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Dogmas en tiempo de crisis

La pandemia del Coronavirus COVID19 está en pleno auge y, acorde a los números, está lejos de cesar. De hecho, al momento de escribir este artículo ya íbamos en cerca de 6 millones de casos alrededor del mundo, con más de 360 mil muertos y la pendiente de ambas curvas en constante aumento, por lo que se espera una situación peor en los días venideros. Chile se encuentra en el puesto 18° a nivel mundial de casos confirmados, en medio de una creciente pugna por la poca transparencia en la información de casos de contagiados y muertes.

La situación médica ha desatado una serie de reacciones tan antiguas como humanas, y se han invocado ya a varios de los dioses acorde a la zona correspondiente a su religión, ya sea para echarles la culpa o para pedirles que intercedan con el virus y le eliminen. En términos ya más reales, hay pandemias más o menos cada 100 años y algunas fueron incluso históricas en tiempos aún más pretéritos. De hecho la primera epidemia tiene su registro en tiempos del emperador Justiniano en el siglo VI de nuestra era, a quién Procopio, influenciado por el panegirista católico Eusebio de Cesárea, en su obra Historia Secreta, calificó como demonio de un emperador causante de la “creación” de la plaga. Esta interpretación de los males que aquejaban a las civilizaciones, plagas o aniquilamiento de pueblos, como un modo de castigo por los “pecados” constituían advertencias de dios a las generaciones posteriores, según los textos sagrados. En aquel entonces, la peste se extendió por Asia, África y Europa durante dos siglos y acumuló más de 50 millones de muertes, y se la relacionó con la caída del Imperio Romano y la transición a la época medieval.

El primero y más conocido de los rebrotes es el que se desarrolló cerca del 1.340, conocido por ser, en términos porcentuales, el más mortífero de la historia, donde se calcula que acabó con un tercio de la población. Sus orígenes coinciden en la zona noreste de África y de Mongolia, donde es endémica debido al consumo humano de carne de marmota, incluso hasta nuestros días donde es ofrecido como agasajo. El animal es portador activo de la bacteria Yersinia pestis, que es la causante de la peste bubónica o peste negra, y debido a malas preparaciones culinarias de este animal se transmite al ser humano. De hecho la OMS en sus publicaciones semanales, mensuales y anuales del estado de las epidemias en el mundo, la incluye esporádicamente, incluso hasta nuestros días. Sí: la misma que lleva dos milenios matando y que, por la irresponsabilidad humana, aún persiste. Volviendo al 1300, el rebrote fue causado por el simple efecto del comercio en los alrededores del Mar Negro, muy masivo y diverso en esa zona en dicha época, a través de la ruta de la seda y embarcaciones que la llevaban en las ratas de sus barcos. Nuevamente fue atribuido a penas divinas, tanto su origen como su curación. De hecho, era frecuente la creencia que se librarían de la plaga solo una vez que fueran perdonados sus pecados. En su libro The Black Death, Mee Jr. señala que la gente empezó, con el afán de sanar, a tallar o pintar cruces rojas en sus puertas y escribir “Señor ten piedad de nosotros” y menciona a Clemente VI que dijo haberse sentado entre dos fuegos durante semanas. El hecho que la muerte –antes de la peste ligada fuertemente a la religiosidad de la época como el paso a la vida feliz más allá del óbito– fuese más frecuente, provocó que empezara a concebirse por la gente como algo natural o cotidiano, lejos de ese pasaje al paraíso y ello fue una de las causas esenciales del Renacimiento. La experiencia de la muerte fue desligada de lo benigno o maligno, asignándose una especie de neutralidad, que dio pie a la autopercepción del hombre en sí mismo como ser humano, más que como un cristiano. El concepto laico y el laicismo en sí comienza a tomar relevancia en el día a día: “La danza de la muerte, una de las primeras manifestaciones corales de la nueva cultura laica, se presenta como una metáfora sarcástica de la imparcialidad de la muerte, que baila con todos los estamentos sociales, del obispo al emperador o el campesino. Pero, al mismo tiempo, aparece en ella la amargura insuperable de la aniquilación física, que da un sentido a la vida terrenal y que parece olvidarse de las promesas del paraíso. Surge un anhelo de gloria, de querer perdurar en la vida terrenal, muy característico del Renacimiento. Las tumbas se engalanan para elevar a unos muertos sobre otros en el recuerdo, y, por primera vez, el retrato adquiere tintes de género iconográfico. Los grandes hombres del Renacimiento querrán perpetuar su grandeza en un vano deseo de supervivencia humana, de inmortalidad corporal”, señala Pedro García para un importante medio escrito en ¿Cómo cambió a Europa la peste negra?

