Derecho a blasfemar

Dos minutos son una eternidad cuando dos encapuchados armados entran en la sala donde uno se encuentra y empiezan a disparar. Y sin embargo apenas dan para tratar de comprender lo que está pasando. “Cuando uno no se lo espera, ¿cuánto tiempo hace falta para darse cuenta de que la muerte llega?”. Dos minutos les bastaron a los hermanos Chérif y Said Kouachi para matar a 11 personas en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo en París el 7 de enero del 2015. Philippe Lançon, periodista cultural de Libération y colaborador de la revista, que salvó la vida de milagro –aunque gravemente malherido–, recuerda que instantes antes del ataque el consejo de redacción debatía sobre la novela distópica de Michel Houellebecq Sumisión, en la que el autor imagina una Francia caída bajo la dictadura de la charia. Y, acto seguido, los verdugos…

Lançon, a quien una bala arrancó de cuajo la mandíbula inferior, rememora aquellos momentos y la dura reconstrucción personal posterior en El colgajo (Le lambeau), donde denuncia el abandono –cuando no el desprecio o la censura– que sufrió el semanario tras la polémica publicación de las caricaturas de Mahoma en el 2006: “Esta ausencia de solidaridad no era sólo una vergüenza profesional, moral. Contribuyó a hacer de Charlie, aislándole, señalándole, un objetivo de los islamistas”.

Tras el atentado, mucha gente reivindicó a los humoristas asesinados al grito de Je suis Charlie (Yo soy Charlie). Sin embargo, muy pocos fueron Charlie cuando el semanario se convirtió en el centro de la ira del mundo musulmán por el asunto de las caricaturas, o cuando en el 2011 unos desconocidos lanzaron –cual primer aviso– unos cócteles molotov contra su sede. Cinco años después, ¿cuantos Charlies quedan?

Hoy Charlie se llama Mila, una joven estudiante de bachillerato de 16 años obligada a dejar su instituto en Villefontaine (entre Lyon y Grenoble) y a vivir bajo protección después de que unos comentarios ofensivos sobre el islam le hayan granjeado un alud de insultos y de amenazas de muerte y de violación. “El islam es una mierda, a vuestro Dios le meto un dedo por el culo”, respondió la adolescente, a través de un vídeo difundido en las redes sociales, a un seguidor musulmán que la había tratado en Instagram de “puta lesbiana”.

No es una discusión muy educada. Pero no difiere mucho de la ponzoñosa verborrea que cada día inunda las redes sociales. En cierto modo, es también un poco Charlie, estandarte de un humor irreverente y soez, que busca provocar a base de puro mal gusto. La cuestión, sin embargo, no es ésta. Lo que aquí se dirime no son las formas, sino el derecho a criticar –aún de manera vulgar u ofensiva– la religión.

La polémica alrededor de este nuevo caso ha generado, como hace cinco años, dos movimientos contrarios –#JeSuisMila y #JeNeSuisPasMila– y suscitado un airado debate político en Francia, donde la ultraderecha se está poniendo las botas en detrimento de un izquierda dubitativa, atenazada por el miedo a ser acusada de islamofobia. Que el delegado general del Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), Abdallah Zekri, sugiera que lo que pueda pasarle a Mila es culpa suya porque ella se lo ha buscado –“Quien siembra vientos recoge tempestades”, ha dicho– puede resultar indignante, pero lamentablemente no puede sorprender a nadie. De Salman Rushdie a Charlie Hebdo, es una constante. Mucho más chocante es, en cambio, escuchar a la ministra de Justicia, Nicole Belloubet –quien después se ha visto forzada a rectificar–, sostener que las afirmaciones de Mila constituían “un atentado contra la libertad de conciencia”.

La justicia no lo ha visto así y ha zanjado el asunto rápidamente: la fiscalía de Vienne (Ródano-Alpes) archivó el caso argumentando que, al margen de su tono “ultrajante”, las afirmaciones de la muchacha “tenían como único objeto expresar una opinión personal sobre una religión, sin voluntad de exhortar al odio o a la violencia contra los individuos”. En Francia está penada la incitación al odio o a la violencia, así como la injuria o la calumnia contra las personas. Pero no la blasfemia, que dejó se ser delito en 1881. Atacar a los fieles de una confesión está prohibido, criticar su religión es un derecho. He aquí la delgada frontera donde se concentra toda la presión.

Incitación al odio

Pensando en la extrema derecha, Merkel lleva meses defendiendo que la libertad de expresión tiene sus límites

En los últimos meses, la canciller de Alemania, Angela Merkel –insobornable en su lucha contra la extrema derecha, como se ha visto esta semana en Turingia–, viene repitiendo que la libertad de expresión no puede considerarse un derecho absoluto, sino que tiene sus límites: “Estos límites empiezan cuando vemos actos de demagogia donde se difunde el odio y donde se viola la dignidad de otras personas”, declaró en el Bundestag el pasado diciembre.

¿Es el vídeo de Mila una incitación al odio? Parece claramente excesivo presentarlo así… Sin embargo, es lo que desde algunos sectores musulmanes se pretende ante cualquier opinión que cuestione el islam. El imán de Roubaix Abdelmonaïm Bousenna, un popular predicador –con más de medio millón de seguidores en Facebook y YouTube– al que se vincula con los Hermanos Musulmanes, denuncia en un vídeo sobre el caso Mila lo que califica de “libertad de expresión de geometría variable” y reivindica el derecho de los musulmanes a expresar su “herida” por las palabras despreciativas de la muchacha.

Aquí es por donde se quiere abrir la brecha, para acabar asimilando una ofensa a la religión a una ofensa a todos los fieles. Y, por tanto, punible. Sólo hace falta que se sientan “heridos”. El riesgo es de envergadura. Porque semejante principio, aplicado de forma general e indiscriminada, podría acabar reinstaurando en nuestras democracias un ambiguo delito de blasfemia. Y el día en que se acalle a Mila o Charlie Hebdo, nos habrán acallado a todos.

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