Dios vuelve a La Habana

La Iglesia católica cubana sale poco a poco del ostracismo y va ganando influencia

Los crucifijos salieron de lo más recóndito y oscuro de los armarios; la estampa del Sagrado Corazón de Jesús volvió a la pared donde aún lo esperaba el clavo en el que estuvo colgada, y frases como gracias a Dios se oyen con frecuencia, incluso en jóvenes. Ya no hay campos de trabajo forzoso para los que profesan la fe, se puede entrar en las universidades aunque se confiese en público ser católico y no hay riesgo si se lleva en el cuello una cadena con un crucifijo. Tampoco es ideológicamente pecaminoso poner un arbolito en Navidad en casa, ni reunirse en familia en Nochebuena, y se les puede regalar juguetes a los niños el día de Reyes.

Así nació la doble moral para simular entre los que por un lado no querían abandonar su fe pero tampoco, por el otro, la Revoluciónen sus originales principios humanistas. Claro está, ganó el pragmatismo para insertarse en la sociedad y sobrevivir: el que calla, otorga.

Esta es la Cuba que recibe al papa Francisco tras el inicio del deshielo con EEUU, en el que medió el Vaticano en estricto secreto.

ACERCAMIENTO TÁCTICO

Ya han pasado 17 años desde que un jefe del Estado vaticanovisitara Cuba por primera vez. Tuvo que caer el muro de Berlín y disolverse la URSS para que las autoridades cubanas, ya sin sustento económico ni de otro tipo, fueran abriendo las puertas a lasreligiones, comenzando por las protestantes, para dar así un respiro de espiritualidad a este pueblo empobrecido y sin esperanzas. Fue un acercamiento táctico. El Gobierno buscaba una válvula de escape y perpetuarse en el poder; las iglesias lo aceptaron como modo de propagar la fe y no seguir menguando.

Pero pese a estos años de avances, la Iglesia católica casi no cuenta en Cuba, no tiene espacios en la radio o la televisión, no administra escuelas y tampoco le es permitido construir nuevos lugares de culto. Las capillas en los hospitales, cerradas en los años 60, así permanecen. En el país hay solo 300 sacerdotes para 11,2 millones de habitantes, cuando antes de la entrada de Fidel Castro en La Habana, en enero de 1959, había 700 para 6 millones. Hoy, Cuba es el país menos católico de Latinoamérica y la población practicante no llega al 15%. La represión cobró sus frutos. Los enfrentamientos Revolución-Iglesia de verano del 1960 dieron pie a Castro para justificar las progresivas políticas ateístas del Gobierno, que a fines de la misma década y principios de la siguiente abrazó los códigos del ateísmo científico de los días de Stalin.

A Juan Pablo II, que llegó aquí en enero de 1998, el Gobierno le concedió que el pueblo cubano pudiera celebrar como Dios manda el día de Navidad. El papa dejó la frase «Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba», en ese orden. En marzo del 2012, vino Benedicto XVI y las autoridades accedieron a que fuera festivo el Viernes Santo. A ver qué se le dispensa a Francisco. No obstante, la relación de la Iglesia con el presidente Raúl Castro es mejor que con su hermano Fidel, lo cual no es difícil.

Incluso se conoce que el cardenal Jaime Ortega se reúne regularmente con el general de Cuerpo de Ejército, quien pidió a la Iglesia apoyo para el rescate de valores en esta sociedad en crisis. Esto lleva a pensar que si bien las iglesias no se llenan del todo en los días de culto, esas conversaciones al más alto nivel le confieren un papel especial en una nación sin oposición autorizada ni prensa independiente. Falta que el Gobierno pida perdón, porque nunca se ha disculpado por tantos años de atropellos.

Bergoglio con Fidel Castro Cuba 2015

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