Educación Laica en Chile

Desde que el destino de hombres y mujeres dejó de ser gobernado por los monarcas de turno, en aquella época cuando la ilustración comienza a forjar los Estados modernos, comienza también un reconocimiento de derechos y libertades inherentes a todas las personas que cambia completamente la forma en que vemos y organizamos el mundo.

Hoy estas libertades son tan cotidianas y se sienten tan obvias que cuesta reconocer que la libertad de consciencia y la libertad de expresión, que se deriva de esa, son recientes en la historia de la humanidad, tienen un par de siglos desde que comenzó su reconocimiento, y desde aquel momento ha habido largos periodos donde las dictaduras de turno impidieron su ejercicio.

Lo que no se puede negar es que estas libertades lo cambiaron todo. Desde el momento en que podemos elegir qué creer o no creer con libertad, hay espacio para que la filosofía se pregunte, la ciencia investigue, la política proponga, hay espacio para el cambio y hemos cambiado mucho, hemos avanzado mucho y si algo nos ha enseñado la historia es que –aunque a algunos no les guste– seguiremos cambiando.

Durante estos procesos de cambio la forma en que se protege la libertad de consciencia ha ido cambiando, la forma en que se entienden las relaciones en sociedad evolucionando y hemos llegado a un momento en el que la discusión se sitúa no sólo en la no-prohibición de pensar de alguna forma, sino que exista un respeto más extendido hacia esta, se pasa a entender el pluralismo como un valor y se busca que el Estado se mantenga neutral respecto a ideologías y creencias religiosas; ese es el Estado laico.

Y así hoy en occidente la división entre Iglesia y Estado está tan internalizada que casi no es tema, vemos a las teocracias musulmanas desde la distancia, nos recuerdan un punto de nuestra historia al que no queremos volver y pareciera que la división entre Iglesia y Estado fuera un tema resuelto.

Pero no lo es.

La división entre Iglesia y Estado comprende tres principios: libertad religiosa, igualdad y neutralidad. En el caso de Chile hay libertad, pero algunas religiones y quienes no practican ninguna ven su libertad limitada y vulnerada con un ejercicio en desventaja respecto a algunas pocas religiones que reciben beneficios económicos del Estado, difusión y espacios privilegiados en las instituciones.

Y uno de los principales espacios de vulneración donde el Estado no es neutral es en la educación.

Desde hace muchos años la educación ha estado en el ojo de la tormenta en Chile, ha sido el centro de discusión, movilización y cómo no lo va a ser; la educación es uno de los pilares para construir una sociedad, es la que debe dar a los ciudadanos herramientas para alcanzar su máximo potencial, la que complementa las bases valóricas que obtenemos en casa y la que amplía el horizonte dándonos conocimiento y libertad.

Pero entre marchas, discusiones, leyes varias, circulares y decretos hay una parte de la discusión que no ha sido abordada con suficiente fuerza en los últimos años: la educación laica.

Yo, como muchos otros niños y niñas de mi generación, crecí en un entorno en el que el catolicismo era tan mayoritario que se asumía como verdad incuestionable. El colegio, los padres y hasta en la televisión, todos eran católicos. No había espacio para dudas, seguías en línea recta el único camino que la sociedad sabía trazar.

Es en ese Chile y bajo una dictadura que no creía en el pluralismo que se dicta el decreto 924 para regular los cursos de religión en la educación, haciendo que todos los colegios de Chile deban tener dos horas de religión semanales, lo que se convertiría en la mayoría de los casos en dos horas de religión católica semanales, y cuando digo todos me refiero también a los colegios privados, pues el decreto 924 no permite la creación de un proyecto educativo sin clases religión.

Algunos años después se regresa a la democracia y durante esta se dictan varios decretos y circulares sobre pluralismo y respeto a las creencias, pero no pasan de ser ajustes menores donde el único cambio concreto es permitir que si el 100% de un curso se exime de religión, esas dos horas se redistribuyan en algún otro curso de formación general, lo que habilita la posibilidad de proyectos educativos privados sin religión, pero sigue siendo una barrera en términos generales.