Hubo rebrotes regionalizados varios entre el 1500 y el 1600. Uno de los más nombrados, además de la llamada “Peste de San Cristóbal” en España, el de fines del 1500 en Logroño – muy detallado por Pons Ibañez en su libro Epidemia de Peste en Logroño o la Gran Plaga de Milán del 1620-, fue la Gran Plaga de Londres del 1665 que tuvo su propia muerte recién pasado el 1666 cuando, a causa del Gran Incendio de Londres, el fuego se llevó consigo a la casi totalidad de las ratas negras, causantes reales de la plaga y su crecimiento. Causas simples, soluciones mundanas.

Un paréntesis entre las pandemias o epidemias masivas más letales. Cabe mencionar la vivida por los nativos americanos en 1520 cuando tras la llegada de los españoles se propagó la viruela, traída desde Europa y para la cual no habían antecedentes previos en el continente americano. El historiador Francisco Guerra escribió en torno a ella: “el equilibrio sanitario de los pueblos americanos con su medio ambiente quedó alterado a partir de 1492, tras el contacto con los españoles que eran portadores inconscientes de nuevas enfermedades”. Las autoridades originarias se resquebrajaron y sus antiguos dioses parecían haber desaparecido, lo cual aprovecharon los españoles y su cristianismo importado para conversiones en masa, debido a la percepción del azteca de que cuando tanto el orden natural como el divino se pronunciaban de forma inequívoca en contra de su tradición y sus creencias nativas era porque existía un motivo. Eso provocó, con extraordinaria facilidad, la totalidad de las conquistas españolas. De dioses enfurecidos o traicioneros, nada.

Volviendo a la Peste Bubónica o Negra, cuenta la historia una de esas tantas reapariciones que trajo consecuencias notables: la que hubo en el año 1720, que, también por causa de las ratas dentro de las embarcaciones, tuvo epicentro en Marsella y alrededores, donde la población de esas zonas bajó hasta en un 50%. La cuarentena, muy en boga hoy en día, en aquel tiempo hizo que los barcos se quedaran en la Isla Jarre, donde yace “El Gran San Antonio”, dícese primera embarcación que trajo la peste a las costas francesas según se cuenta en el libro Marsella de Duchȇne-Contrucci. En aquel entonces ya fue posible ver actitudes similares a las actuales, como por ejemplo que los de mayor fortuna (incluso infectados) se trasladaran fuera de la ciudad para “cuidarse”, llevando consigo la plaga, así como el posterior cierre de fronteras de la ciudad, saturación de hospitales, gente muriendo en las calles y descoordinadas leyes o mandatos dependiendo de cada autoridad local, un cierre del comercio que duró más de 5 meses, incluida la pesca y labores portuarias. La plaga en aquel entonces duró 2 años y recién en 1722 se consideró la zona libre de ella, según se señala en el libro Ciudad Muerta de Marsella: la plaga de 1720 de Carriére, Cordurié y Rebuffat.

El efecto provocado por la peste en los filósofos, científicos y/o iluminados de la época, dio lugar a una búsqueda afanosa de la “verdad” fuera de las religiones y más cerca de las leyes físicas, las ciencias, el origen biológico de las enfermedades y la existencia del hombre, buscando un mayor conocimiento mediante el uso de la razón en desmedro de la fe. Esto se vio reflejado rápidamente en la literatura de la época donde el aspecto clerical o religioso llegó a niveles de escasez jamás vistos y temáticas que indujeron al ser humano a dar uso a su facultad racional le sobrepasaron en número como nunca antes, al punto que el sector iletrado de la población europea, más del 80%, se vio en la necesidad de estudiar y se asignó un valor elevado a dicha característica. El Siglo de las Luces buscaba acabar con la superstición, poner fin a gobiernos tiránicos y absolutistas (de hecho finaliza este período con la Revolución Francesa), elevar el racionalismo y el optimismo además de promover el laicismo en la humanidad. Fueron grandes expositores de la época Diderot y D’alembert cuando, en el afán de reunir el conocimiento obtenido por la humanidad para ser utilizado por otros, editaron su Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios. Lógicamente fue combatido por el clero de la época, siendo incorporada esta obra al famoso Índice de Libros Prohibidos y persiguiendo y enviando a la cárcel a sus autores.

