta realidad no es aventurado suponer, además, que también existe la creencia en cuanto a que esto no corresponde a una prioridad para el desarrollo nacional que implique la preocupación gubernamental, situación que, por cierto, ha ocurrido desde hace ya muchas décadas.

Pese a lo anterior, el problema sin embargo existe; oculto, pero existe. Pero, ¿por qué todo esto sigue ocurriendo simultáneamente con la tan ansiada libertad de conciencia que todos los sectores invocan?; ¿por qué los acuerdos que debieran lograrse para mantener un perfil de desarrollo que sea equitativo y respetuoso por la dignidad que cada cual representa no son fáciles de obtener?; ¿por qué para algunos sectores sociales es tan difícil comprender que todos merecemos los beneficios en igualdad de condiciones y no generar conflictos determinados por los intereses, por las ambiciones de poder o por la necesidad de imponer arbitrariamente una visión de mundo homogénea por sobre la diversidad que natural y culturalmente existe?. Quienes así pensamos, ¿somos ingenuos, difíciles de darnos a entender, resentidos, intolerantes, intransigentes, conflictivos? Pienso que no. Simplemente somos personas que no podemos ni debemos estar de acuerdo con una realidad que nos agobia por el cúmulo de injusticias que a diario se producen, por la impotencia que ello significa y porque los problemas no se generan espontáneamente, sino por voluntad humana que hace que la ignorancia social se constituya en un preciado capital que permite el dominio y la opresión del intelecto. El sentido del poder religioso y sus acciones, más allá del ámbito que éticamente le corresponde, es una de las causas de esta realidad.

El sentido de lo laico

En la actualidad, bien sabemos que el ejercicio normal de la función educativa se ha transformado gradualmente en un complejo problema social, valórico y político, especialmente cuando se enfrentan dos visiones bastante opuestas respecto del significado e importancia de ella: una perspectiva laica del proceso y otra relacionada estrechamente con concepciones religiosas.

En educación esto es grave, pues la formación de toda persona requiere que desde su más tierna edad se le enseñe a pensar, de tal modo que al llegar a su periodo de adultez haya internalizado adecuadamente la progresiva evolución de sus potencialidades intelectuales de acuerdo a sus capacidades. Así, la persona las reconocerá en virtud de su propia libertad de conciencia que debe ir generándose como consecuencia de las nuevas visiones de mundo que en el tiempo va adquiriendo. De este modo, también podrá entender su propio entorno, su identidad, su pertenencia, su forma de establecer sus relaciones interpersonales y definir también su rol en el contexto socio-cultural al que se adscribe.

Para que lo anterior sea una realidad pese a lo utópico que ello pudiera considerarse, es necesario comprender el sentido de una verdadera formación educativa, cuyas circunstancias se las comprenda de conformidad con los nuevos requerimientos sociales del desarrollo, como es el caso del sentido que tiene el estudio del pasado en cuanto a principios, valores y virtudes que hasta hoy nos han legado nuestros antecesores; la importancia de las hasta ahora desconocidas condiciones de existencia que gradualmente nacen en la sociedad de hoy: la tecnología, las visiones extraplanetarias, los adelantos científicos en medicina, los cambios de costumbres y hábitos sociales, la riqueza de la diversidad en todos sus aspectos y consecuencias, etc.; la responsabilidad del Estado como ente regulador del equilibrio y progreso social de todo pueblo y en que los factores culturalmente adversos a dicho propósito no continúen invadiendo la paz social como secuelas de actos indeseables que permanentemente atentan en contra de la dignidad de toda persona.

Un Estado laico al favorecer un estilo educativo público que contribuya a la formación de nuestras actuales y futuras generaciones, es una impostergable necesidad para fomentar el respeto a todas las personas sin que medie ninguna diferencia de las que hoy lamentamos.

La educación laica no cuestiona los fundamentos de las religiones, pero tampoco se basa en ellos, sino en los resultados del progreso de la ciencia, cuyas conclusiones no pueden ser presentadas sino como teorías que se cotejan con los hechos y los fenómenos que las confirman o refutan. Prescinde así, de pretensiones dogmáticas y se ubica en la libertad; no se trata de una educación atea o agnóstica, sino de una educación independiente o al margen de las religiones” (…) pero tampoco neutral. En tales circunstancias, es obvio, que las materias de estudio en un sistema educativo laico, tienen que ver con los fundamentos históricos-filosóficos que han existido respecto del origen de las religiones y sus procesos evolutivos que, hasta el presente, han caracterizado las diferentes culturas de la humanidad, y no con argumentos que justifiquen la “necesidad de conocer y estudiar un contenido religioso” sabiéndose que ese objetivo se transforma en una actividad proselitista ajeno a la esencia natural del acto de educar.

Según lo señalado, el ser laico representa la condición básica de cualquier librepensador y ello significa que el término se refiere a que toda actividad que comprometa la gestión de la autoridad pública en todos sus aspectos, definiciones de políticas, responsabilidades y funciones, no deben estar influidas por religión alguna. De igual modo, si se toma en cuenta el problema de la educación, ésta es laica cuando la formulación técnica de sus materias y los aspectos curriculares que deben definirse, no dependen de ningún tipo de credo religioso que recomiende u oriente sus contenidos.

