Cuestión de fe

Marta Carrasco y Jan Fabre estrenan dos contundentes espectáculos, intencionadamente provocadores, acerca de lo religioso. Nacho Duato, de gira con O Domina Nostra, articula un discurso sobre espiritualidad y creencias alejado de la religión

Históricamente, la relación entre las instituciones religiosas y la danza no ha sido demasiado amistosa. Los credos puede que sean diferentes pero casi todas las religiones coinciden en que si es relativo al cuerpo usualmente es pecado y la danza, que en esencia es puro cuerpo en acción, parece blanco fácil para la Inquisición. Prohibida por los católicos en sus momentos de apogeo o desdeñada por islámicos y evangélicos, la danza ha vivido siempre cargando con su connotación pagana, acusada de ser corporal, atacada en su propia naturaleza. Pero una mirada rápida al desarrollo de este arte en el desprejuiciado siglo XX permite constatar que, a pesar de reprimida y vilipendiada, la danza no ha querido vengarse ni pronunciarse aunque insistentemente haya tocado y usado el tema religioso desde las aristas más diversas, y con los intereses más inesperados. De ahí que sorprenda la repentina coincidencia en nuestros escenarios de dos contundentes espectáculos, intencionadamente provocadores, acerca de lo religioso. La catalana Marta Carrasco oficia una misa de danza grotesca en Dies Irae, en el Réquiem de Mozart, su nuevo espectáculo que se estrenará en los festivales Temporada Alta, de Girona, y de Otoño, de Madrid. Y desde Bélgica, Jan Fabre, provocador habitual, llega este noviembre a Sevilla con su grupo Troubleyn, precedido por la ola de murmuraciones generada este verano en el Festival de Aviñón gracias a su nueva creación La orgía de la tolerancia, que se inicia con una competencia de masturbaciones y dedica todo un capítulo a la tesis de qué pasaría si Jesucristo apareciera hoy por aquí. Carrasco ataca a la Iglesia como institución manipuladora. Fabre ataca los instrumentos y razones de la fe. Ambos ametrallan con una danza muy física y ruda, con desnudos y una aplastante claridad en la exposición de sus ideas, con abundante texto en el caso del belga.

Marta Carrasco sintió que el pasaje 'Dies Irae' estaba tan lleno de odio que le pareció de lo más adecuado para articular su vehemente discurso anticlerical en una misa que deja expuestos en sus miserias a curas morbosos y feligreses hipócritas y pecadores. Hay mucho humor como es usual en esta ecléctica creadora que dice iniciar con esta misa desmadrada un nuevo periodo creativo tras éxitos como Aiguardent (1994), Ga-Gá (2005) o J'arrive (2006). Jan Fabre va más allá, en tanto que su espectáculo no solamente apunta su artillería hacia la manipulación que supone la administración de la fe sino contra todo el conjunto de una sociedad consumista, narcisista y falsa, que lo aguanta y tolera todo desde la comodidad de su sofá. En medio de una galería de grotescos personajes el coreógrafo cuela a un periodista de moda que se cruza con un famélico Jesucristo que deambula cargando su cruz por la escena. Termina vendiéndole sus servicios como asesor de imagen. "Oye JC, no vas a triunfar en ninguna parte con esa cruz de Ikea", le dice inspeccionando la madera barata y asegurándole que el mundo de hoy exige que su baile sea otro, una especie de "drama Nacho Duato con meneíllo William Forsythe". Una mujer vestida de Ku Klux Klan con un discurso abominable contra el mundo árabe, dos terroristas con pasamontañas que irrumpen en escena preguntando: "¿Os imagináis el mundo sin nosotros?", unas mujeres embarazadas, consumistas compulsivas, y esa delirante enumeración de insultos contra la danza, el arte, la religión, la guerra, la sociedad, la política, los espectadores, tú, yo y todo el mundo, en resumen, son elementos abiertamente provocadores propinados por este artista radical que parece abandonar su obsesión de antaño por la sangre y los fluidos corporales para arremeter muy en serio contra nuestra infinita capacidad de tolerancia.