¿Dónde nos deja esto? Es evidente, la educación en Chile no es laica, el Estado privilegia la religión por sobre cualquier proyecto educativo que no la contenga y entre las religiones la más favorecida es la católica, que recibe un espacio de difusión privilegiado respecto a cualquier otra visión del mundo.

Y la pregunta que sigue es ¿y es tan malo esto? A algunos les podría parecer que esta es una discusión sobre valores etéreos, como si el decreto 924 no tuviera un impacto real en la vida cotidiana de los estudiantes. Nada más lejos de la realidad.

Y es acá donde comienza la historia de nuestra agrupación: Educación Laica. Que no se forma desde discusiones ideológicas, es una historia que se fue gestando desde las malas experiencias de niños, niñas y adolescentes que tuvieron que enfrentar un sistema escolar con prácticas impropias de un Estado que quiere ser moderno. Estas son algunas de las historias (en las que hemos cambiado nombres):

Marta es una alumna de segundo de enseñanza media que al no sentirse representada ni identificada por las creencias y valores que se difundían en las clases de religión, le pidió a sus padres que la eximieran. Sus padres, respetando su autonomía, se acercaron al colegio y la eximieron. Lo cierto es que Marta no tenía muy claro cómo se procedería de ahí en adelante y el colegio tampoco.

Cuando el momento de la clase llegó, su profesor le dio una cálida bienvenida. Le comunicó al curso que Marta se había eximido, por lo mismo ya no podría participar en clases; se sintió algo agresivo pero, más allá de las formas, estaba dentro de lo que esperaba. Dado que no iba a participar de la clase se dispuso a escuchar música -cosa que inmediatamente le prohibieron– y al ver esa posibilidad restringida agarró su libro de historia para avanzar tareas sólo para que le dijeran nuevamente que no.

Marta estuvo obligada varias semanas a estar sentada en clases escuchando un curso del que estaba eximida, una religión cuyas creencias no compartía, sin poder participar ni dedicarle su tiempo a otro curso. Cuando sus padres se enteraron fueron inmediatamente al colegio a pedir una explicación, pero lo que encontraron fue cuestionamientos hacia ellos por no mantener a su hija en clases de religión y un colegio que no quería reconocer el pluralismo de creencias en nuestra sociedad. Después de una pesada discusión con muchas subidas de tono y llena de amenazas lograron que le permitieran a su hija salir del aula durante la clase de religión, logrando reemplazar el abuso por exclusión.

A Luis en segundo básico no le fue nada mejor. Las incomodidades comenzaron un día en que Luis llegó a casa con una guía de catequesis, entendiendo que eso pudo haber sido una confusión, Úrsula –su mamá– redactó una nota a la profesora solicitándole que respetara que su hijo estaba eximido, esperando con eso resolver el malentendido.

Lejos de resolver el malentendido terminó siendo citada por la profesora a una reunión hostil donde fue acusada de ser “cerrada de mente”, al no permitir que su hijo escuche la palabra de Dios. A pesar de algún intento por bajar el tono de la discusión este episodio termina con la profesora recriminándole, diciéndole que lamenta saber que hay madres con una postura como esa.

A partir de ese momento, a pesar de que era sólo un niño, la profesora se empecinó contra Luis. Entre los eventos más desagradables está que en una oportunidad la profesora lo sacó adelante y lo cubrió de chalecos para emular una burka, mientras le explicaba a sus compañeros de curso cómo se vestían las mujeres musulmanas; pero sin duda el peor momento fue cuando sacaron a Luis de la sala de clases y, como si se hubiera portado mal, lo interrogaron para que les contara si el querría seguir religión, a lo que dijo que sí –lo que no es difícil de comprender en un niño de 7 años interrogado por un adulto–; que les dijera porqué su mamá no quería que el siguiera religión, cosa que no supo explicar, y para terminar este interrogatorio no tuvieron mejor idea que decirle a Luis que Úrsula era una mala mamá por no dejarle participar en clases de religión

Siendo esta la gota que rebasó el vaso, a Úrsula no le quedó otra alternativa que recurrir a un abogado y buscar apoyo. Al final después de escalar el problema hasta el Ministerio de educación, lograron que se respetara que estaba eximido y que la Municipalidad le diera un cupo en otro colegio para que no tuviera que interactuar nuevamente con esa profesora.