La centuria siguiente traería consigo el desplazamiento de los bubones por sendas diarreas, cianosis, calambres y otros síntomas, tanto o aún más desagradables, cuando se posiciona la primera pandemia del llamado Cólera, que acorde a Pollitzer encargado de la OMS, provino desde “La Ciudad de los Palacios”, Kolikata o más conocida como Calcuta, en la actual India, desde donde se propagó a sus múltiples vecinos, y después más allá, llegando hasta China, Japón, Oriente Medio, Rusia y Tanzania. Las siguientes pandemias del Vibrio Cholerae tuvieron lugar en 1829, 1852, 1863, 1881 y 1899 para finalizar el 1923. En la quinta aparición de la pandemia, el epidemiólogo catalán Jaime Ferrán i Clua descubrió una vacuna para la enfermedad. En él también recaen los descubrimientos de las vacunas para la tuberculosis y el tifus. Chile, particularmente en su episodio de cólera de fines del 1880, mostró fuertes diferencias entre clero y la ciencia, en parte por las Leyes Laicas, y se vieron a algunos eclesiásticos atribuyéndole a un castigo de Dios su aparición, así como fueron comunes remedios inútiles para los más ignorantes y crédulos como el Pililo, que consistía en comer heces de caballo para provocar vómito y así “expulsar” la enfermedad del cuerpo. De hecho, se creó el famoso “patio de los coléricos” en el Cementerio General, según cuentan Sagredo y Gazmuri en Historia de la Vida Privada en Chile, para enterrar sin rito ni ataúdes a los infectados fallecidos. En el otro rincón de América, en México, particularmente en la ciudad de Iztapalapa, una de las ciudades con mayor mortalidad tras esta pandemia, se vio nacer una de sus grandes tradiciones cuando, buscando una cura para esta enfermedad causada por los problemas de higiene de la época que propiciaban la reproducción de la bacteria, hicieron una gran marcha de niños y huérfanos al santuario denominado “El Señor de la Cuevita” para implorar. Cuenta la leyenda que “El Señor de la Cuevita” “apareció milagrosamente” el 3 de mayo de 1833, poniendo fin a la epidemia, a la par que se estaban desarrollando variadas medidas sanitarias desde las autoridades de la época que, con el tiempo, trajeron consigo cambios importantes en la organización social, económica y urbana de las ciudades que, además, pusieron en relieve las diferencias sociales ante la muerte. A modo de anécdota, el Colegio Médico de México documentó cómo se narró el origen de la epidemia en “la aurora boreal que en 1833 enrojeció el cielo e hizo a los ingenuos temer el castigo de Dios por las reformas de don Valentín Gómez Farías”. América Latina recuerda un brote epidémico de esta en 1991, desde el Perú hacia el resto de la región, con más de 700.000 casos y 6.000 muertes como indica la Revista Chilena de Infectología de octubre del 2010.

El siglo pasado, la Gripe de 1918, con peak hasta el 1919, fue escenario para la pandemia de Influenza (también conocida como H1N1), proveniente esta vez no de los mamíferos, sino de las aves y atacó, según diversas fuentes, a más de un tercio de la población mundial con más de 50 millones de muertes. Si bien recibió el nombre de Gripe Española, fuentes científicas sitúan en EE.UU. su origen o caso 0, en Kansas entre los soldados movilizados por la Primera Guerra Mundial. Tras esa detección, un mes después en España con 1.100 infectados y 46 muertos, inició la masificación y puso la alerta en el mundo. El “récord” de muertes lo entregó Philadelphia, EE.UU., con más de 700 muertos en un día. La expansión de la epidemia tuvo como causa principal el ocultamiento de la información de los primeros países que se contagiaron, debido a lo sensible que podía ser esa información en medio de una guerra de esas características. Si bien los registros existentes no permiten una cifra exacta en el número de fallecidos con la gripe, se estiman que fueron hasta 100 millones de personas alrededor del mundo, Latinoamérica incluida, pese a no haber estado cerca de la guerra y a la baja cantidad de viajes aéreos comparado con la actualidad. En Chile se contabilizaron más de 40 mil muertes [Revista Chilena de Infectología, López – Beltrán], con peak de más de 23.000 el 1919. De hecho, el historiador de la medicina Enrique Laval Román elaboró un estudio sobre la influenza de 1918, donde quedó de manifiesto la inquietud que produjo una particular situación epidémica: la convergencia de la gripe y el tifus exantemático. Ante la falta de un antibiótico para tratar infecciones bacterianas secundarias derivadas de la influenza, los esfuerzos principales para su combate fueron los mismos que vemos implementados tanto en la pandemia actual como en las anteriores: aislamiento, cuarentena, buenos hábitos de higiene personal, uso de desinfectantes y limitaciones de reuniones públicas. Sin embargo, la nula coordinación con que se implementaron estas prácticas en el mundo, jugó en contra de la eficacia de las mismas (cualquier parecido con la situación actual no es coincidencia, es simplemente no aprender de los errores del pasado). Entre las anécdotas más macabras de esta pandemia y fiel reflejo de la nefasta amalgama de ignorancia y el dogma, se cuenta una procesión extraordinaria en la ciudad de Zamora, España, que “atacó” la gripe. El resultado de esa masiva manifestación de personas fue que Zamora registró el peak de contagios en dicho país, pese a que las autoridades intentaron prohibir dicho encuentro masivo. Sin embargo, el obispo de la época, al parecer un laicista parcial, les acusó de interferir en los asuntos de la iglesia desde el estado. Si creemos que las teorías conspirativas pertenecen solo a la era actual, nos equivocamos. Se culparon del origen y propagación entre las distintas razas, países, etnias y, por supuesto, el castigo de los dioses de turno. Los remedios caseros o elixires milagrosos tampoco faltaron, obviamente sin resultados. Desde las sobredosis de Aspirinas hasta el amoniaco, fumar (para matar el virus a través del humo) u oraciones varias que, dicho sea de paso, si no le funcionaron ni al mismo gran pontonero de la época, Benedicto XV, fallecido por el virus, menos beneficiaron a los fieles de menor “rango” en la escala de esa religión.

