Bíblicos y laicos

El tiempo que arribaban las "reliquias" de Juan Bosco a Centroamérica (muñeco de cera con falsas sobrevivencias de un brazo, plato necrológico para mentes atrasaditas) el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, agitaba el cotarro al negarse a refrendar una ley que obliga a los maestros de escuela a leerle la Biblia a los alumnos cada día. Funes fue explícito en su posición: si el suyo es país laico por herencia y mandato constitucional, mal haría él en romper esa inteligente tradición y en privilegiar a un determinado credo sobre otros. Pues, si decretan estudiar forzadamente la Biblia, ¿por qué no el Corán, los Veda, los pneumas sufi, los senderos del budismo, el shintoismo japonés o las enseñanzas de Confucio? Ah, dirán los interesados, es que solo nosotros somos la Revelación y la Verdad… y es preciso así cómo comienzan la superstición, los fundamentalismos y el fanatismo.

La asamblea legislativa dispuso -sin capacitación previa alguna- introducir en el currículo oficial la lectura del evangelio, decisión que fue una estratagema para hacer quedar mal (como ateo y antisocial) al grupo diputadil de izquierda, el FMLN. Al negarse este a la medida se le echarían encima, como ocurrió, los poderes católicos y evangélicos, e igual los sectores de pensamiento conservador y reaccionario, quienes consideran que solo por medio de la religión puede educarse y formar éticamente a un pueblo.

Error. Lo que la sociedad critica de nuestro tiempo es la carencia de principios y valores humanistas, no la ignorancia de dios. El centroamericano cree en un ser espiritual superior e incluso los criminales asestan el cuchillo tras rogar a la virgencita de turno, o al santo patrón, exactitud de estocada. Funcionarios públicos y empresarios corruptos asisten dominicalmente a misa y se pumpunean el pecho tras explotar, robar e incluso asesinar, así que no es que falte fe, es que nos sobra cruda realidad y desde luego abundantes, torrenciales dosis de hipocresía. Vicios estos a los que contribuye con supina arrogancia una casta clerical autodeclarada heredera de dios pero a la vez materialista y pistera, cosechadora de privilegios y apegada -no importa si poco justo- al poder, cualquier poder.

Para inculcar valores no se necesita a dios y mucho menos a las religiones. Para ello ocupamos padres y madres honestos, que no enseñen al hijo la perversión; maestros y profesores auténticos, significando por tal patriotas, profesionalmente capaces y socialmente transformadores; a dirigentes que ni mientan ni roben, y a medios de comunicación que coloquen sobre la rentabilidad y el lucro el deseo de hacer el bien colectivo.

La ética se predica en el hogar y la escuela vía el ejemplo, sí, pero análogamente por medio de textos con contenidos cívicos (de hermandad y solidaridad) capaces de romper y superar el egoísmo colectivo que nos han educado. Las biografías de Cabañas, Valle o Morazán impactarían con mayor efecto constructivo que un prejuiciado sermón.

Las iglesias perdieron el derecho a la verdad compitiendo comercialmente entre ellas y cuando convirtieron a sus fieles en mercado, a la autenticidad en conveniencia y a la justicia en política; mal pueden invocar moral aquellos cuya historia está, desde siglos, inundada con eventos inmorales. Es por tanto al Estado laico al que históricamente corresponde no solo estatuir imparcialmente la ley (y por ende premio y castigo) sino adicionalmente fijar las pautas de convivencia y posición social, que no otra cosa son los valores y principios éticos.

La moral es dinámica, se la aplica o no existe; nace y pervive en el intercambio de los seres humanos, no en el vacío, del mismo modo que transpira relaciones de clase. Por consecuencia solo el Estado tiene la capacidad de definirla y por ello los legisladores desde antaño previeron y precavieron muy sabiamente la conveniencia de separar a creyentes y laicos durante el ejercicio del poder. Aleluya.

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