«Convertíos o morireis»

Una familia de refugiados cristianos cuenta cómo el IS le arrebató a su hija de tres años Así es la Navidad más triste de los refugiados cristianos sirios e iraquíes en Erbil

Le arrancaron de sus brazos a su hija de tres años. «Un joven sin barba, piel clara y vestido de negro la señaló». Era un «príncipe terrorista, jamás olvidaré esa cara», dice su madre. Asegura que ella se arrodilló suplicándole que no se la llevaran. No valió ningún ruego. Desde entonces han pasado cuatro meses y la familia Jadar no la ha vuelto a ver. Mientras la madre lo cuenta, el padre fuma pasando una y otra vez las cuentas de un rosario, casi sin levantar la cabeza del suelo. No es capaz de hablar. Tienen otros cuatro hijos, dos juegan con unos bolis y libretas que acaban de recibir.

El Estado Islámico había estado bombardeando Qaraqosh durante tres días. La familia Jadar había enviado fuera a dos de sus hijos con el mayor, tras recibir aviso de que iban a ser invadidos. Pero los padres se habían quedado con la pequeña de tres años, no querían abandonarla a una aventura desconocida. No imaginaban lo lo que les esperaba.

Al cuarto día, los yihadistas entraron triunfantes en un desfile de vehículos militares. Qaraqosh era la ciudad cristiana más grande de Irak, en ella solo había unas diez familias musulmanas chiíes, el resto eran todos cristianos.

Desde agosto de este año ya no queda ningún cristiano ahí. Esperaban que los peshmerga los defendieran, pero el IS tomó la ciudad y se apoderó de todas sus posesiones. A partir de ese momento, ninguno de los que quedaba pudo salir de su casa. Pero los Jadar recibían todos los días a un terrorista con un mensaje: «Convertíos o moriréis».

El imán de la ciudad no era islamista radical e invitaba a dar comida y ayuda a los pocos cristianos que habían quedado. Pero los yihadistas hicieron que hasta los propios musulmanes de Qaraqosh huyeran o se convirtieran también en radicales. «Todo musulmán puede convertirse en cualquier momento en yihadista», advierte la mujer.

Mientras, el padre sigue en silencio fumando y pasando las cuentas de un rosario. Por fuera del cuartucho donde ahora viven en el refugio de Ankawa Mall se escuchan cantos en arameo, la lengua con la que los cristianos quieren distinguirse de los islámicos.

El olor en todo el lugar es muy fuerte, una mezcla de comida, fuego, ropa vieja usada varios días. Ahí los espacios se asignan según el número de personas que compone la familia. Para los Jadar, que son cinco, hay unos cinco metros cuadrados donde tienen todo, que es casi nada.

El frío es muy intenso, entre 4ºC y 7ºC, y sin embargo hay que ahorrar butano para cocinar, sólo una pequeña estufa eléctrica les calienta algo. Tienen suerte, otros refugios no tienen luz ni agua.

Ankawa Mall está a las afueras de Erbil, en el Kurdistán iraquí, a 25 kilómetros de Qaraqosh. Es la única zona de Irak todavía segura para los cristianos. El Mall iba a ser un centro comercial que quedó inacabado. Ahora el Gobierno de la región lo ha cedido como refugio. Albergan a 1.700 personas. Todo lo que cada familia tiene está ahí, pero aseguran que no necesitan comida ni ropa. «¿Cuál es tu sueño?», le pregunta la delegación de Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) que los visita. Y la madre, que es la única que habla, no se lo piensa: «Recuperar a mi hija y poder volver a nuestra casa».

Cuando los yihadistas le arrebataron a la niña, les sacaron de su casa con la excusa de que les llevaban a un hospital donde les darían medicinas. El padre estaba enfermo. Pero era sólo un engaño para sacarlos, les apuntaron con armas para convertirlos al islam. Ellos no quisieron apostatar de su fe.

Entonces los subieron, junto a otros que aún quedaban, en un autobús y les abandonaron en medio de un desierto. Decidieron andar, caminaron siete horas seguidas sin agua y sin comida. El padre seguía enfermo, pero consiguieron llegar a una carretera donde un coche los recogió y les llevó a Erbil. Estaban a salvo, pero con la vida y el corazón destrozados y sin su niña de tres años. Así fue como llegaron al refugio de Ankawa Mall.

Con la piel curtida y arrugada por el dolor, la mujer explicaba su historia sin una lágrima, aunque con voz a veces apagada y mirando de vez en cuando la foto de su pequeña, colgada en la pared y junto a un rosario a cada lado. Hace unos 15 días el hijo mayor supo por el imán chiíta de Qaraqosh que la niña vivía en una casa de Mosul de islamistas adinerados. Es todo lo que han sabido de ella.

Mientras gran parte del refugio celebraba la Navidad con cantos arameos en torno a un Belén donado que habían puesto a la entrada del Ankawa Mall, la familia Jadar no quería ni salir de su caseta. Sin embargo, al preguntarles: «¿Estáis enfadados con Dios? ¿Dios os ha abandonado?», no vacilaban: «Lo hemos perdido todo, sólo nos queda la fe».

cristianos refugiados Irak 2014

La familia Jadar, en su pequeño refugio de Erbil (Irak). XISKYA VALLADARES

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