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Casado, Abascal y la civilización cristiana occidental

Es evidente que no puede entenderse la historia de Europa de los últimos 1.700 años sin la presencia histórica del cristianismo y sus diferentes iglesias, ahora bien, que lo mejor de la Europa actual sea consecuencia de esa presencia es algo que no podemos aceptar.

Por fin se ha aprobado la ley que permite una muerte digna y de nuevo, la Iglesia católica preparó una campaña en contra y celebró el día 25 de marzo la jornada Custodios de la vida. De nuevo vienen a salvarnos como lo han hecho cada vez que las leyes nos reconocen derechos civiles. Y de nuevo lo hacen en connivencia con la derecha política.

En los debates del pasado diciembre en el Congreso de los Diputados, los líderes de PP y Vox, a propósito de la ley ahora aprobada, utilizaron profusamente para oponerse a ella, la supuesta pertenencia de España a una denominada “civilización cristiana occidental” ya que “España es un país católico”.

Deducían que esa civilización representa valores morales superiores a los que en ese momento defendía el gobierno socialcomunista y señalaban que Europa se ha construido a partir de la aportación sustancial del cristianismo. Dan por supuesto que es lo mejor de Europa lo que debe su construcción al cristianismo.

Es un relato que la derecha europea ha construido y que se reflejó cuando lograron incluirlo en el preámbulo del proyecto de Constitución Europea de 2004.

Es evidente que no puede entenderse la historia de Europa de los últimos 1.700 años sin la presencia histórica del cristianismo y sus diferentes iglesias, ahora bien, que lo mejor de la Europa actual sea consecuencia de esa presencia es algo que no podemos aceptar.

Una ciudadanía como la española, que venimos soportando el ominoso peso de la Iglesia católica en nuestra historia, no deberíamos dejar que, en esto también, nos venzan en el relato, lo que tiene consecuencias en nuestra vida cotidiana, en nuestros derechos y libertades. Pero es que esa mención nos recuerda inmediatamente una parte negra de nuestra historia, una sociedad que ha sufrido secularmente el régimen de “el trono y el altar”, y que en pleno siglo XX ha visto cómo la Iglesia católica, con muy pocas excepciones, señalaba que los sublevados en 1936 se habían levantado en “una lucha de los sin Dios contra la verdadera España, contra la religión católica”.

Decían nuestros obispos que “Dios es el más profundo, cimiento de una sociedad bien ordenada, la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo, antidivina. Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de cuanto era cosa de Dios”.

Pero si repasamos someramente la historia de Europa veremos cómo las ideas que defendían la dignidad del ser humano, la libertad, se han debido abrir paso enfrentándose al muro que ha supuesto el cristianismo. El cristianismo en sus diversas variantes fue un elemento fundamental en la legitimación a lo largo de los siglos, del modo de explotación feudal.

A partir de 1520 el campesinado alemán inicia una serie de revueltas antifeudales apoyándose en alguna de las tesis de los promotores de la Reforma, sin embargo, en el momento de la verdad, Lutero escribe en 1527 que “ninguna maldad de las autoridades justifica jamás la rebelión y la violencia por parte del pueblo”. Les invita a la concordia y les niega el derecho a la insurrección. “El pecado de los campesinos es que sus acciones van contra el derecho, llevan el nombre de Dios injustamente, dado que empuñan la espada y se sublevan contra la autoridad”.

A lo largo de los siglos, Galileo Galilei, Giordano Bruno, Johannes Kepler y tantos otros fueron víctimas del enfrentamiento entre ciencia y religión, no por casualidad, el último ejecutado por la Inquisición en España, lo fue en 1826, fue un maestro de escuela Cayetano Ripoll. Que tras su cruzada, el Cuerpo de Maestros fuese uno de los más duramente diezmados por la dictadura, no hace sino confirmar la pervivencia de la Iglesia como elemento legitimador y represor.

“Gott mit uns”, “Dios con nosotros”, era el lema que llevaba en la hebilla de su cinturón un ejército alemán que, con la colaboración de España, se lanzó a luchar contra el” comunismo internacional” y las “hordas asiáticas” y que se llevó por delante, solo en el frente oriental a veinticinco millones de personas, más de diez de ellos civiles.

En fin, el cristianismo es una hebra de represión de la razón, de la ciencia, de legitimación de la opresión, que recorre nuestra historia y que no se ha detenido. Porque si por los defensores de la Europa cristiana occidental fuera, la ciudadanía española viviríamos en una sociedad sin divorcio, derecho al aborto, matrimonio igualitario, ni derecho a morir con dignidad. Una sociedad en la que las ciudadanas estarían en una posición semejante a la que sufren las mujeres funcionarias de la Iglesia católica.

Y aquí siguen, un obispo con el rango de general de división, otros 87 capellanes con diversos rangos militares, unos acuerdos con el Estado Vaticano cuya derogación aparece en los sucesivos programas electorales del PSOE y que pasa al cajón de los recuerdos cada cuatro años. Una Iglesia cuyos funcionarios, los varones, claro, cobran 900 euros limpios al mes con 14 pagas, con cargo al erario público, lo que se lleva 45 millones de euros de nuestros impuestos. Una enseñanza privada financiada por dinero público.

Una Iglesia que con el amparo legal del gobierno de Aznar, se lanzó al robo de las denominadas inmatriculaciones, 34.961 propiedades. Una Iglesia cuyo jefe máximo, por encima de la demagogia que utiliza, mantiene la sumisión al varón de sus funcionarias, se opone al derecho a una muerte digna, y que acaba de ordenar que no se bendiga la unión igualitaria.

Derechos civiles que esa derecha que se opone a ellos y en un ejercicio de cinismo, se lanza a utilizar aunque alguno lo tenga recurrido ante el Tribunal Constitucional. Por cierto, ante el silencio de esa Iglesia. Cuarenta y dos años después, va siendo hora de denunciar los acuerdos con la Santa Sede, de suprimir la presencia de cualquier religión en las instituciones del Estado, de que cada confesión religiosa pague a sus clérigos con las ¿generosas? aportaciones de sus fieles. Hora de que quiten sus hipócritas manos de nuestras vidas.

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