Desde esa gran pandemia a la actual hubo varias epidemias de distinto alcance que nos pusieron alertas, pero al parecer no lo suficiente. En Rusia (1889) y China y Asia (1957 y 1968) la A H2N2 proveniente de una mutación del virus de las aves combinada con una cepa humana preexistente levantó una primera voz de alerta respecto de los animales salvajes y su cercanía con los humanos. Si bien el VIH no se contagia como la actual pandemia del Covid-19, tuvo su aparición a principios del ‘80 en el Congo, la proveniencia también era de origen animal y su principal teoría apunta a los primates del África Central. A principios del 2000 (2002-03) el SARS-Cov (otro coronavirus) proveniente de los murciélagos hizo su aparición en China, aunque tuvo una corta vida y ya el 2004 no se registraron casos. A fines de esa misma década entre el 2009 y 2010 se originó la pandemia del H1N1 o llamada gripe porcina (virus de una cepa mutada de la pandemia de la Gripe Española, combinada de virus aviar-porcina-humana). Se estimó que se contagió un 20% de la población mundial. Luego el Mers en Medio Oriente (2012), Ébola (2014-16) con Guinea en los primeros casos y rápida propagación a Liberia y Sierra Leona, alcanzando tasas de mortalidad sobre el 50% y que afecta también a los primates.

Antes de llegar a la actual, no pocos estudios científicos –por supuesto no considerados por la política que solo hoy recurre a la ciencia– alertaban del peligro de la cercanía y del consumo de animales salvajes en condiciones salubres irregulares e insuficientes, como las que se dan en el mercado de animales de Wuhan, lugar determinado como origen de esta nueva mutación del Coronavirus que ha causado estragos a nivel mundial. Uno de los más difundidos es el realizado por los científicos Cheng, Lau, Woo y Yung Yuen, en la Universidad de Hong Kong el año 2007, y publicado en la Clinical Microbiology Reviews con derechos para la American Society for Microbiology [Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus as an Agent of Emerging and Reemerging Infection, 2007], que nos advertía severamente acerca de esta pandemia y advertía del peligro de este virus que, ya a esa fecha, tenía más de 4.000 publicaciones e indicaba la alta “capacidad” de esos mamíferos “comestibles” para portar distintas cepas de SARS-CoV-like viruses y la alta probabilidad de estos de ser desplazados a los humanos. ¿Qué tanto más tiene que hacer la ciencia en su afán de ayudarnos para que, de una vez por todas, los grupos políticos no solo las escuchen, sino que además les financien en mucho mayor medida?