Esta vehemencia anticlerical es tema sorprendente en la danza contemporánea, que pocas veces ha sido explícitamente religiosa o proselitista pero tampoco tan directa y acusadora. No obstante, abundan los pretextos religiosos para hablar de otros asuntos. De espiritualidad, por ejemplo. En la celebración del 50º aniversario del Nederlands Dans Theater (NDT), la potente agrupación holandesa refresca la memoria con la reposición de la poética Sinfonía de los salmos (1978), obra cumbre de Jiri Kilian, quien fuera director artístico e impulsor de esta prestigiosa agrupación desde 1975 hasta 1999. Inspirada en la imponente partitura de corte sacro de Stravinski, Kilian defiende más la idea de la interioridad y fortaleza espiritual de los humanos en la Tierra que la de un Dios que nos juzga desde el cielo. La obra volverá este otoño al Holland Festival, dedicado al aniversario del NDT, compañía que, además, traerá esta reposición a Madrid, en junio del año próximo.

Nacho Duato, discípulo destacado de Kilian por cierto, también ha hecho el mismo ejercicio en O Domina Nostra (2008), su obra reciente con la Compañía Nacional de Danza, lectura laica de la Virgen. Sin despegarse nunca del recogimiento estremecedor de la partitura de Gorecki inspirada en Nuestra Señora de Jasna Gora, la llamada Virgen Negra de Polonia, el coreógrafo valenciano apuesta más por la fe de los hombres en la figura maternal y protectora de la Virgen adorada que realmente por el icono religioso que supone. En esencia, articula un discurso en absoluto religioso que habla sobre espiritualidad y fe. Menos sutil y metafórico, el destacado coreógrafo francés Angelin Preljocaj ideó en 1997 su apreciada Annunciation. De gran belleza formal, la pieza de Preljocaj conecta con esos temas espirituales que le obsesionan como el de los linderos de la vida y la muerte que exploró en Near Life Experience (2003) o su nueva creación por encargo del Ballet de la Ópera de París para marzo próximo, que se centra en la figura de Siddharta.

La danza no ha desaprovechado las moralejas subyacentes en los pasajes bíblicos para hablar de asuntos de actualidad. Cierto es que el mexicano José Limón (1908-1972) siempre manifestó interés por los temas religiosos en obras como There is a Time (1956) o Psalm (1967), pero cuando creó El traidor (1954) lo menos que quería era contar la vida de Judas, su absoluto protagonista. Eran los años duros de la guerra fría con su caza de brujas y la obra, que se ciñe a la historia bíblica, lo que quería era lanzar un mensaje cifrado a los delatores de comunistas animados por el gobierno. Judas es también el protagonista del musical Jesucristo Superstar (1971) pero el tándem de oro de Broadway Andrew Lloyd Weber & Tim Rice viene a decirnos que si todo estaba predestinado, Judas no es un malvado traidor sino un instrumento más de la obra de Dios, una idea más bien hippy que no gustó demasiado a la Iglesia católica.

Política es también la lectura de danza ensordecedora y agresiva que hizo el célebre coreógrafo norteamericano anclado en Alemania William Forsythe. Inspirado en una Crucifixión de 1503, de Lucas Cranach, erigió su contundente obra contra la guerra de Irak Three Atmospherics Studies (2005), a la que la prensa dio calificativos como el Guernica de Forsythe o Bagdad Ballet. Relata el creador que la idea le surgió mirando una foto de la guerra. "La imagen mostraba la evacuación de un cadáver en Irak ante su madre llorosa", explicaba entonces. "Era el mismo tema de la Crucifixión de Cranach, una madre que vela a su hijo asesinado por las autoridades locales bajo la supervisión de una fuerza ocupante. Después de todo, nada ha cambiado mucho desde entonces y quería hablar de ello". Sin ser explícitamente crítica religiosa, For Heaven's Sake (2001), del coreógrafo israelí Itzik Galili, hoy codirector del Amsterdam Dansgroep, introdujo una escena polémica y muy comentada que habla sobre los excesos de la fe y el desbordamiento del fanatismo. Dos bailarines sin camisa se autogolpean incesantemente sin más música que el desesperante retumbar acompasado de las palmas abiertas sobre cuerpos, en directa alusión a las razones religiosas que mueven el ya largo conflicto árabe-israelí.

La pionera Martha Graham se sirvió de relatos religiosos para obras suyas como El penitente (1940) o Appalachian Springs (1944). Alvin Ailey creó su obra cumbre Revelations (1960) a partir de la espiritualidad de los negros norteamericanos, y en América Latina, Graciela Henríquez ideó Oraciones. La lista es larga y ecléctica pero quizá sean los novísimos y contundentes ataques de Carrasco y Fabre los que vengan de alguna manera a cerrar un ciclo importante en la no siempre feliz relación entre danza y religión, un tema que de manera periférica siempre estuvo planeando sobre la danza pero que no había alcanzado cimas de irreverencia absoluta. Hasta hoy.

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