De acuerdo a lo expresado, la educación laica corresponde a la que el Estado brinda formalmente, pero que no está fundada en ningún tipo de orientación religiosa y en que una de sus principales características la constituye la existencia de la escuela pública como centro educativo que postula la igualdad, en cuanto a las posibilidades de ingresos de hombres y mujeres a sus aulas sin absolutamente ningún tipo de discriminación y el respeto a todas las ideas, como el fundamento de la práctica de la tolerancia en el sano convivir de las diferencias.

La Iglesia católica

La institución católica siempre se ha mostrado reaccionaria a las transformaciones que intentan liberar al ser humano de su ignorancia y permitirle desarrollar el pensamiento crítico y autónomo, pues tal planteamiento lo considera contrario a la fe. En nuestro país, esta lucha fue más marcada a partir de mediados del siglo XIX, durante la gestación del Estado Docente hasta la separación de la Iglesia del Estado en 1925, pero ha continuado a través de múltiples vías: protección de su patrimonio, representaciones oficiales ante el Estado; proceso educativo al amparo de los fundamentos de la doctrina social de la Iglesia, etc.

Su mensaje evangelizador proviene desde los tiempos anteriores a la conquista y su propósito fue la sumisión de los pueblos aborígenes; la negación de los valores espirituales y culturales de esos pueblos y sus culturas; el reemplazo casi abrupto de los sistemas organizativos de los mismos y, en consecuencia, la abolición de toda señal de espiritualidad que fuera contraria al nuevo orden que se quería imponer: el catolicismo, para lo cual era necesario el control social de los poblados originarios del reino de Chile y educar bajo su égida a todo quien naciera en los territorios recién conquistados.

A través del tiempo, esto ha permitido lograr trascender en el tiempo y consolidar su poder en los diferentes sectores sociales. La alianza con la autoridad política y económica de los países, desde los antiguos regímenes feudales a sistemas republicanos de la actualidad, junto a un gobierno central ejercido y dirigido desde el Vaticano, se ha constituido en los fundamentos para la vigencia del catolicismo y su fortalecimiento en gran parte de las comunidades del orbe. Esta meta la ha alcanzado reforzando crecientemente el proceso educativo en todos los niveles, única forma —como bien se sabe— de generar las bases culturales de todo pueblo.

Por otra parte, para haber logrado la posición que actualmente el catolicismo demuestra, ha debido recurrir a una diferente forma de definir lo laico en función de sus intereses. De este modo, sostiene que “los laicos, (…) deben ser los principales protagonistas de la evangelización; ellos deben llegar a donde no llega el sacerdote o la religiosa”.Tal aseveración, señala la misma publicación, proviene de la interpretación que la Iglesia le atribuye al término laico, derivada de “laos”, pueblo, y cuyos integrante al carecer de la preparación básica suficiente en materias educativas de la época, se los identificaba a través de su “participación activa en la vida de la Iglesia sin ser sacerdotes, obispos o monjes”. Con el transcurrir del tiempo, en 1962 y con motivo del Concilio Vaticano II, “uno de los temas obligatorios y centrales fue restituir al laico, al seglar, su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia Católica, para que los laicos no sólo fueran objeto de la evangelización sino protagonistas y responsables de esta tarea; de ahí surgió el Documento del Concilio llamado «Apostolicam actuositatem» que está de dedicado al laico” .

En el plano educativo

La Iglesia católica no comparte la idea según la cual la educación debe comenzar en el reconocimiento del principio del libre pensamiento, en que la razón y la emoción se las comprenda como fundamentos del comportamiento humano; la primera, como “un principio de explicación de las realidades” que verifica todo hecho, examinando su veracidad, su certeza y sus resultados, y lo segundo, es decir la emoción, valorándola en el marco de lo que significa la realidad de la naturaleza humana, sus necesidades, sentimientos y en el simbolismo que ello significa.

Concibe la formación de la persona desde la más tierna edad, comenzando por un particular adoctrinamiento en materia religiosa que un niño, por su natural inmadurez, aún no logra comprender.

La acción de la Iglesia católica se encuentra —y siempre se ha encontrado— en una posición diferente en cuanto al conocimiento, cuyo origen se fundamenta en crearlo a la luz de la fe pero, pese a que la calidad de sus aportes han sido reconocidamente interesantes, sin embargo el fundamento que los orienta limita el libre albedrío de las personas, ciñéndose sólo a los dictados emanados de las directrices de la Iglesia como institución religiosa más que a la libre y espontánea investigación que requiere el estudio de los enigmas de la existencia.