Una vez explotado el virus, la alta capacidad de movilidad humana que entrega hoy la sociedad globalizada, se produjo un caldo de cultivo literal para la rápida explosión de este virus. Y aún con toda la historia que resguardan los libros y publicaciones al respecto, en pleno siglo XXI del conocimiento y la información, existen, no pocas, personas y hasta presidentes de países que continúan relacionando religiones y otros mitos, no sólo con la aparición del virus, sino además con curas para él. Así fue como escuchamos a López Obrador, actual presidente de México, que hizo eco de las palabras de un párroco de la región de Talavera, España, y sindicó a un amuleto llamado “detente” como remedio para el Covid, sin tomar de antemano las medidas que su población necesitaba. El resto de la historia se cuenta sola. En Brasil, Bolsonaro accedió a una petición de la iglesia evangélica que lo puso en su actual sitial de poder y convocó a un ayuno nacional y día de oración para “liberar a Brasil del mal” de la epidemia del Coronavirus. De confinamientos seguros, testeos masivos y potenciación de la salud pública, nada. En Senegal, con mayoría musulmana, el gobierno decretó el cierre de mezquitas para evitar el contagio y sus fieles salieron todos a protestar, sin ningún medio de protección, pues “La oración es nuestra principal arma y haremos mejor usándola sin moderación”, indicó Serigne Mountakha, quien además añadió: “Es Alá quien elige quien se enfermará y quién se salvará de esta pandemia”. En Tanzania su actual presidente, John Magufuli, además de no prohibir las reuniones de cultos, señaló: “El Coronavirus no puede sobrevivir en el cuerpo de Cristo, ardería. Exactamente por eso, no entré en pánico mientras tomaba la sagrada comunión” e indicó que el Covid19 era algo “satánico” en alusión al enemigo del dios de su religión, acorde a sus libros. Tanzania dejó de publicar datos del Covid y sólo realizó 659 tests y EE.UU. informó a su personal en ese país del colapso de los hospitales, y llamó a cuarentena voluntaria ante la inacción de ese presidente. También se le asigna calidad de venganza. En Zimbabwe, Oppah Muchinguri, actual ministra de defensa, definió a la pandemia como venganza de su deidad contra la Unión Europea y los EE.UU. por imponerles sanciones económicas ante abusos a los DD.HH. propiciados por ese país. Casos como éstos tanto de grandes mandatarios como ciudadanos de pie y por supuesto adherentes a los diversos cultos locales alrededor del mundo hay en grandes cantidades y suman y siguen. Sin ir más lejos, en nuestro propio país, Chile, el Seremi de salud del Bío Bío, Héctor Muñoz fundador del actual Partido Conservador Cristiano de corte evangélico y actual militante RN, levantó la prohibición para realizar actividades religiosas en plena alza de la pandemia, aunque ésta fue revocada por la corte tras la denuncia de un concejal de la zona al respecto por vulnerar la integridad de las personas.

El día de hoy, los antibióticos y las vacunas son los principales agentes de combate contra los virus y enfermedades contagiosas, así como las medidas de higiene y las de confinamiento en casos de pandemia como el actual. El dogma, la creencia y la superstición o pseudociencia, en tiempos de crisis, no colaboran en su prevención, contención ni menos en su curación. Nicolás de Caritat, Marqués de Condorcet resume el pensamiento de Voltaire: “El error y la ignorancia son la única causa de los males del género humano, y los errores de la superstición son los más funestos, porque corrompen todas las fuentes de la razón, y el fanatismo que los alienta empuja a cometer el delito sin remordimiento” y resume, en parte, la condición actual de esta pandemia. El mismo Voltaire, en su diccionario filosófico, bajo el concepto “China”, señala : “la religión de los letrados es admirable. Nada de supersticiones, nada de leyendas absurdas, nada tampoco de esos dogmas que injurian a la razón y a la naturaleza y a los cuales los bonzos atribuyen mil sentidos diferentes porque no tienen ninguno”. ¿Qué tal si le hacemos caso, aunque sea 300 años después, y dejamos de anteponer el mito a la razón y la ciencia?

Referencias biliográficas
https://mqciencia.wordpress.com/2011/03/23/si-vas-a-mongolia/

https://www.who.int/wer/2016/wer9108.pdf

https://www.agenciasinc.es/Noticias/Reconstruyen-el-genoma-de-la-bacteria-que-causo-la-primerapandemia-de-peste-de-la-historia

https://www.nationalarchives.gov.uk/museum/item.asp?item_id=23

https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-media/20170217/47311697782/como-cambio-aeuropa-la-peste-negra.html

Cholera / R. Pollitzer: https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/41711/WHO-MONO-43-eng.pdf
https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-10182010000600005&lng=en&nrm=is
o&tlng=en

https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/12809/NotaPobla60.pdf

Rev. chil. infectol. vol.30 no.2 Santiago abr. 2013

https://www.researchgate.net/publication/5911373_Severe_Acute_Respiratory_Syndrome_
Coronavirus_as_an_Agent_of_Emerging_and_Reemerging_Infection

https://www.religionenlibertad.com/cultura/829536462/Detente-coronavirus-el-arma-del-SagradoCorazon-que-ya-vencio-epidemias-y-da-gracias-al-portador.html

Diccionario Filosófico, Voltaire. P.364

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