Y así, tras diferentes historias, se fueron sumando padres de colegios estatales que no dejan a los niños eximirse –a pesar de que la ley lo exige–, otros donde los eximidos son obligados a rezar o a participar de la clase repitiendo que Cristo los ama, y también de la gran mayoría de alumnos eximidos, a quienes se les obliga a estar en la sala durante la clase o se les permite salir, pero sin una actividad de reemplazo, lo que implica dos horas menos de educación semanal respecto a quienes practican la religión católica y la consideran deseable para la educación de sus hijos; pero sobre todo implica crear diferencias entre dos grupos de alumnos sobre temas muy personales que no deberían ser jamás motivo de segregación en un espacio público, menos en un aula de clases

En todas estas historias hay mucho sobre lo que reclamar, mucho que analizar y da mucho espacio para proponer cambios para mejorar la situación actual, pero lo que sin duda hay que resaltar es que más allá de que ningún niño, niña ni adolescente debería verse vulnerado como en estas historias, hay un potencial que el estado chileno todavía no aprende a valorar: el pluralismo.

Desde el respeto toca reconocer que en Chile conviven diferentes religiones, dentro de las religiones diferentes formas de ver el mundo y también hay personas que se sitúan fuera de las religiones, ya sea porque ninguna las representa o porque no creen en la existencia de un Dios, y merecen el mismo respeto como individuos y hacia su posición que los demás.

Uno de los principales motivos para cambiar esta visión sobre la educación es que la capacidad de convivir y construir con quienes se ven diferentes, tienen otras creencias o ideas, es algo indispensable para el crecimiento de Chile en un mundo globalizado, en el que los talentos no tienen fronteras y donde las empresas ya saben que en la diversidad hay riqueza que no se puede desperdiciar. Esto debe ser reforzado desde los colegios reemplazando la visión monovalórica que se plantea actualmente.

¿Y con qué reemplazar la religión?

En la era de la posverdad, donde es más importante que un niño, niña, adolescente o adulto tenga capacidad de identificar noticias falsas de las que contienen verdad, se vuelve muy importante que sean capaces de distanciarse de su grupo para analizar la veracidad de sus premisas y que conozcan otras visiones del mundo para poder compararlas y sacar conclusiones con mayor objetividad.

Tenemos que fomentar el pensamiento crítico.

Deben reforzarse cursos como filosofía y desde este curso, con enfoque crítico, abarcar las diferentes visiones de moral y espiritualidad; se debe reforzar las ciencias como herramientas para comprender el mundo que nos rodea y analizar la veracidad de paradigmas o afirmaciones; también incluir en historia el nacimiento e influencia de las principales religiones; educación cívica para entender los principios de la convivencia en sociedad; y las artes para aprender a valorar las diferentes expresiones culturales y sentir con empatía lo que nos intentan decir.

Al exponer a los niños a diferentes visiones del mundo y realidades, al presentarles diferentes ideas y puntos de vista les das herramientas para encarar un mundo en constante cambio y cada vez más complejo, sin miedo y con mayor libertad. Porque eso es lo principal que aporta la educación a nuestras vidas: si no tenemos herramientas para entender el mundo no tendremos real libertad de decidir, y sin esa liberad nunca podremos alcanzar muestro máximo potencial, limitando también nuestra contribución a nuestra familia y a la sociedad.

Y con esto por supuesto no quiero de ninguna forma quitarle valor a las religiones, porque para la mayoría de los chilenos alguna aporta a su identidad, constituyendo una guía moral y dando sentido a sus vidas. Es parte de la libertad de conciencia y responsabilidad del Estado laico que la posibilidad de creer y practicar religiones sea respetada y protegida; lo que tenemos que entender sí es que la mejor forma de preservar esa libertad de conciencia, y a las propias religiones, es separarlas del Estado y de sus aulas de clases.

Alessia Injoque
Vocera de diversidad del Partido Liberal y miembro de Educación Laica

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