Birmania: ‘Ni mezquitas ni carne de vaca, somos budistas’

La persecución a los musulmanes. La cercanía de las elecciones en Birmania coincide con el cierre de templos musulmanes y carnicerías de comerciantes de la misma fe.

Lo único que resta del recinto religioso de Thaketa son un montón de ladrillos revueltos con arena. Un paraguas sobresale medio enterrado de la pila de escombros.

Al lado se lee el anuncio oficial que certificó la destrucción del habitáculo. «Este edificio no tiene permiso para ser reconstruido o rehabilitado«, asevera.

El derribo de la madrasa (colegio musulmán) en febrero del 2013 fue uno de los «argumentos» definitivos para que Tin Myo Aung y otros muchos dirigentes musulmanes de Thaketa se aviniera a cerrar la semana pasada los otros 9 recintos religiosos ubicados en este humilde suburbio situado al sureste de Rangún.

Eso y la advertencia de uno de los monjes que el propio Myo Aung repite palabra por palabra.

«Si los colegios no están cerrados mañana, volveremos a quemarlos«, asegura que le dijo uno de los cinco monjes budistas que acompañaban al grupo de manifestantes.

Este viernes, por primera vez desde que se estableció Thaketa a finales de la década de los 50, miles de integrantes de la comunidad musulmana del arrabal como Myo Aung no pudieron rezar en esas madrasas, clausuradas tras la protesta de nacionalistas birmanos y religiosos de la asociación budista Ma Ba Tha.

«Esos edificios sólo tenían permiso para dar clases de religión, no para rezar, pero los usaban como mezquitas. Los musulmanes siempre te engañan«, asegura U Kyaw Sein Win, portavoz de Ma Ba Tha en Rangún.

«¡Claro que no tienen permiso, no dan permisos para construir mezquitas desde el golpe de 1962! ¿Dónde quieren que recen?», aduce Haji Aye Lwin, líder del Centro Islámico de Birmania y uno de los intelectuales musulmanes más significados de este país.

La disputa en torno a las edificaciones musulmanas del barrio de Rangún se inscribe en los repetidos encontronazos que están registrando sectores nacionalistas y religiosos budistas con la minoría musulmana de Birmania, coincidiendo con la aproximación de los cruciales comicios legislativos del 8 de noviembre.

Birmania asiste a una creciente tensión sectaria desde que los militares golpistas cambiaron el uniforme por el traje de civil, que degeneró en sangrientos altercados entre budistas y musulmanes en el 2012 y 2013, y que se ha reavivado ante la aproximación de los sufragios.

Toda una dinámica que según Haji Aye Lwin sólo tiene una motivación: convertir al Islam en un arma arrojadiza y una baza con la que jugar en las elecciones.

«Es parte del plan de esta gente (se refiere al Partido Unión Solidaridad y Desarrollo liderado por el presidente Thein Sein) para crear la imagen de que el Islam es un peligro para Birmania y que ellos son los defensores del budismo. Por eso dicen que si gana Aung San Suu Kyi el país se hará musulmán», explica en su despacho de Rangún.

Al oeste de la capital financiera del país asiático, la región de Ayeyarwady es una sucesión de escenarios bucólicos: arrozales, palmeras y templos dorados erguidos en medio de la jungla.

El llamado granero de Birmania también es la residencia de seis millones de personas, en su mayoría budistas, entre los que conviven varias decenas de miles de musulmanes.

Mataderos cerrados

Labutta, una pequeña aldea a casi cinco horas de carretera de Rangún, es uno de los enclaves elegidos por los seguidores de Ma Ba Tha para poner en práctica otro de sus proyectos para conseguir que los musulmanes «respeten las tradiciones del país que los acoge», en palabras del líder más radical de esta asociación, el monje Ashin Wirathu.

Desde el año pasado, docenas de mataderos regentados por comerciantes de esa confesión han sido cerrados en una campaña que los religiosos budistas justifican como un intento por salvar a vacas y búfalos, animales que reciben una especial consideración en su fe.

«No es una actitud anti musulmana. Respetar la vida es una de las cinco virtudes del budismo», opina Kyaw Sein Win, el represante de Ma Ba Tha.

Aunque después se explaya sobre la «aprehensión» que les produce el hecho de que en los mataderos «musulmanes se le corta el cuello a los animales y después se les arranca la cabeza. Lo hacen todos los días. Parece como si se entrenaran para degollar. ¿Quién nos dice que lo que empezó con animales no seguirá con seres humanos? ¿Es que no conoce a John el Yihadista, del Estado Islámico?».

Bajo los auspicios de Ma Ba Tha, residentes locales establecieron el año pasado la asociación «Salvar y Rescatar Vidas» (SRV) que pactó con el gobierno provincial, liderado por un ex general, la compra con «descuentos» de las licencias que tenían los hombres de negocios musulmanes.

Perfectamente acicalado y con un pin de Buda enganchado al bolígrafo que porta en la camisa, el coordinador de SRV en Labutta, Ko Myint Htey, reconoce que han conseguido «cerrar» siete mataderos tras adquirir los permisos otorgados por la administración.

«Hemos salvado la vida de un millar de vacas», apunta.

El activista entrega un poema dedicado a ensalzar a esos cuadrúpedos y una relación de las «infracciones» que han cometido los musulmanes en el comercio de carne de vaca.

Haji Aye Lwin, que también es un estudioso del budismo, ironiza cuando se alude a las posibles justificaciones religiosas de estas acciones.

«Tendrían que respetar a todos los animales no sólo a las vacas. Si ese fuera realmente el motivo ¿por qué no son todos vegetarianos?», dice.

El mismo argumento que creó una conmoción durante una reciente convención de Ma Ba Tha, cuando una religiosa de ese grupo recriminó a Wirathu -que acaba de pedir la prohibición del sacrificio de vacas- que la comida principal del evento hubiera sido curry con cerdo.

Un ex propietario de uno de los comercios dedicados al sacrificio de reses -que reconoce tener miedo y no quiere dar su nombre- aclara que nadie les «dio una razón para retirarles las licencias». El llevaba 10 años en ese negocio.

«No hay carne de vaca en el Delta (así se llama también a Ayeyarwady). Los doce trabajadores que tenía están en el paro», asevera.

Thaketa no es sino un cúmulo de casuchas de hojalata y maderos. Un arrabal depauperado donde budistas y musulmanes comparte carencias pero se encuentran divididos por la oleada de fervor nacionalista.

Los acólitos de Ma Ba Tha, que dispone de dos templos en el suburbio, han marcado su «territorio» con las coloristas banderas que identifican a su creencia.

Los musulmanes, que aquí son mayoría, prefieren evitar esas calles, como admite Tin Myo Aung.

También decidieron adoptar un perfil bajo en la reciente festividad de Eid Al-Ahad,donde los sacrificios de animales fueron limitados por las autoridades.

El también secretario del Colegio Religioso Musulmán de Myanmar reconoce tanto su «impotencia» como su pesar. El recinto acogía a 20 profesores y 600 alumnos antes de su cierre.

«Es la primera vez que no puedo rezar un viernes en toda mi vida. Me duele el corazón», concluye.

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