Esta acción educativa la Iglesia la promueve de acuerdo a una dimensión asociada al sentido religioso de la vida y de la formación ética de cada cual, basada en la existencia de la divinidad a través de la persona de Cristo, sus enseñanzas y la creencia en Dios como supremo Hacedor de todo cuanto existe, y de la Iglesia, por cuanto “… en ella subsiste la única Iglesia fundada por Cristo”. Este punto de vista es plenamente legítimo para quienes son sus adeptos e incondicionales creyentes, pero ¿por qué tendría que serlo para quienes tienen una diferente forma de pensar? Incluso más: ¿por qué la educación debe utilizarse para ese fin si su suprema misión es formar a la persona aportando conocimientos que le permitan a ella ejercer su pleno derecho de definir su propia forma de pensar, en otras palabras, respetando su propia libertad de conciencia al margen de cualquier otra influencia?

Un proceso educativo corresponde a las adquisiciones de saberes que permitan a la persona comprender los enigmas, globales y específicos, de la vida natural y humana, cuyo conocimiento, a través de la educación y la investigación, no debiera responder a una determinada concepción del mundo. Ello atenta en contra de la libertad del hombre para emprender la búsqueda de respuestas de todo hecho hasta ahora inexplicado, debido a que al reducir su capacidad a una sola y determinante visión, simplemente limita dicha capacidad y coarta su libertad. Pero esto debe entendérsele no sólo como una realidad educativa, sino también como una acción de responsabilidad compartida entre los círculos sociales de orígenes de cada persona, su familia, y los agentes educativos que posteriormente orientan el proceso.

En el plano psico-socio- cultural

La familia debe ser orientada en cuanto a que los hijos constituyen vidas diferentes de la de sus progenitores y, en consecuencia, debieran fomentar y motivar el sentido de su libertad para recibir una formación que, en el plano de lo político y religioso, los prepare para comprender esa realidad de acuerdo al grado de madurez que ellos presenten. Es por eso que los hijos nunca debieran ser sujetos de adoctrinamiento previo a la demostración de sus correspondientes etapas naturales del desarrollo psicointelectual, es decir, de sus plenas potencialidades e inteligencia.

El argumento que la Iglesia sostiene a este respecto se fundamente en el derecho de los padres para educar a sus hijos en la fe que ello profesan. Esta afirmación, aunque sea un pensamiento de rango constitucional que expresa que: “Los padres tienen el derecho preferente y el deber de educar a sus hijos”, no deja de ser preocupante. Los hijos no son cosas que deban ser manejables de acuerdo a los criterios religiosos o políticos de sus progenitores: ellos deben orientar imparcialmente las capacidades de aprendizaje y sus conocimientos desde el punto de vista de una concepción éticamente responsable y respetuosa

del derecho del niño. Dicha orientación, a través de cada etapa de estudios, se refiere a la responsabilidad, disciplina, respeto, tolerancia, sentido de fraternidad, civismo, ética, etc., es decir, de valores positivos para su formación conductual, cuya internalización permita —desde las primeras edades— que el niño se forme en principios y valores que le ayuden —en la diversidad existente— a una sana convivencia de futuro. A esto, por cierto y gradualmente, debe agregársele también las materias que a través de cada área del conocimiento la persona debe adquirir en el tiempo. La adopción de alguna creencia surgirá al momento que la persona cuente con su propia capacidad psicoformativa para vincularse a ese entorno, pero con su mente libre de prejuicios y legítimamente despegada para el acto de pensar.

Toda entidad educativa que incorpore en sus planes y programas de enseñanza una determinada orientación religiosa responde a un acto de organización institucional adscrito a una Iglesia, cualquiera que ella sea, pero que no a una escuela, ni un liceo, ni una universidad. La institucionalidad educativa por excelencia siempre es y será un centro de pensamiento, de investigación en la búsqueda de una verdad, incierta hasta ahora, pero, quizás, posible en el futuro. Para ello las herramientas son la ciencia, la cultura, la tecnología, el conocimiento en general impartidos en los niveles que corresponda. Esto no se contradice necesariamente con la creencia, la fe, la espiritualidad, que son componentes propios de la naturaleza humana y que legítimamente pertenecen al ámbito de la conciencia individual de quienes así piensan, pero cuyo reconocimiento y práctica debieran ejercerse en el centro religioso a la que la persona se adscribe y no para considerarlas como fundamentos de toda acción y menos aún en el campo de la educación, especialmente cuando esta se aplica en las primeras edades.

Una reflexión final

El desafío que nuestra sociedad enfrenta en este sentido es interesante. Para ello, es indispensable que los sectores sociales, que comprenden la necesidad de un desarrollo equilibrado y justo, debieran colaborar considerando el Bien Social como el eje determinante del proceso en que cada cual asume su responsabilidad desde sí mismo hacia los demás y hacia una mayor y mejor calidad vida. De este modo, el conjunto de condiciones que pueden posibilitar este objetivo también podrán contribuir en hacer de la existencia de las futuras generaciones una comunidad cuyos procesos formativos –en todos sus niveles– posean, no sólo los recursos que permitan la satisfacción de las necesidades individuales y sociales, sino, especialmente, la suficiente libertad de conciencia para hacer de la vida un favorable ambiente para un mejor vivir y no un problema que aún se mantiene sin resolver.

Rubén Farías Chacón

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