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Colonoscopia

La plaza de Colón de Madrid se ha convertido, por desgracia, en el lugar en el que la derecha española da rienda suelta a su odio, en el que, de la manera más patente, manifiesta, negro sobre blanco, una concepción sectaria, estrecha y limitada, muy limitada, de España. La España que la derecha dice amar no es, de momento, una España real, pues para ello debiera verse libre de una buena parte de su ciudadanía. En veintiséis millones lo cifraba, no hace mucho, uno de sus generales de referencia, uno de los suyos, en ese camino del exilio al que nos conminaba Rocío Monasterio, arquitecta sin papeles de extensos depósitos de bilis y resentimiento.

Cada cierto tiempo, esta derecha ultramontana que nos ha tocado sufrir somete a la sociedad española a una agresiva colonoscopia, sin ningún tipo de vocación profiláctica o sanadora, sino por el mero placer de hacer sufrir al paciente, de someterlo a una tensión extrema, pues su deshumanizada mirada solo busca el rédito político de su ideología del enfrentamiento. Los problemas, parece pensar, no están para resolverlos, sino para exacerbarlos.

La cuestión catalana ha sido, sin ninguna duda, uno de los grandes retos de la política española de los últimos años. Parte de la actual irrespirable atmósfera tiene que ver con la enorme tensión generada en ese proceso. Los hechos pusieron de manifiesto cómo la política represiva del PP, cargada de torpeza, se convertía en una fábrica de independentismo. Pudimos constatar de manera muy clara cómo sectores sociales que no habían contemplado esa posibilidad, se decantaban por posiciones independentistas. Y, a la inversa, el independentismo catalán provocó una intensa ola de nacionalismo español y dio alas a la ultraderecha. Esas dos variables desembocaban en una conclusión: la defensa de la democracia (frente a la ultraderecha) y de España en su pluralidad (frente a los nacionalismos) exigían una política inteligente, que destensara la situación y contribuyera a promover un clima propicio para reconstruir puentes que se habían dinamitado. En esa clave, estaba claro que la espinosa cuestión de los presos se convertiría en uno de los hitos fundamentales de la resolución del problema.

Resolución del problema. Ahí reside la clave de la cuestión. Si lo que se pretende es resolver el problema o no. La derecha, por diversos motivos, no contempla en su horizonte su resolución. Uno de esos motivos es coyuntural: el tema catalán le proporciona abundante munición para erosionar al Gobierno y alimentar una tensión social que le favorece. Otro, más profundo, tiene que ver con esa concepción de España a la que hemos aludido más arriba y que abomina de la pluralidad que atesora nuestro país. La España de la derecha sigue siendo la España de una sola lengua, de una única religión, una España mesetaria que no tolera la diversidad. Por desgracia, esa concepción de España, que el franquismo se afanó por consolidar, es la que hace suya una derecha infiltrada en todo el aparato del Estado, desde la judicatura hasta el ejército, y de cuyo poder se sirve para seguir manteniéndola viva. A golpe, incluso, de delirantes resoluciones judiciales normalizadoras del franquismo.

Mientras la derecha moderada europea, en Francia, en Gran Bretaña, en los países nórdicos, se curtió en la lucha contra una extrema derecha que se convirtió en aliada, en la II Guerra Mundial, de los invasores de sus países, en España esa derecha ha crecido, ha nacido, de las entrañas mismas de ese fascismo y, por ello, carece de convicciones democráticas, esenciales para la resolución dialogada de los conflictos. No en vano Vox no es sino una escisión del PP. De ahí ese tufo totalitario que se desprende cada vez que utilizan la palabra España. De ahí su nulo interés en resolver el problema territorial, si no es a través de la imposición y, si fuera posible, de la humillación de una parte de la población. Frente a eso, la inteligencia, la paciencia y la generosidad deben ser los instrumentos que los demócratas utilicen para reconducir una situación que tanto malestar ha generado, tanto en Cataluña como en el resto de España. Por ello, los indultos, sin ser la solución ideal, son un paso positivo para sentar las bases de un encuentro que aísle a los nacionalismos exacerbados de una y otra parte.

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Juan Manuel Aragüés es profesor de la Universidad de Zaragoza. Su último libro es ‘Ochenta sombras de Marx, Nietzsche y Freud. Diccionario de filósofos y filósofas en la senda de la sospecha’, editado por Plaza y Valdés.

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